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📖 EL CUENTO DE LA SEMANAEL CORAZÓN DELATOREdgar Allan Poe¡Es verdad! Nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso habí...
08/08/2026

📖 EL CUENTO DE LA SEMANA
EL CORAZÓN DELATOR
Edgar Allan Poe

¡Es verdad! Nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso había sido y sigo siendo. Pero ¿por qué dicen que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, no los había destruido ni embotado. Sobre todo, mi oído era extraordinariamente sensible. Escuchaba todas las cosas del cielo y de la tierra. Escuchaba muchas cosas del in****no. ¿Cómo, entonces, puedo estar loco? ¡Escuchen! Y observen con qué salud y con qué calma puedo contarles toda la historia.

Es imposible decir cómo entró por primera vez aquella idea en mi cerebro. Pero, una vez concebida, me perseguía día y noche. No había ningún motivo. No había pasión alguna. Yo amaba al viejo. Él nunca me había hecho daño. Jamás me había insultado. Su oro no me interesaba. Creo que era su ojo. ¡Sí, eso era! Tenía el ojo de un buitre, un ojo azul pálido cubierto por una película. Cada vez que se posaba sobre mí, la sangre se me helaba. Y así, poco a poco, muy gradualmente, decidí quitarle la vida al viejo y librarme para siempre de aquel ojo.

Ahora bien, ustedes creen que estoy loco. Los locos no saben nada. Pero deberían haberme visto. Deberían haber observado con qué prudencia procedí, con qué precaución, con qué previsión y con qué disimulo llevé a cabo mi propósito.

Nunca fui más amable con el viejo que durante la semana anterior a matarlo.

Y cada noche, cerca de la medianoche, giraba el pestillo de su puerta y la abría con tanta suavidad que apenas podía percibirse. Entonces, cuando había abierto lo suficiente para introducir la cabeza, colocaba una linterna cubierta, completamente cerrada, de modo que no saliera ninguna luz, y después asomaba la cabeza.

¡Ah! Se habrían reído al ver con qué habilidad lo hacía. Movía la cabeza lentamente, muy lentamente, para no perturbar el sueño del anciano. Me llevaba casi una hora colocarla dentro de la abertura lo suficiente como para verlo acostado en su cama.

¿Habría actuado de aquella manera un loco?

Una vez dentro, levantaba la linterna con infinita cautela, pues las bisagras podían producir algún ruido, y abría apenas una pequeña rendija para que un delgado rayo de luz cayera sobre aquel ojo de buitre.

Hice esto durante siete largas noches, siempre a medianoche. Pero siempre encontraba el ojo cerrado y, por eso, me resultaba imposible realizar mi trabajo, porque no era el viejo quien me irritaba, sino aquel ma***to ojo.

Y cada mañana, cuando amanecía, entraba tranquilamente en su habitación, lo saludaba con voz cordial y le preguntaba cómo había pasado la noche.

Tendrían que haber sido muy astutos para sospechar que, cada noche, exactamente a las doce, yo lo observaba mientras dormía.

Durante la octava noche fui todavía más cuidadoso al abrir la puerta.

El movimiento de un reloj habría sido más rápido que el de mi mano.

Nunca había sentido antes tanto poder de mi propia inteligencia.

Difícilmente podía contener mi satisfacción al pensar que allí estaba yo, abriendo poco a poco la puerta, mientras él no sospechaba nada de mis acciones ni de mis pensamientos secretos.

Quizá se rió en su interior al imaginar que yo estaba asustado. Pero tal vez me oyó, porque de pronto se movió en la cama como sobresaltado.

Ahora pueden pensar que retrocedí.

Pero no.

Su habitación estaba completamente oscura, porque las persianas estaban cerradas por miedo a los ladrones. Yo sabía que él no podía verme abrir la puerta y continué empujándola lentamente.

Cuando mi cabeza estuvo dentro, estaba a punto de abrir la linterna cuando mi dedo resbaló sobre el cierre metálico.

El viejo se incorporó en la cama y gritó:

—¿Quién anda ahí?

Me quedé completamente inmóvil.

Durante una hora no moví un solo músculo y tampoco escuché que volviera a acostarse.

Seguía sentado en la cama, escuchando.

Tal vez me había oído durante toda la noche, igual que yo había escuchado muchas veces los relojes de muerte que se encuentran en las paredes.

