09/08/2026
El 9 de agosto de 1945, Estados Unidos lanzó una segunda bomba atómica sobre Japón, apenas tres días después de la destrucción de Hiroshima. La bomba, denominada “Fat Man”, detonó sobre Nagasaki y provocó la muerte inmediata de decenas de miles de personas; para finales de ese año, las víctimas fatales se estimaban en torno a 70.000–80.000, en su inmensa mayoría civiles.
Nagasaki era un importante centro industrial y portuario, y entre las víctimas había trabajadores, mujeres, niños y ancianos. La ciudad sufrió una devastación masiva causada por la explosión, el calor extremo, los incendios y la radiación, cuyos efectos continuaron cobrándose vidas durante meses y años posteriores. Los mensajes y firmas escritos sobre la bomba antes de su lanzamiento, es un detalle simbólico de la deshumanización que puede acompañar a la guerra.
Ocho décadas después, el recuerdo de Nagasaki no pertenece solo al pasado. Las imágenes de barrios reducidos a escombros, hospitales y escuelas alcanzados por bombardeos, y familias enteras atrapadas bajo el fuego vuelven a aparecer en conflictos contemporáneos. Los ataques estadounidenses contra objetivos en Irán, incluido el bombardeo que alcanzó una escuela en Minab, y la devastación provocada por las bombas que siguen cayendo sobre Gaza, reabren una pregunta incómoda: ¿cuánto ha cambiado realmente la forma en que las grandes potencias justifican el sufrimiento de la población civil?
Nagasaki permanece como una advertencia sobre las consecuencias de convertir a ciudades enteras en objetivos militares y de aceptar que la muerte de civiles puede presentarse como un daño colateral inevitable. Recordarla hoy no significa borrar las diferencias entre conflictos históricos distintos, sino preguntarse por la persistencia de una lógica de guerra que sigue dejando a los civiles en el centro de la destrucción.
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