30/05/2026
El reflejo equivocado.
Hace unos meses, estaba sola en mi habitación preparándome para salir. Me pareció una buena idea tomarme una selfie frente al espejo de cuerpo entero para ver cómo me quedaba la ropa. En ese momento, noté que el cristal estaba bastante sucio, lleno de manchitas, y que al fondo se alcanzaba a ver un abrigo marrón colgado en la puerta que arruinaba la estética.
Pensé: "Qué flojera que salga eso". Tomé la foto de todos modos, pero antes de guardarla, decidí usar una herramienta de edición rápida en mi teléfono para limpiar digitalmente las manchas del espejo y borrar la ropa colgada del fondo, solo para que la imagen se viera más ordenada.
Seleccioné las manchas de polvo, el abrigo de la puerta, le di a "borrar" y esperé a que la aplicación procesara el cambio.
Cuando la pantalla parpadeó mostrando el resultado, se me congeló la sangre.
La aplicación hizo un trabajo perfecto: el espejo ahora lucía impecable y la ropa del fondo había desaparecido por completo. El problema no fue lo que quitó... sino lo que añadió. En el reflejo editado, mi postura era sutilmente diferente, mi cabeza estaba inclinada de una forma poco natural y, aunque mi rostro seguía cubierto por el teléfono, la forma de mi mano sosteniendo el celular se veía rígida, como si no fuera yo quien lo sostenía.
De repente, un frío horrible me recorrió la espalda. Sentí una mirada clavada en mi nuca. Clavé los ojos en la pantalla y me di cuenta de que el fondo de la foto editada ya no mostraba mi habitación original. Mostraba un pasillo oscuro que no reconozco, y la silueta en el espejo no estaba reflejando mi presente; parecía estar atrapada en un lugar completamente distinto.
Sigo teniendo la foto guardada en el celular. No me atrevo a borrarla porque tengo la paranoia de que, si elimino el archivo, la que va a desaparecer de este mundo soy yo.
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