30/05/2026
a frase la dijo él mismo. Abelardo de la Espriella, candidato presidencial, abogado de oficio y ahora también teólogo improvisado, soltó esa perla sin saber que, en realidad, estaba haciendo una confesión de parte.
Porque no es una frase menor. No es un exabrupto de campaña. Es la revelación de una manera de entender el mundo, la justicia y la propia carrera de quien aspira a gobernar Colombia.
Déjenme explicarles.
Abelardo decia que no creia en Dios. Es su derecho. Decia que era ateo. También es su derecho. Pero luego suelta: "Se podría defender mejor al diablo que a Dios". Y ahí está la clave. Porque esa frase no es teología. Es autobiografía.
Él mismo está admitiendo que su oficio, su talento, su especialidad, no es defender la verdad, la justicia o el bien. Es defender al diablo. Es decir, al mal. A los criminales. A los violadores. A los que la sociedad, en su sano juicio, señala como desechables.
Y no es retórica. Es un hecho probado.
Abelardo sacó de la cárcel al pastor Álvaro Javier Gámez Torres, un hombre acusado de abusar sexualmente de 27 mujeres, algunas de ellas menores de edad. La Fiscalía documentó cómo este falso líder religioso utilizaba su posición de poder espiritual para someter a sus víctimas. Las convencía de que el abuso era "un acto de alabanza a Dios". Las manipulaba psicológicamente. Les generaba culpa y miedo. Y Abelardo, con toda su habilidad jurídica, logró que recuperara su libertad.
Ese es solo un caso. Podríamos mencionar otros. Pero con uno basta para entender el patrón.
Mientras Abelardo se autoproclama defensor de los derechos de las mujeres, mientras usa el nombre de Rosa Elvira Cely para ganar votos, mientras la propia hija de Rosa Elvira expresa que le da "asco" ver cómo el candidato explota el dolor de su madre, él por detrás saca violadores de la cárcel.
¿No es eso defender al diablo?
Y él mismo lo dijo. Él mismo lo confesó. "Se podría defender mejor al diablo que a Dios". No es un error retórico. Es la síntesis de su carrera. Es el eslogan que nunca quiso admitir.
Abelardo es, en esencia, el abogado del diablo. Como en esa película de Al Pacino y Keanu Reeves, donde el joven y ambicioso abogado termina descubriendo que ha estado sirviendo al mal toda su vida. La diferencia es que en la película hay un momento de redención. En la vida real, Abelardo sigue defendiendo criminales, sigue justificando lo injustificable, sigue presentándose como víctima mientras defiende a victimarios.
Y ahora quiere ser presidente.
Pero un país no se gobierna con las mismas artes con las que se defiende a un violador. Gobernar requiere ética. Requiere humanismo. Requiere ponerse del lado de las víctimas, no de los victimarios. Requiere saber distinguir entre el bien y el mal, y tener la virtud de elegir el primero.
Abelardo ya confesó por cuál se inclina.
"Se podría defender mejor al diablo que a Dios". Gracias, señor candidato. Por fin dijo algo cierto.
El problema es que ahora los colombianos tenemos que decidir si queremos al abogado del diablo en la Casa de Nariño. Yo creo que no. Porque ya tuvimos suficiente maldad disfrazada de orden. Ya tuvimos suficiente cinismo vestido de ley.
Como dijo su compañera Sandra Macillins: "Dejar que Abelardo llegue a la Casa de Nariño es como poner a Garavito en el ICBF". Y no exageraba.
Así que cuidado. Porque el diablo, según dicen, es un mal abogado. Pero Abelardo ha demostrado ser muy bueno defendiéndolo. Eso no es virtud. Es advertencia.