Después escuché un gemido bajo y comprendí que era el gemido del terror.

No era un gemido de dolor ni de tristeza.

Era el sonido ahogado que surge del fondo del alma cuando el miedo la invade.

Yo conocía muy bien aquel sonido.

Muchas noches, mientras todo el mundo dormía, había salido de mi propio pecho.

Sabía lo que estaba sintiendo el viejo y sentí compasión por él, aunque dentro de mí también me burlaba.

Sabía que desde el primer ruido que había escuchado estaba despierto.

Desde el primer movimiento en la cama había estado intentando convencerse de que aquello no era nada.

Había intentado pensar:

"Es solamente el viento en la chimenea."

O:

"Es un ratón que ha cruzado el suelo."

O:

"Es simplemente un grillo."

Pero todo era inútil.

Porque la Muerte se acercaba a él.

Y aquella sombra que avanzaba hacia él lo envolvía lentamente.

Después de esperar un largo rato, decidí abrir una pequeña rendija de la linterna.

Lo hice con extremo cuidado.

Una pequeña y tenue luz salió de ella y cayó directamente sobre el ojo.

Estaba abierto.

Completamente abierto.

Y al verlo sentí una furia incontenible.

Era aquel ojo.

Aquel ma***to ojo azul, cubierto por una película espantosa.

Todo mi cuerpo se estremeció.

No podía ver el rostro del viejo.

Solo veía aquel ojo.

Y mientras lo contemplaba, sentí que mi sangre se enfriaba.

¿No les he dicho que lo que ustedes llaman locura no es más que una agudeza extraordinaria de los sentidos?

En aquel momento llegó hasta mis oídos un sonido apagado, rápido y profundo.

Era semejante al sonido que hace un reloj envuelto en algodón.

Yo reconocía aquel sonido.

Era el corazón del viejo.

Mi furia creció.

Sin embargo, permanecí inmóvil.

Respiraba apenas.

Mantenía la linterna inmóvil.

Intentaba mantener el rayo de luz sobre el ojo.

Mientras tanto, el latido se hacía más fuerte.

Más rápido.

Más fuerte.

El terror del viejo debía ser enorme.

Y aquel sonido también me volvía loco.

Más fuerte.

Más fuerte.

¿Comprenden?

Les he dicho que soy nervioso.

Lo soy.

Y ahora, en el silencio de aquella casa, aquel latido parecía golpear cada vez más fuerte.

El viejo debía tener un miedo terrible.

Y yo sabía que su corazón estaba a punto de romperse.

Pero el sonido aumentaba.

Aumentaba.

Aumentaba.

¡Y ustedes todavía dicen que estoy loco!

Ahora tenía miedo de que alguien pudiera escuchar aquel corazón.

¡Su hora había llegado!

Con un fuerte alarido abrí la linterna completamente y salté dentro de la habitación.

El viejo gritó una sola vez.

En un instante lo derribé y tiré sobre él el pesado colchón.

Sonreí al comprobar que mi trabajo estaba casi terminado.

Durante algunos minutos el corazón siguió latiendo bajo el colchón.

Pero eso ya no me preocupaba.

El viejo estaba mu**to.

Levanté el colchón y examiné el cuerpo.

Sí.

Estaba mu**to.

Puse mi mano sobre su corazón y la mantuve allí durante varios minutos.

No había movimiento.

Estaba mu**to.

Su ojo ya no volvería a molestarme.

Si todavía creen que estoy loco, cambiarán de opinión cuando les explique la prudencia con que oculté el cuerpo.

La noche avanzaba y yo trabajaba rápidamente, pero en silencio.

Primero descuarticé el cadáver.

Separé la cabeza, los brazos y las piernas.

Después levanté tres tablas del suelo de la habitación y deposité allí los restos.

Luego volví a colocar las tablas con tanta habilidad que ningún ojo humano, ni siquiera el del viejo, habría podido descubrir algo extraño.

No había nada que limpiar.

No había ninguna mancha.

No había sangre.

Había sido demasiado cuidadoso.

Todo había sido absorbido por el recipiente donde había colocado el cuerpo.

Cuando terminé, eran aproximadamente las cuatro de la madrugada.

La oscuridad seguía siendo profunda cuando escuché tres golpes en la puerta.

