13/12/2025
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Hoy todavía siento un n**o en el pecho.
Lo que pasó con la niña de Mingueo me dejó helada, como si el mundo hubiera dado un giro brusco y me hubiera lanzado contra una verdad que no quería ver. Entre esos sentimientos fue reconocer su rostro. Yo conocí al homicida.
Lo vi tantas veces pasar por mi calle, por el lugar donde juegan los niños de la cuadra, donde juega mi hijo de nueve años. Al principio era solo un muchacho más con la mirada perdida, con la ropa sucia, con un cansancio antiguo pegado al cuerpo. Dormía en las calles, comía cuando podía, y llevaba en los ojos un dolor que me tocó una fibra profunda.
Y yo, que siempre he creído que todos merecen un abrazo, un mensaje de aliento, una mano que no juzgue… le abrí la puerta de mi empatía.
Le guardaba comida.
Le enseñé a jugar UNO.
Lo senté en mi mesa.
Le di conversación, consejo, escucha.
De alguna manera me conmovió esa oscuridad silenciosa que cargaba. Me dijo que desde niño pedía en las calles, que había vivido cosas horribles. Yo entendí —o quise entender— que estaba herido, que necesitaba una oportunidad. Hasta le regalé una cobija para que no pasara frío, y le propuse ayudarlo a sacar sus papeles, a estudiar, a construir otra vida.
Pero un día, jugando UNO con los niños, dijo unas vulgaridades con insinuaciones sexuales que los dejaron inquietos, pues manifestaron que Gabriel parecia tener dos personalidades. Ellos me lo contaron, porque siempre les enseño a hablar, a no callarse, a cuidarse. Me llené de una rabia,lo enfrenté, y esa fue la última vez que lo vi.
Hasta ayer.
Hasta que la foto apareció.
Hasta que su nombre se volvió sinónimo de horror.
No supe cómo reaccionar. Sentí que el alma me temblaba.
Yo lo conocí. Yo lo senté en mi mesa. Yo lo defendí en silencio mientras todos lo veían como un extraño.
Y sin saberlo, sin imaginarlo, sin poder concebirlo… puse en riesgo a mi hijo. Puse en riesgo a los niños del barrio. Y esa culpa, aunque no me pertenezca del todo, pesa.
Porque uno confía. Porque uno quiere creer. Porque uno piensa que la bondad puede rescatar hasta al más roto.
Pero la vida te enseña de golpe que hay heridas que no se curan, que hay almas que ya eligieron el lado oscuro, que hay personas que caminan entre nosotros como si fueran humanas, pero llevan la mirada de un depredador escondida detrás de la tristeza.
Y hoy lo digo con la sinceridad que nace del miedo y del cansancio:
a veces ser bueno es peligroso.
Porque los lobos ya no aúllan desde lejos.
Ahora se sientan contigo.
Comen en tu mesa.
Piden ayuda con voz quebrada.
Te miran como quien necesita un hogar.
Pero por dentro son otra cosa: Un lobo vestido de oveja.
Una víbora escondida entre flores.
Un veneno servido en un vaso de agua limpia.
Una sombra que se disfraza de luz.
Solo Dios sabrá qué hará con Gabriel.
Si pagará aquí o allá.
Si tuvo otras víctimas.
Si ya había elegido la maldad mucho antes de que yo lo conociera.
Nunca lo sabré.
Pero hoy aprendí algo que rompe, que cansa, que amarga:
no siempre es bueno ser bueno.
Porque en un mundo donde los monstruos se esconden entre las personas heridas, la bondad sin límites se convierte en una puerta abierta al peligro.
Y esa puerta… hoy la cierro.
Por mí.
Por mi hijo.
Por los niños de mi calle.
Porque la vida me lo gritó de la manera más cruda:
la empatía también tiene fronteras, y cruzarlas puede costar demasiado. 😑
(Hecho que sucedió en la guajira, Colombia)