06/08/2026
Del chamán al pastor: la misma raíz, destinos distintos
Después del "retiro espiritual" que Abelardo de la Espriella montó en Barranquilla —con biblias regaladas, ministros "tocados por el Espíritu Santo" y toda la parafernalia del telepredicador de turno— surgió en las redes un debate que revela más ignorancia de la que pretende ocultar. Algunos, incluso figuras como Agustín Laje, se apresuraron a celebrar que el presidente se "entregara a un pastor evangélico" en lugar de a un "brujo o chamán". En su imaginario colonial, el pastor representa la civilización y el chamán la barbarie. Pero la historia, la antropología y la lógica más elemental demuestran lo contrario: el pastor evangélico moderno y el brujo son, en esencia, la misma figura. Y si hay que elegir, el chamán es infinitamente más coherente que el pastor que hoy ocupa el poder.
El origen común: 40,000 años de manipulación simbólica
El chamán surgió en el Paleolítico, hace unos 40,000 años, como el primer líder espiritual de la humanidad. Era el intérprete del mundo, el que manipulaba símbolos para darle sentido a la realidad: la enfermedad, la muerte, el clima, la caza. No tenía excedente económico que administrar. Su poder residía en la experiencia, en el conocimiento de las plantas, en la conexión con la naturaleza que sustentaba a la tribu. No cobraba diezmos porque no había granos que acumular. Su "pago" era el reconocimiento de la comunidad.
Luego vino el Neolítico, la revolución agrícola, y todo cambió. La humanidad dejó de ser nómada para asentarse. Surgieron las primeras aldeas, luego las ciudades. Apareció el excedente económico: trigo, cebada, granos que sobraban. Y con el excedente, surgió la necesidad de alguien que lo administrara. El chamán mutó. Se convirtió en sacerdote-administrador.
En Mesopotamia, los templos eran los primeros bancos. Los sacerdotes almacenaban el grano, contabilizaban con escritura cuneiforme —la primera escritura no nació para la poesía, sino para la contabilidad del excedente— y justificaban su privilegio con narrativas divinas: "Nosotros somos los representantes de los dioses en la tierra". De ahí salieron los mitos que después influirían en el Génesis. De ahí salió el mito de Melquisedec, el sacerdote al que Abraham le entrega el diezmo. Y de ahí, miles de años después, los pastores evangélicos seguirán usando ese mismo mito para justificar que sus feligreses les entreguen el 10% de su salario. El diezmo no es mandato divino: es herencia de la primera casta administradora de granos de Mesopotamia.
El brujo y el pastor: hermanos siameses
El brujo es, en esencia, un residuo de esa línea histórica. Opera en sociedades donde el Estado no llega, donde la gente busca explicaciones y soluciones que la medicina, la justicia o la política no les dan. El brujo manipula símbolos, juega con el miedo, promete curas imposibles y cobra por ello. Es un charlatán que explota la desesperación.
Pero ¿qué hace el pastor evangélico moderno? Manipula símbolos (el cielo, el in****no, la salvación), juega con el miedo (la condenación eterna, el demonio, la "ideología de género"), promete curas imposibles (milagros de sanidad, prosperidad económica a cambio de fe) y cobra por ello (diezmos, ofrendas, semillas de fe). La diferencia no es ética ni estructural: es de escala. El brujo opera en una consulta humilde; el pastor, en un estadio con pantallas LED. Ambos venden esperanza empacada en autoridad sobrenatural. Ambos saben que la persona que llega desesperada no pide evidencia, pide consuelo. Y ambos cobran por ese consuelo.
No es coincidencia que los negocios más lucrativos en las periferias de América Latina sean, simultáneamente, el brujo y el pastor. Ambos prosperan de la misma materia prima: la ignorancia y la necesidad.
El chamán: la excepción que confirma la regla
Pero el chamán no es el brujo. El chamán, en las comunidades indígenas que aún lo conservan, es algo distinto. No es un estafador individual que explota al prójimo. Es el líder espiritual de la tribu, cuya autoridad no viene de un título ni de una cadena de mando eclesiástica, sino del conocimiento acumulado, de la relación simbiótica con el territorio, de la capacidad de mediar entre la comunidad y la naturaleza.
Su cosmovisión tiene nombre: la Pachamama, la Madre Tierra. No es un dios abstracto en el cielo; es la tierra misma, la que da de comer, la que sostiene la vida. El chamán no predica la dominación de la naturaleza, sino la armonía con ella. No promete un cielo después de la muerte a cambio de obediencia; promete equilibrio aquí y ahora. Y desde una perspectiva científica, tiene más razón que el pastor que niega el cambio climático: sin la tierra, sin los ríos, sin los bosques, no hay vida humana posible. La "Madre Tierra" no es metáfora poética; es ecología sistémica expresada en lenguaje ancestral.
El pastor evangélico moderno, en cambio, llega a la Casa de Nariño no para cuidar la naturaleza, sino para justificar su destrucción en nombre del "dominio" bíblico sobre la creación. No viene a mediar con el territorio, sino a imponer una "contrarrevolución cultural" que saque a Dios de los salones —pero deja entrar al capital extractivista. El chamán cuida la fuente de vida; el pastor administra el excedente y bendice la depredación.
Si hay que elegir
La pregunta que lanzaron las redes —¿pastor o chamán en la Casa de Nariño?— es falsa en sus términos, porque asume que el pastor es civilizado y el chamán es primitivo. Pero la historia demuestra lo contrario: el pastor es la evolución corrupta del sacerdote-administrador, la figura que aprendió a usar lo sagrado para acumular poder y riqueza. El chamán, en su versión auténtica, es el último resquicio de una relación espiritual con el mundo que no pasa por el diezmo ni por el voto electoral.
Si me preguntan, mil veces el chamán. No porque crea en sus rituales mágicos, sino porque su cosmovisión —la tierra como madre, la reciprocidad con la naturaleza, el conocimiento como servicio comunitario— es más científica, más ética y más necesaria para la supervivencia de la humanidad que la teología del pastor que promete cielo mientras destruye el único planeta que tenemos.
De la Espriella no trajo un chamán a Nariño. Trajo a un producto de la cadena más larga de estafa institucionalizada: el sacerdote que heredó el grano, inventó el diezmo, escribió los mitos de dominación y ahora llega a la presidencia a cobrar su tributo emocional. No es espiritualidad. Es continuidad mesopotámica: el mismo truco de siempre, con app digital y pólvora incluida.
Colombia no necesita más administradores del excedente disfrazados de profetas. Necesita, si acaso, chamanes que nos recuerden que sin la tierra no hay nada que administrar.