12/08/2026
Es sorprendente cómo de un momento a otro cambia la vida; cómo pasas de una mañana más, a casi vivir la última; de un "buenas noches" a tus seres queridos, a casi no despertar. Uno no dimensiona cómo puede cambiar todo en tan solo un segundo, cómo podríamos no volver a saludar a un ser querido o a abrazar a nuestra pareja o amigos. Nadie puede dimensionar todo lo que hay detrás de un “simple” terremoto: la cantidad de víctimas, de personas como tú y como yo, que ya no se encuentran en este mundo para hacer todo lo mencionado.
Fueron dos minutos de temblor donde se escucharon los gritos de la gente, cómo las vigas y columnas de los edificios crujían, cómo la naturaleza gritaba. Luego, segundos de completo silencio. Salir a la calle y ver personas corriendo, otras tiradas en el piso, otras llorando; no tener comunicación porque se descargó el celular, no saber cómo están tus seres queridos y no entender la magnitud de lo que acaba de suceder. Escuchar a las personas decir que hay edificios destruidos y salir corriendo a ver si tu pareja, que estaba en la universidad, está bien; enterarte de que el salón en el que estaba se derrumbó y no saber si ella está a salvo. Luego, la logras ver y te vuelve un poco el alma al cuerpo.
Después de que todo estuviera un poco más calmado, subir a la moto y ver cómo esta ciudad que me adoptó como estudiante está toda destrozada. Ver los edificios agrietados; cómo lugares en los que en algún momento estuve sentado tomándome un café y comiendo un pan ahora están aplastados y reducidos a escombros. Destroza el alma y el corazón ver a tantas personas sufrir. Como dicen: esto no se lo deseo a nadie.
En medio de todo, buscar cómo comunicarte con tu familia que está a casi cuatro horas de distancia y que no saben nada de ti, solo ven malas noticias. Y al mismo tiempo, ver qué tan mal debe estar una parte de la juventud jóvenes de entre 14 y 16 años que, en vez de intentar llegar rápido a su hogar y ver a su familia, deciden tomarse una selfie posando en los escombros como si fuera un monumento. Qué tan mal debe estar todo para priorizar una foto en vez de salvar su vida y mirar si su familia está bien, teniendo la oportunidad de ir a verlos, mientras otros no tenemos cómo comunicarnos con los nuestros.
Lo que queda hoy en mí es la sensación de que cada segundo puede ser el último. Sé que vendrán noches sin dormir tranquilo y días donde salir a la calle o subir a un edificio serán momentos de tensión. Sin embargo, agradezco a Dios por este renacer, porque es un antes y un después en mi vida. Es momento de dejar el odio de lado y de vivir cada segundo de mi vida como si fuera el último; de poder hablar y decir "buenos días" a mi familia por más lejos que estén; de poder abrazar a mis amigos y de poder darle un beso a mi pareja.
Si tienen algún amigo que haya estado en algún lugar afectado, no duden en llamarlo. Pueden decir que están bien, pero créanme que muchos no lo estamos, ni emocional ni mentalmente. Abracen a su familia, hablen con todos sus seres queridos y, sobre todo, agradezcan a Dios por darnos un día más de vida.
Nota: JJCA22