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CUANDO VOTAR DEPENDE DE OTROS: LA DEUDA DEMOCRÁTICA DE COLOMBIA CON LOS   CON DISCAPACIDAD. Millones de ciudadanos conti...
05/06/2026

CUANDO VOTAR DEPENDE DE OTROS: LA DEUDA DEMOCRÁTICA DE COLOMBIA CON LOS CON DISCAPACIDAD.

Millones de ciudadanos continúan enfrentando barreras para acceder a información electoral, ejercer un voto autónomo y participar en igualdad de condiciones. La accesibilidad sigue siendo uno de los puntos más débiles de la democracia colombiana.

Por décadas, Colombia ha avanzado más rápido en el reconocimiento jurídico de los derechos políticos de las personas con discapacidad que en su garantía efectiva. El problema ya no parece estar en las normas. El problema está en la realidad.

A pocos días de una nueva jornada electoral, una pregunta incómoda sigue sin respuesta: ¿puede hablarse realmente de voto libre y secreto cuando miles de personas con discapacidad continúan dependiendo de terceros para saber dónde votar, cómo votar o incluso por quién terminaron votando?

La pregunta no es retórica.

Es una cuestión de democracia.

Según el Censo Nacional de Población y Vivienda del DANE, Colombia registra aproximadamente 3,1 millones de personas con discapacidad. Diversos análisis demográficos permiten estimar que cerca de 2,8 millones tienen edad para ejercer el derecho al sufragio.

Se trata de uno de los grupos poblacionales más numerosos del país.

Sin embargo, la accesibilidad electoral continúa siendo tratada como un asunto marginal.

Los reportes ciudadanos recopilados durante el proceso electoral de 2026 muestran barreras persistentes de carácter físico, tecnológico, comunicacional, cognitivo, actitudinal y administrativo que afectan directamente la participación política de las personas con discapacidad.

La situación resulta aún más preocupante cuando se observa que aproximadamente el 78 % de las personas con discapacidad no cuenta con certificación oficial, lo que dificulta la planeación institucional, la focalización de apoyos y la construcción de indicadores reales sobre participación electoral.

Pero la discusión de fondo no es estadística.

Es humana.

Y es profundamente democrática.

La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad reconoce que las personas tienen derecho a participar en la vida política y pública en igualdad de condiciones con las demás. También establece que los Estados deben garantizar accesibilidad, ajustes razonables y apoyos adecuados para el ejercicio efectivo de sus derechos.

No basta con permitir votar.

Hay que garantizar que se pueda votar.

La diferencia parece pequeña.

No lo es.

Una persona ciega que no puede consultar de manera autónoma su puesto de votación porque una página web presenta barreras para los lectores de pantalla no está ejerciendo plenamente su autonomía.

Una persona con discapacidad cognitiva que recibe información electoral compleja, técnica o inaccesible tampoco está participando en igualdad de condiciones.

Una persona autista, neurodivergente o con discapacidad psicosocial que no encuentra información clara, comprensible y adaptada enfrenta una barrera tan real como una escalera sin rampa.

La exclusión también puede ser digital.

La exclusión también puede ser comunicacional.

La exclusión también puede estar escrita.

Uno de los aspectos más críticos tiene que ver con el concepto mismo de autonomía.

La Convención reconoce la capacidad jurídica de las personas con discapacidad y el derecho a tomar decisiones con los apoyos que sean necesarios.

La autonomía no consiste en abandonar a las personas a su suerte.

Consiste en garantizar que dispongan de la información, los formatos, los apoyos y las condiciones necesarias para decidir por sí mismas.

Por eso la accesibilidad electoral no puede reducirse a la existencia de una rampa o a la presencia de una plantilla Braille.

La accesibilidad implica que una persona pueda conocer las reglas del proceso, entender el tarjetón, identificar las opciones disponibles, llegar al puesto de votación, desplazarse dentro de él y emitir su voto de forma libre y secreta.

Y precisamente allí aparecen algunas de las mayores preocupaciones.

Durante años se ha presentado el sistema Braille como la principal respuesta institucional para garantizar el voto de las personas ciegas.

Sin embargo, múltiples ciudadanos han advertido limitaciones importantes.

Las plantillas Braille pueden facilitar la ubicación de determinadas opciones, pero no sustituyen la necesidad de información previa accesible.

