04/06/2026
Una lección de amor en tiempos de indiferencia.
Por Danilo Cubillos
Queridos lectores:
Hoy quiero compartir con ustedes una experiencia que tocó profundamente mi espíritu y que, de alguna manera, me recordó que todavía existen seres humanos capaces de trascender los límites de lo ordinario.
Durante mucho tiempo fui aplazando un encuentro con el padre Diego León. Tenía el deseo de conocer de cerca una obra de fe que había llamado mi atención: la entrega diaria de almuerzos dignos para adultos mayores y habitantes de calle en La Dorada, Caldas. Ya de por sí, sostener una labor de esta magnitud, junto a un grupo de voluntarias comprometidas, representa un acto admirable de servicio y generosidad.
Sin embargo, al llegar allí comprendí que la verdadera dimensión de esta obra no estaba solamente en los alimentos que se sirven cada día.
Está en las miradas que se escuchan.
Está en las historias que alguien decide no ignorar.
Está en la dignidad que se devuelve a quienes muchas veces han sido expulsados de la conversación social.
Debo confesar que no me gusta idealizar a las personas. Creo que todos somos seres humanos con luces y sombras. Pero también creo que existen hombres y mujeres cuya manera de vivir se convierte en una enseñanza para los demás.
El padre Diego León es uno de ellos.
Lo observé compartir con quienes llegan buscando algo más que comida. Está con ellos, vive sus preocupaciones, escucha sus historias, conoce sus nombres, comprende sus dolores. Les habla con afecto, pero también con la sinceridad de quien corrige desde el amor. Y quizá por eso no solamente lo respetan: lo aman.
Conversamos durante horas. Hablamos de sus orígenes en Andes, Antioquia; de la hermana Uvaldina Tarazona, con quien inició esta hermosa misión; de los desafíos diarios y de las innumerables anécdotas que ha acumulado junto a personas que la mayoría de nosotros apenas alcanzamos a mirar cuando cruzamos una calle o esperamos un semáforo.
Nosotros vemos una apariencia.
Él ve una historia.
Nosotros vemos una necesidad.
Él ve un ser humano.
Mientras escuchaba sus relatos comprendí algo que a veces olvidamos: la verdadera espiritualidad no consiste en levantar discursos grandiosos, sino en la capacidad de acercarse al sufrimiento ajeno sin esperar reconocimiento, aplausos, seguidores, votos o aprobación.
Simplemente servir.
Simplemente amar.
Simplemente estar.
En medio de nuestra conversación le confesé algo que nació de manera espontánea: su trabajo me recordaba al de , aquel sacerdote que decidió compartir la suerte de los leprosos en la isla de Molokai, no desde la distancia ni desde la comodidad, sino viviendo entre ellos, acompañándolos y reconociéndoles la dignidad que otros les habían negado. Guardadas las proporciones históricas, encontré en el padre Diego esa misma decisión de caminar al lado de quienes la sociedad suele olvidar.
Quizá por eso esta experiencia me dejó una sensación difícil de describir. No fue una entrevista. No fue una visita institucional. Fue un encuentro con una forma de entender la vida que nos recuerda que la fe cobra sentido cuando se convierte en acción.
Padre Diego León, no quiero darle las gracias por lo que hace. Esas gracias seguramente las ha recibido muchas veces y las merece todas.
Quiero agradecerle algo diferente: haberme permitido conocerlo.
Haberme recordado que aún existen personas que iluminan el camino de otros sin hacer ruido.
Haberme demostrado que la compasión sigue siendo una fuerza capaz de transformar vidas.
Y, sobre todo, haber despertado en mí el deseo de intentar ser un poco mejor, de servir un poco más y de convertirme, aunque sea en una mínima parte, en esa luz que usted proyecta todos los días sobre quienes más la necesitan.
En una época donde abundan las apariencias, encontrar autenticidad sigue siendo un verdadero milagro.