18/08/2026
Nosotros amamos an Armenia.
Amamos estas calles, estas montañas, este aire que nos sostiene. Pero hoy no hablamos solo por nuestra ciudad.
Hablamos por todos los que sintieron la tierra moverse el 10 de agosto, por quienes perdieron lo que más querían y por quienes, sin haber perdido nada, abrieron las puertas de su casa y de su corazón.
El terremoto nos golpeó de distintas maneras. En algunos lugares dejó heridas profundas, casas agrietadas, familias que todavía buscan consuelo.
En otros, el susto pasó y quedó la suerte de seguir en pie. Pero en todos lados vimos lo mismo: la gente respondiendo con las manos abiertas.
Desde el Chocó hasta el Eje Cafetero, desde los pueblos más pequeños hasta las ciudades grandes, vecinos que no se conocían se convirtieron en familia.
Desconocidos compartieron comida, techo, fuerza.
Jóvenes cargaron a quienes no podían caminar. Madres cocinaron para quien no tenía fogón.
Hombres y mujeres que nunca se habían mirado a los ojos trabajaron juntos como si llevaran la misma sangre. Nadie preguntó de dónde venía el otro. Nadie era un extraño. Todos éramos hermanos y hermanas.
Y es ahí donde está la verdad más grande. En el momento de mayor peligro, lo que nos movió no fue el miedo. Fue el amor. El amor a la familia que quedó sin hogar, al vecino que gritaba desde la oscuridad, a la vida misma que se niega a dejarse vencer. Ese amor quieto y terco que nace cuando uno entiende que el dolor del otro también es propio, sin importar en qué rincón del país se sienta.
Que este dolor no nos deje solo tristeza. Que nos deje el compromiso de seguir amándonos así, todos los días. De cuidarnos cuando no hay emergencia, de reconstruir no solo las paredes, sino la certeza de que aquí nadie camina solo.
Hoy fue de nuevo lunes a las 7:34. Tal vez no tengamos las mismas ciudades en pie. Pero seremos un país de hermanos que no voltean la mirada ante el dolor, la tragedia y la calamidad de los demás.