En muchos casos las personas llegan a la mesa sin haber tenido acceso anticipado a versiones accesibles de los tarjetones, sin materiales pedagógicos adecuados y sin suficiente conocimiento de la estructura electoral que encontrarán el día de la votación.

La consecuencia es evidente.

La autonomía termina siendo parcial.

Y en ocasiones inexistente.

Peor aún, persisten interrogantes sobre la protección efectiva del secreto del voto cuando se utilizan mecanismos diferenciados.

Si en una mesa determinada una sola persona utiliza una modalidad específica de votación accesible, la trazabilidad de esa actuación puede generar preocupaciones legítimas sobre confidencialidad y reserva.

La democracia no solamente debe garantizar que todos voten.

También debe garantizar que nadie pueda saber cómo votaron.

Esa es una condición esencial del sufragio libre.

A ello se suma un problema que rara vez ocupa titulares.

La accesibilidad cognitiva.

Colombia cuenta con cientos de miles de personas con discapacidad intelectual, discapacidad cognitiva, trastornos del neurodesarrollo, autismo, discapacidad psicosocial y otras condiciones que requieren información clara, lectura fácil, apoyos comunicativos y pedagogía adaptada.

Sin embargo, buena parte de la información electoral continúa produciéndose para una ciudadanía idealizada que comprende textos complejos, procedimientos extensos y lenguaje técnico.

Esa ciudadanía ideal no existe.

La diversidad humana sí.

Por eso las democracias modernas están incorporando progresivamente estándares de lectura fácil, comunicación accesible, diseño universal y participación inclusiva.

No se trata de privilegios.

Se trata de igualdad.

También resulta preocupante la ausencia de información pública suficientemente detallada sobre indicadores, cobertura, impacto y resultados de las estrategias institucionales de inclusión electoral.

Diversos ciudadanos han solicitado información específica relacionada con capacitación de jurados, accesibilidad digital, producción de apoyos electorales, evaluación de fallas, cobertura territorial y medición de participación de personas con discapacidad.

La transparencia institucional es parte de la accesibilidad democrática.

Sin información verificable no existe control ciudadano efectivo.

Y sin control ciudadano la inclusión corre el riesgo de convertirse únicamente en discurso.

La discusión de fondo trasciende una elección.

Lo que está en juego es la calidad de la democracia.

Una democracia accesible no es aquella que permite que las personas con discapacidad entren al puesto de votación.

Es aquella que garantiza que puedan participar en igualdad de condiciones desde el momento en que buscan información hasta el instante en que depositan su voto.

Las barreras identificadas son corregibles.

La tecnología existe.

Los estándares internacionales existen.

La experiencia comparada existe.

Las organizaciones de personas con discapacidad llevan años formulando propuestas concretas.

Lo que sigue faltando es convertir la accesibilidad electoral en una prioridad institucional de primer nivel.

Porque cuando una persona necesita que otros le expliquen dónde votar, cómo votar o qué dice un tarjetón, el problema ya no es solamente de accesibilidad.

Es un problema de ciudadanía.

Y cuando millones de ciudadanos encuentran obstáculos para ejercer plenamente sus derechos políticos, la pregunta deja de ser cuánto ha avanzado la inclusión.

La pregunta pasa a ser cuánto le falta a la democracia para estar verdaderamente al alcance de todos.

HERNANDO AYALA MELGAREJO
Periodista – Director General
AGENCIA DE NOTICIAS DISNNET PRESS
[email protected]

VND COLOMBIA – VOCES NUEVAS PARA EL DESARROLLO

OSCAR SAÚL CORTÉS CRISTANCHO
Comunicador con Discapacidad Múltiple
Magíster en Estudios Políticos
Especialista en Derechos Humanos, Discapacidad, Participación Ciudadana y Políticas Públicas
[email protected]
Bogotá D.C., Colombia

Junio 5 de 2026

RESPETAR EL PARALIMPISMO LEGADO GUTTMANN80 ORIGINAL 🫆  PARALIMPISMOLOGÍA 🌐🔝🚷 CERO TRANSCAPACIDAD    ©️   https://www.fac...
31/05/2026

RESPETAR EL PARALIMPISMO LEGADO GUTTMANN80 ORIGINAL 🫆 PARALIMPISMOLOGÍA 🌐🔝
🚷 CERO TRANSCAPACIDAD ©️ https://www.facebook.com/share/p/1D9op8NfWy/

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Murió Edgar Morin, pero sigue viva la pregunta más incómoda: ¿qué sociedad estamos construyendo para quienes han sido ex...
31/05/2026

Murió Edgar Morin, pero sigue viva la pregunta más incómoda: ¿qué sociedad estamos construyendo para quienes han sido excluidos?

