08/06/2026
🇨🇴⚠️ “Si no le gusta, váyase”: otra señal preocupante de intolerancia política
La reciente polémica por el mensaje de Iván Cepeda, en el que preguntó a quienes no les gusta Colombia "¿por qué no se van del país?", trasciende una simple controversia en redes sociales. La frase ha generado inquietud porque refleja una visión de la democracia donde la discrepancia parece ser vista como un problema que debe excluirse, en lugar de una condición natural de una sociedad libre.
El episodio cobra aún más relevancia al sumarse a otra controversia reciente: la presión ejercida desde sectores de su campaña para que Abelardo de la Espriella dejara de utilizar la camiseta de la Selección Colombia durante actos políticos. Más allá de la discusión electoral, el mensaje implícito fue que determinados símbolos nacionales parecen pertenecer a unos ciudadanos, pero no a otros.
Ambos hechos comparten un mismo hilo conductor: la tendencia a establecer quién tiene legitimidad para representar a Colombia y quién no. Primero se cuestiona el derecho de un adversario político a identificarse con un símbolo nacional; después se sugiere que quienes expresan inconformidad con el rumbo del país deberían marcharse. No se trata de prohibiciones legales, pero sí de una narrativa que divide a los ciudadanos entre los que son considerados auténticamente parte del proyecto nacional y los que resultan incómodos.
La democracia liberal funciona precisamente sobre la idea contraria. Amar un país no implica estar de acuerdo con un gobierno, una ideología o una candidatura. De hecho, muchas de las críticas más duras suelen provenir de personas que desean que su país mejore. Cuando la respuesta al desacuerdo deja de ser el debate y pasa a ser "no use ese símbolo" o "váyase del país", el pluralismo comienza a ser reemplazado por una lógica de exclusión.
Por eso la discusión de fondo no es una publicación en redes ni una camiseta de fútbol. Lo que preocupa a muchos observadores es el patrón que parecen revelar estos episodios: una creciente dificultad para aceptar que la nación pertenece por igual a quienes apoyan un proyecto político y a quienes lo cuestionan. Y cuando una corriente política empieza a actuar como si tuviera un derecho preferencial sobre los símbolos nacionales, la identidad colectiva o la definición de quién es un "verdadero colombiano", aparece una de las señales más características de las culturas políticas con tendencias autoritarias.
En una democracia madura, la camiseta de la selección es de todos. La bandera es de todos. Y el país también es de quienes apoyan al gobierno y de quienes lo critican. Precisamente porque Colombia no pertenece a un partido, a un líder ni a una ideología. Pertenece a sus ciudadanos. Todos ellos.