Abrí con tranquilidad.

¿Qué tenía que temer ahora?

Entraron tres hombres que se presentaron educadamente como oficiales de policía.

Un vecino había escuchado un grito durante la noche y, como había sospechas de que algo podía haber ocurrido, la policía había sido enviada para investigar.

Sonreí.

¿Qué tenía que temer?

Los hombres entraron y yo les expliqué que había tenido una pesadilla.

Les dije que el viejo se había marchado al campo.

Los llevé por toda la casa.

Les pedí que revisaran.

Que buscaran.

Finalmente los conduje hasta la habitación.

Les mostré sus pertenencias, intactas.

Tan seguro estaba de mí mismo que coloqué sillas en la habitación y les dije que descansaran un poco mientras yo, con la confianza de quien no tiene nada que ocultar, coloqué mi propia silla exactamente encima del lugar donde descansaba el cadáver.

Los policías parecían satisfechos.

Mi comportamiento los había convencido.

Yo estaba tranquilo.

Ellos conversaban.

Yo respondía con naturalidad.

Pero después de un rato sentí que me ponía pálido.

Deseé que se fueran.

Me dolía la cabeza.

Creí escuchar un zumbido en los oídos.

Pero ellos continuaban conversando.

El zumbido se hizo más claro.

Hablé más.

Para librarme de aquella sensación.

Pero el sonido continuaba.

Y terminó convirtiéndose en un golpe.

Un golpe apagado, rápido y persistente.

Comprendí entonces que aquel sonido no estaba dentro de mis oídos.

Era mi imaginación.

Pero seguía allí.

Los policías no parecían escucharlo.

Yo hablaba más rápido.

Mi voz se elevaba.

El sonido aumentaba.

¿Qué podía hacer?

El latido se hizo más fuerte.

Más fuerte.

Más fuerte.

Los hombres continuaban hablando tranquilamente.

¿Era posible que no lo escucharan?

¡No!

¡No!

¡Claro que lo escuchaban!

¡Lo sabían!

¡Se estaban burlando de mí!

¡Eso era lo que pensaba!

Pero cualquier cosa era mejor que soportar aquel tormento.

¡Cualquier cosa era preferible a aquella horrible burla!

No podía soportar más aquellas sonrisas hipócritas.

Sentí que debía gritar o morir.

Y entonces sucedió.

—¡Basta! —grité—. ¡No disimulen más! ¡Lo confieso! ¡Arranquen las tablas! ¡Aquí, aquí! ¡Es el latido de su horrible corazón!

08/08/2026

Quedate un minuto mas cuando alguien necesite de ti...

08/08/2026
EL SR. DESATINO Y EL MALETÍN DE LAS PROMESASEntre el gobierno del cambio y el gobierno del “ahora sí”Por Gilberto García...
08/08/2026

EL SR. DESATINO Y EL MALETÍN DE LAS PROMESAS
Entre el gobierno del cambio y el gobierno del “ahora sí”

Por Gilberto García Mercado

El Sr. Desatino apareció esta semana con una libreta debajo del brazo, un lápiz detrás de la oreja y una calculadora que, según él, "solo sirve para sumar promesas, porque para restarlas todavía no han inventado el aparato".

—¡Señores! —gritó desde la esquina—. ¡Ha llegado la hora del relevo presidencial! ¡Se va Petro y llega Abelardo! ¡Se acaba el gobierno del cambio y comienza el gobierno del… cambio de gobierno!

Un vendedor de minutos lo miró con desconfianza.

—¿Y eso qué significa?

—¡Nada! —respondió Desatino—. Precisamente por eso soy analista político.

Sacó entonces una enorme carpeta titulada:

"PROMESAS PRESIDENCIALES: EDICIÓN PARA NO CREER TODO".

—Aquí tengo las promesas de Abelardo De La Espriella —dijo—. Y debo reconocer que el hombre viene con la escoba grande. Habla de seguridad, lucha contra la corrupción, reducción del tamaño del Estado, disciplina fiscal y hasta de convertir a Colombia en un país fiscalmente serio.

—¿Y usted le cree?

—¡Claro que sí!

—¿De verdad?

—No. Pero hay que darle la oportunidad. Después de todo, si uno no cree en las promesas presidenciales, ¿en qué va a creer? ¿En los recibos de la luz?