La partida del filósofo francés obliga a repensar el futuro de la , los derechos humanos, la democracia y la dignidad humana en tiempos de incertidumbre. Su legado interpela a Colombia y desafía al Estado, a la academia y a la sociedad a superar definitivamente el capacitismo, la exclusión y la fragmentación del conocimiento.

La muerte de Edgar Morin no es únicamente la desaparición física de uno de los más grandes pensadores de nuestro tiempo. Es también un momento histórico para detenernos a pensar qué hemos aprendido de su legado y qué tan capaces hemos sido de llevar sus enseñanzas a la vida cotidiana de las personas.

Morin murió dejando una obra monumental sobre la complejidad, la incertidumbre, la democracia, la educación, la condición humana y la ética. Sin embargo, más importante que los libros que escribió son las preguntas que deja abiertas.

Preguntas incómodas.

Preguntas necesarias.

Preguntas urgentes.

Porque si algo nos enseñó Morin es que las sociedades fracasan cuando reducen la realidad a explicaciones simples.

Y quizás ninguna realidad ha sido tan simplificada, reducida y mal comprendida históricamente como la discapacidad.

Durante décadas las personas con discapacidad fueron clasificadas como enfermos, inválidos, incapaces, improductivos o sujetos de asistencia. La sociedad construyó sistemas completos para administrar nuestras vidas sin preguntarnos qué pensábamos sobre ellas.

Se nos convirtió en estadísticas.

Se nos convirtió en expedientes.

Se nos convirtió en objetos de intervención.

Pero rara vez se nos reconoció como sujetos políticos.

Morin no escribió específicamente sobre discapacidad. Sin embargo, sus ideas permiten desmontar muchas de las estructuras mentales que históricamente han sostenido la exclusión.

Cuando hablaba de pensamiento complejo estaba cuestionando precisamente la tendencia humana a fragmentar la realidad.

La discapacidad no es un asunto médico.

No es únicamente un asunto educativo.

No es solamente un asunto laboral.

No es solamente un asunto de salud.

No es solamente un asunto de pobreza.

No es solamente un asunto de accesibilidad.

Es todo eso al mismo tiempo.

Y mucho más.

La discapacidad se cruza con el territorio, la violencia, el conflicto armado, el racismo, el patriarcado, la desigualdad económica, la educación, la tecnología, la cultura, el deporte, el turismo, la salud mental, la justicia y la democracia.

Por eso Morin resulta tan vigente para quienes defendemos los derechos humanos de las personas con discapacidad.

Porque nos ayuda a comprender que las barreras no son únicamente físicas.

También son culturales.

También son políticas.

También son económicas.

También son jurídicas.

También son mentales.

También son éticas.

Y es precisamente allí donde aparece una de las críticas más profundas que debemos hacerle a nuestra sociedad.

Colombia ha avanzado en leyes.

Ha avanzado en sentencias.

Ha avanzado en políticas públicas.

Ha avanzado en discursos institucionales.

Pero aún no ha derrotado el capacitismo.

Seguimos viviendo en una sociedad que valora a las personas según su capacidad de producir, competir y responder a los estándares de eficiencia económica.

Seguimos atrapados en una cultura donde la productividad vale más que la dignidad.

Y allí reside uno de los grandes desafíos del futuro.

La pregunta no es solamente cuántas rampas se construyen.

La pregunta es qué idea de ser humano está detrás de nuestras instituciones.

La pregunta es si una persona vale por lo que produce o por el simple hecho de existir.

La pregunta es si la democracia está preparada para escuchar a quienes históricamente fueron silenciados.

La pregunta es si la política pública está dispuesta a reconocer que la discapacidad no es una excepción sino una expresión legítima de la diversidad humana.

Los siete saberes de Morin ofrecen pistas para responder estas preguntas.

