23/03/2026
Ediciones Corazón de Mango lamenta la muerte del sabio Orlando Serrano. Publicamos en su memoria un fragmento del perfil que escribió la periodista cultural y actriz Claudia Patricia Mantilla y que aparece en el libro "Siete cronistas santandereanas" publicado por nosotros:
Ese encantador in****no
Claudia Patricia Mantilla Durán
Orlando Serrano Giraldo no es de los que acumula libros sin viajar por ellos. Su pasión despertó desde muy niño cuando supo que debía llevar una vida a la sombra –literalmente-, puesto que la fotofobia que padecía le impedía jugar fútbol, básquet, pepas, o trompo, lo que hacían sus compañeros a pleno sol. Me ponen en kínder en el Colegio El Divino Niño de Bucaramanga, con la advertencia de que tenía una limitación visual, que no me exigieran nada. La profesora Rosa Tulia me enseña a leer. Ella me redimió de la invalidez.
A los cuatro años le entregan sus primeras gafas, luego de un estudio que le realizan en la Clínica Oftalmológica Barraquer de Bogotá donde le diagnostican fotofobia y miopía, pero no la acromatopsia que descubriría posteriormente su mamá. Fui un niño absolutamente solitario, pero eso no quiere decir que mi infancia haya sido triste. Cuando aprendí a leer se me abrió un mundo. ¡Qué mejor para un solitario que leer! Era obvio que tenía que ser lector. No tenía más alternativa. Por eso no me lamento nunca de ser ciego, porque si no hubiera sido ciego yo sería otra persona totalmente distinta.
Una paradoja borgiana, un mundo que entra por los ojos se revela como un tesoro para alguien que posee serias limitaciones visuales, y que además no ve el color sino la escala que va del blanco al negro, un hombre que para leer acude a una lupa y entra en un mundo de neblina cada vez que una luz intensa irrumpe en el espacio. Era obvio que terminara siendo lector, por sustracción de mundo –añade-.
Los libros y la radio fueron inseparables compañeros de infancia. En la salita de la casa había una radio Philips de esas holandesas, que venían con ojo mágico para sintonizar. Era la época de oro de la radio y del bolero y, fue cuando escuchó por vez primera la voz de Francisco “Kiko” Navarro quien, años después se convertiría en su gran amigo. ¿Sabes qué representa para mí Kiko Navarro? -dice mientras enciende un ci******lo- la voz más familiar de mi infancia. Una voz de la que tuvo que despedirse hace poco.
La saga de farmaceutas culebreros y el abuelo lector
El abuelo materno de Orlando Serrano era farmaceuta y andariego. Se suicidó de 46 años y, dejó diecisiete hijos. Tenía dos farmacias, una en Puerto Wilches y otra en Lebrija. El viejo era culebrero. Tenía culebras en la casa porque fabricaba un jarabe antiofídico y, en el parque del pueblo se hacía morder de ellas para demostrar que el remedio era efectivo. Lo que la gente no sabía es que antes de sacar las culebras de la jaula les había extraído el veneno con yesca –sonríe con malicia-. Alcira, la mamá de Orlando, a quien describe como dicharachera y festiva, continuó la tradición de farmaceutas pero no la de culebreros, de la que no se sentía orgullosa. Las fotos de mi abuelo con las culebras las escondía. Aunque era la primera en atraparlas si entraban a la finca. ¡Claro!, toda la vida viviendo con culebras (risas).
¿Del lado paterno fueron tan prolíficos? No, no tanto. ¿Ni tan locos? No. Esos eran bobos. Cuando mamá y papá peleaban, él le decía: su familia es una familia de locos y, ella le contestaba: y la suya una mano de bobos. No había cosa que le ofendiera más a papá. Por eso nosotros salimos así (risas).
Su papá, Juan, tuvo que hacerse cargo de la casa desde muy niño. Mi abuelo paterno era un viejo inválido, él sufría de erisipela. Entonces, papá tuvo que sostener la casa, empezó quemando carbón que llevaba a Bucaramanga en bueyes. Luego, arrendaba los bueyes para sacar cosechas de yuca, carbón y posteriormente madera. De bueyes pasó a arrear mulas. Aún recuerda la primera mula que tuvo, y que bautizó “la vitrola”. Decidió conservarla porque estaba convencido de que al comprarla había empezado a hacer plata. En la casa hay fotos de la mula, mi papá abrazándola. Era la mascota de la casa, comía en la cocina, paseaba por todo lado, se metía en las piezas, hasta que se murió de vieja.
Finalmente, su padre encontró el oficio que le permitió forjar fortuna: el aserrío. En la familia de mi papá todos son madereros, por eso a nosotros nos dicen los Serranos comején, porque hemos vivido toda la vida de los palos, como el comején. Y en la familia de mi mamá hay dos tradiciones laborales, el que no es farmaceuta es impresor.
Al evocar la imagen de su abuelo paterno se ilumina su rostro: ¡Un campesino lector! –exclama-. Un personaje muy curioso -dice-, mientras me enseña la foto de “Villa bonita”, la casa en Lebrija, un rancho de bahareque y techo de palma en el que se insinúa detrás otro igual, donde, según cuenta, estaba la biblioteca del abuelo. El leía con lámpara de petróleo y se murió sin usar gafas. ¡Un campesino lector! -reitera-, sin formación académica ni nada. Cuando él se murió, lamentablemente yo tenía 4 años y, no me hice a la biblioteca del viejo.