El Sr. Desatino pasó la página.

—Dice el nuevo presidente que habrá transparencia total. ¡Maravilloso! Yo propongo que comiencen por ponerle ventanas al Palacio de Nariño.

—¿Para que entre más luz?

—¡No, hombre! ¡Para que podamos ver qué están haciendo adentro!

El público soltó una carcajada.

Pero Desatino no había terminado.

—Ahora viene lo bueno. Abelardo promete administrar los recursos públicos con responsabilidad y proteger la regla fiscal.

Se quedó pensativo.

—Eso significa que, por fin, el presupuesto tendrá que hacer dieta.

Luego sacó una calculadora.

—Porque mientras unos prometen adelgazar el Estado, otros lo dejaron con una barriga de contratos que ni siquiera cabe por la puerta.

Y ahí apareció el fantasma político de Petro.

—¡Petro! —gritó Desatino—. ¡No se me vaya todavía!

El expresidente apareció imaginariamente en una pantalla gigante.

—¿Qué quiere?

—Preguntarle por los viajes.

—¿Cuáles viajes?

—¡Los viajes presidenciales, mi querido exmandatario! Porque una cosa es viajar para gobernar y otra convertir el avión presidencial en una especie de agencia de turismo político.

Según reportes publicados a partir de registros oficiales, entre agosto de 2022 y noviembre de 2025 los viajes internacionales de Petro habrían implicado más de $12.000 millones en combustible, además de más de US$2,5 millones en alojamiento, transporte y alimentación.

Desatino miró al público.

—¡Eso sí es turismo! Y uno aquí pensando que el paseo de olla era caro.

Petro respondió:

—¡Pero esos viajes tenían objetivos internacionales!

—¡Claro! —contestó Desatino—. Y el objetivo nacional era pagar la cuenta.

Entonces sacó otra hoja.

—Y mientras se hablaba del Gobierno del Cambio, el país también tuvo que observar el caso de Nicolás Petro, hijo del expresidente, quien ha enfrentado procesos judiciales relacionados con acusaciones de lavado de activos y enriquecimiento ilícito.

Desatino se llevó las manos a la cabeza.

—¡Qué familia tan ocupada! Uno gobernando, otro explicando los procesos y los colombianos haciendo cuentas.

De pronto recordó algo.

—¡Y falta la señora Alcocer!

Miró hacia un lado.

Nada.

Miró hacia el otro.

Nada.

—¿Y dónde andará la Alcocer?

Un ciudadano respondió:

—Quién sabe.

—Pues yo sí sé —dijo Desatino—. ¡Debe estar buscando dónde dejaron el botón de "primera dama"!

La actualidad, sin embargo, le puso otra vez la cara seria. El Consejo de Estado confirmó recientemente la nulidad del nombramiento de Verónica Alcocer como embajadora en misión especial ante el Vaticano.

—¡Ave María! —exclamó Desatino—. ¡Ni el Vaticano pudo salvar el nombramiento!

Y cuando parecía que la función terminaba, apareció nuevamente la carpeta de Abelardo.

—Pero tampoco se emocionen demasiado —advirtió—. Ahora viene el otro capítulo.

Abrió la libreta y escribió en letras enormes:

"PROMESA".

Debajo puso:

"CUMPLIMIENTO".

Y dejó el segundo espacio completamente vacío.

—¿Y eso qué significa? —preguntó el vendedor de minutos.

Desatino sonrió.

—Que mañana comienza el gobierno de Abelardo. Y desde mañana, señores, las promesas dejan de ser promesas y empiezan a convertirse en facturas.

Guardó el lápiz.

Se acomodó el sombrero.

Y antes de marcharse lanzó su última sentencia:

—En Colombia todos los gobiernos llegan diciendo que van a limpiar la casa. Lo curioso es que, cuando terminan, la casa sigue sucia, pero cambian los muebles de lugar.

El Sr. Desatino desapareció por la esquina.

Solo dejó una nota pegada en un poste:

"Colombia no necesita presidentes que prometan milagros. Necesita gobiernos que sepan dónde dejaron la escoba."

Y debajo, en letra pequeña, había escrito:

Continuará. Porque en Colombia el próximo capítulo siempre viene con nuevas promesas.

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