Nos enseñan que debemos comprender la incertidumbre.

Y justamente vivimos tiempos profundamente inciertos.

La inteligencia artificial transformará el trabajo.

El envejecimiento poblacional incrementará el número de personas con discapacidad.

Las crisis climáticas afectarán especialmente a las poblaciones más vulnerables.

Las guerras y conflictos continuarán generando nuevas discapacidades y nuevas condiciones funcionales que exigirán respuestas más humanas e integrales.

La desigualdad seguirá siendo uno de los principales factores de exclusión.

Nada está garantizado.

Ni siquiera los derechos conquistados.

Morin insistía en que la incertidumbre no debía paralizarnos.

Debía impulsarnos a construir respuestas más inteligentes, más humanas y más democráticas.

También debemos prepararnos para comprender las nuevas formas de clasificación funcional de la discapacidad que están emergiendo en el mundo contemporáneo. Los avances científicos, tecnológicos, médicos y sociales están transformando la manera en que entendemos la relación entre las personas, sus capacidades, los entornos y los apoyos requeridos para participar plenamente en la sociedad.

El envejecimiento poblacional, las enfermedades crónicas, las enfermedades raras y de alto costo, las afectaciones derivadas de conflictos armados, los impactos de la salud mental, las condiciones neurodivergentes, las secuelas de accidentes, las nuevas realidades laborales y las transformaciones tecnológicas están generando escenarios cada vez más complejos que desafían las clasificaciones tradicionales de la discapacidad.

El desafío del futuro no será únicamente definir nuevas categorías o construir sistemas más sofisticados de medición funcional.

El verdadero reto será garantizar que cualquier modelo de clasificación esté al servicio de los derechos humanos, la autonomía, la participación y la dignidad de las personas.

La discapacidad no puede convertirse en una etiqueta técnica desconectada de la realidad humana.

Debe entenderse como una interacción dinámica entre las condiciones individuales, los entornos sociales, las barreras existentes y los apoyos disponibles.

Desde la perspectiva del pensamiento complejo de Morin, ninguna clasificación puede explicar por sí sola la totalidad de la experiencia humana.

Por ello, las futuras aproximaciones a la discapacidad deberán incorporar dimensiones sociales, culturales, económicas, territoriales, tecnológicas, comunitarias y políticas, reconociendo que cada persona vive una realidad única y que la diversidad funcional forma parte de la riqueza misma de la condición humana.

Quizás una de las grandes lecciones que deja Morin para el movimiento de discapacidad sea precisamente esta: desconfiar de las simplificaciones.

Comprender que detrás de cada clasificación existe una persona.

Una familia.

Una historia.

Un territorio.

Un proyecto de vida.

Comprender que el centro de cualquier política pública no deben ser las categorías, sino la garantía efectiva de derechos, la vida digna, la participación plena y la construcción de una sociedad capaz de reconocer el valor de todas las formas posibles de ser humano.

Por eso resulta tan importante que las actuales propuestas sobre discapacidad en Colombia hablen de vida independiente, cuidado, participación política, accesibilidad universal, justicia accesible, salud integral, educación inclusiva y autonomía económica.

Porque por primera vez en mucho tiempo se intenta comprender la discapacidad como una realidad compleja y no como un problema aislado.

Sin embargo, sería un error pensar que los cambios dependen exclusivamente de los gobiernos.

La historia demuestra que los derechos no son regalos del poder.

Son conquistas sociales.

La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad no nació de la buena voluntad de los Estados.

Nació de décadas de organización, movilización y resistencia.

La accesibilidad no apareció por generación espontánea.

Fue exigida.

La educación inclusiva no cayó del cielo.

Fue conquistada.

La participación política tampoco será una concesión.

Será una construcción colectiva.

Y es precisamente allí donde el pensamiento de Morin ha acompañado muchos de nuestros procesos.

Durante años hemos abierto conversaciones sobre accesibilidad universal, implementación de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, políticas públicas, planes nacionales de desarrollo, derechos humanos, participación ciudadana y nuevas narrativas de paz.

Hemos abierto espacios para debatir la relación entre discapacidad y democracia.

Entre discapacidad y justicia social.

Entre discapacidad y territorio.

Entre discapacidad y construcción de paz.

Entre discapacidad y ciudadanía.

Hemos abierto conversaciones sobre turismo accesible, turismo social y turismo comunitario como herramientas de inclusión, desarrollo local y ejercicio efectivo de derechos.

Hemos dialogado sobre las realidades de las personas mayores con discapacidad, de las personas con enfermedades huérfanas y de alto costo, de las víctimas del conflicto armado, de las personas en procesos de reincorporación, de las comunidades rurales históricamente excluidas y de quienes enfrentan múltiples vulnerabilidades al mismo tiempo.

También hemos insistido en abrir debates que durante mucho tiempo fueron invisibilizados.

La situación de las personas veteranas de la Fuerza Pública con discapacidad.

Las necesidades de las personas sobrevivientes del conflicto armado.

Las barreras que enfrentan quienes viven con discapacidad psicosocial.

La salud mental comunitaria.

La prevención del suicidio.

La atención integral a las familias y personas cuidadoras.

La necesidad de construir modelos de cuidado más humanos y solidarios.

Hemos abierto conversaciones sobre deporte.

No únicamente sobre el deporte paralímpico de alto rendimiento.

También sobre el deporte social comunitario.

Sobre el deporte de base.

Sobre la recreación.

Sobre el uso adecuado del tiempo libre.

Sobre el derecho al juego, al movimiento y a la participación.

Hemos dialogado sobre nuevas experiencias deportivas y terapéuticas.

Sobre el judo para personas ciegas.

Sobre el fútbol para personas ciegas y con baja visión.

Sobre las múltiples expresiones del deporte adaptado para personas con discapacidad física, visual, auditiva, intelectual, cognitiva y psicosocial.

Sobre experiencias innovadoras como el jiujitsu adaptado para personas con discapacidad física y otros procesos que buscan demostrar que el deporte es también una herramienta de autonomía, rehabilitación, construcción de comunidad y dignidad humana.

Hemos reflexionado sobre experiencias, saberes y legados construidos desde distintos territorios, incluyendo aportes relacionados con el deporte terapéutico, el deporte social comunitario y la construcción de procesos inclusivos donde la actividad física deje de ser un privilegio para convertirse en un derecho efectivo.

Hemos estudiado fenómenos sociales y políticos de América Latina.

Hemos debatido sobre exclusión, pobreza, violencia, participación, educación, salud y democracia.

Hemos promovido círculos de palabra, encuentros comunitarios, análisis colectivos, intercambios de saberes y diálogos ciudadanos.

No porque seamos expertos absolutos.

No porque tengamos todas las respuestas.

Sino porque entendimos algo fundamental que Morin nos enseñó:

las respuestas nacen del encuentro entre diferentes saberes.

Nacen de escuchar.

Nacen de dialogar.

Nacen de reconocer la complejidad.

Nacen de comprender que ningún sector posee por sí solo toda la verdad.

Hoy despedimos a un hombre.

Pero no despedimos sus preguntas.

Y quizás esa sea la mayor herencia que deja.

Seguir preguntándonos.

Seguir cuestionándonos.

Seguir pensando.

Seguir construyendo.

Seguir imaginando una sociedad donde ninguna persona sea reducida a una discapacidad, a una etiqueta, a una estadística o a una condición.

Una sociedad donde la diversidad humana deje de ser tolerada y empiece a ser reconocida como una riqueza colectiva.

Una sociedad donde la dignidad no dependa de la productividad.

Una sociedad donde la democracia también pueda leerse en braille, escucharse en lengua de señas, recorrerse en silla de ruedas, comprenderse desde la neurodiversidad y construirse desde todas las formas posibles de ser humano.

Porque quizá la enseñanza más profunda que nos deja Edgar Morin no es una teoría.

Es una actitud frente al mundo.

La voluntad permanente de comprender.

La capacidad de dialogar con la diferencia.

La humildad para reconocer que nadie sabe todo.

Y la convicción de que solamente una humanidad capaz de pensarse a sí misma de manera compleja podrá enfrentar los desafíos del futuro.

Edgar Morin ha partido.

Pero la tarea que nos deja apenas comienza.

Oscar Saúl Cortés Cristancho
Comunicador Social - Periodista - Magister en Estudios Políticos
Persona con discapacidad múltiple física y visual severa

VND Colombia – Voces Nuevas para el Desarrollo

Para DISNNET PRESS

Hernando Ayala Melgarejo
Periodista
Director Agencia Periodística DISNNET PRESS

LOS DERECHOS E INCLUSIÓN REAL NO SON REGALOLa Corte Constitucional recordó que la inclusión de personas con discapacidad...
29/05/2026

LOS DERECHOS E INCLUSIÓN REAL NO SON REGALO
La Corte Constitucional recordó que la inclusión de personas con discapacidad no depende de la buena voluntad: es un mandato constitucional. En la Sentencia T-094 de 2026, la Corte protegió los derechos de dos niños con discapacidad visual a quienes se les negó el ingreso a una atracción. La Corte explicó que excluir por discapacidad no puede ser la primera respuesta: deben valorarse alternativas, adaptaciones y medidas de apoyo que permitan la inclusión efectiva, especialmente cuando se trata de menores de edad. Fuente: Sentencia T-094 de 2026 (Corte Constitucional). ®️ https://www.facebook.com/share/p/1GzhDC5yjm/

Discapacidad, fragmentación social y violencia digital en ColombiaNos estamos destruyendo entre nosotros: la discapacida...
28/05/2026

Discapacidad, fragmentación social y violencia digital en Colombia
Nos estamos destruyendo entre nosotros: la discapacidad no necesita más limosna, necesita poder ciudadano

Mientras Colombia acumula leyes, políticas públicas, decretos y discursos sobre inclusión, miles de personas con discapacidad siguen atrapadas en la pobreza, la fragmentación y la violencia simbólica. En grupos de WhatsApp donde debería existir solidaridad, muchas veces hay linchamiento moral, ego, desinformación y destrucción mutua. La pregunta ya no es solamente qué le falta al Estado. La pregunta es: ¿qué nos pasó como sociedad discapacidad para terminar haciéndonos daño entre nosotros mismos mientras los derechos siguen sin cumplirse?
Hay algo profundamente doloroso y sociológicamente grave ocurriendo dentro del movimiento social de discapacidad en Colombia. Y hay que decirlo sin miedo: nos estamos rompiendo entre nosotros mismos.

Mientras el país habla de inclusión, accesibilidad y derechos humanos, en muchos espacios digitales de personas con discapacidad se libra una guerra silenciosa de egos, ataques personales, desinformación y violencia emocional. Personas eliminadas de grupos. Líderes desacreditados. Ataques coordinados. Descalificaciones permanentes. Competencia enfermiza por visibilidad. “Sicarios sociales” digitales que destruyen reputaciones, humillan y expulsan a otros compañeros como si borrar a alguien de una red fuera equivalente a desaparecerlo simbólicamente de la vida pública.
Y todo esto ocurre mientras más de 3.138.000 personas con discapacidad reconocidas oficialmente en Colombia —que podrían superar fácilmente los 7 millones si se incluyera la discapacidad psicosocial,, los territorios rurales no censados y múltiples diversidades funcionales invisibilizadas— siguen esperando derechos básicos que nunca llegan.
Tenemos Constitución. Tenemos Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. Tenemos la Ley Estatutaria 1618 de 2013. Tenemos CONPES, políticas públicas, mesas técnicas, documentos, observatorios y lineamientos. Pero seguimos teniendo una tragedia: el derecho escrito no se convirtió en derecho vivido.
El jurista Luigi Ferrajoli lo explicó hace años: existen derechos proclamados y derechos garantizados. Y un derecho que no puede ejercerse materialmente termina convertido en retórica institucional.
Eso es exactamente lo que está pasando.
La accesibilidad sigue ausente. Los ajustes razonables no llegan. La certificación de discapacidad continúa siendo una barrera burocrática. Los municipios rurales permanecen abandonados. Las respuestas institucionales al derecho de petición son muchas veces textos técnicos de tres páginas que citan normas para terminar negando derechos.
El artículo 13 del Código de Procedimiento Administrativo y de lo Contencioso Administrativo establece que toda persona tiene derecho a recibir respuesta clara, completa y de fondo. Pero miles de ciudadanos reciben respuestas vacías, burocráticas e inaccesibles. Se cumple el papel, pero no la realidad.
Y mientras tanto, ¿qué hace gran parte del tejido social discapacidad?
Pelear.
Dividirse.
Competir.
Destruirse.
La sociología contemporánea ya explicó este fenómeno. Pierre Bourdieu habló de la violencia simbólica: los sectores dominados terminan reproduciendo entre sí los mecanismos de exclusión. Byung-Chul Han advirtió sobre la sociedad del cansancio y de la hiperexposición, donde todos sienten la necesidad desesperada de ser vistos. Christopher Lasch describió la cultura del narcisismo, donde el reconocimiento público se convierte en obsesión. Gustave Le Bon y Sigmund Freud mostraron cómo las masas pueden actuar impulsivamente, perdiendo racionalidad colectiva.
Eso mismo vemos hoy en muchos espacios digitales: sobreinformación, ansiedad colectiva, necesidad permanente de protagonismo y agresividad reactiva.
Una persona publica un análisis serio y en segundos llegan diez cadenas inútiles. Otro propone una idea y de inmediato aparece alguien intentando desacreditarlo. Todo se convierte en confrontación emocional. Nadie escucha. Nadie construye. Nadie concentra fuerzas.
La discapacidad termina haciéndole discapacidad a la propia discapacidad.
Y ahí aparece una de las preguntas más duras de esta época:
¿Nos acostumbramos tanto al asistencialismo que dejamos de luchar por el poder ciudadano?
Porque gran parte del debate público sigue reducido a subsidios mínimos, mercados ocasionales y ayudas fragmentadas que no transforman estructuralmente la vida de las familias. Se pelea por auxilios de 50.000 o 200.000 pesos, mientras millones de personas continúan sin autonomía económica, sin acceso laboral, sin educación inclusiva, sin conectividad, sin transporte accesible y sin participación política real.
El problema no es recibir ayudas. El problema es quedarse únicamente en la lógica de la supervivencia administrada.
Paulo Freire advertía que la liberación no puede construirse desde la dependencia pasiva. Y Amartya Sen recordó que el verdadero desarrollo consiste en ampliar capacidades reales de libertad, no simplemente transferir dinero.
La discapacidad no necesita caridad permanente.
Necesita poder administrativo.
Necesita incidencia normativa.
Necesita organización territorial.
Necesita vigilancia ciudadana.
Necesita acciones de cumplimiento.
Necesita modificar resoluciones, decretos, manuales y barreras institucionales concretas.
Necesita que el artículo 13 de la Constitución deje de ser un poema jurídico y se convierta en igualdad real efectiva.
Porque el problema ya no es falta de normas. El problema es falta de implementación, articulación y control ciudadano.
Y también falta algo más profundo: conciencia colectiva.
Si las personas con discapacidad y sus redes familiares representan cerca del 38% de la sociedad colombiana, entonces no son una minoría marginal. Son una fuerza social enorme. Pero una fuerza fragmentada no transforma nada.
Alexis de Tocqueville decía que la democracia depende de la capacidad de organización ciudadana intermedia. Giovanni Sartori advertía que lo que no entra en la agenda pública termina desapareciendo políticamente. Antonio Gramsci explicó que los sectores populares sólo pueden construir poder cuando superan la dispersión y crean hegemonía colectiva.
Pero hoy seguimos atrapados en peleas pequeñas mientras el Estado continúa funcionando lentamente y la exclusión avanza más rápido que las soluciones.
La pregunta entonces es brutal:
¿Hasta cuándo seguiremos destruyéndonos entre nosotros mientras millones de personas continúan esperando derechos básicos?
Porque la verdadera lucha no debería ser quién tiene más protagonismo en un grupo de WhatsApp.
La verdadera lucha es lograr que:
los presupuestos se ejecuten,
las certificaciones aumenten,
las políticas públicas se implementen,
la accesibilidad exista,
los ajustes razonables se cumplan,
los municipios rurales sean atendidos,
y la dignidad deje de depender de la caridad.
La discapacidad no necesita más división.
Necesita inteligencia colectiva.
Necesita ética pública.
Necesita ciudadanía organizada.
Necesita dejar de sobrevivir para empezar a gobernar su propio destino político y administrativo.
Porque la accesibilidad no es un favor.
La accesibilidad es el nuevo gran derecho humano del siglo XXI.
Oscar Saúl Cortés Cristancho
Comunicador Social – Periodista
Magíster en Estudios Políticos
“Capacidad en el Poder”
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