29/10/2025
Mi nombre es Dani Alves. Muchos me conocieron por el fútbol, por los títulos, por las luces. Pero nada de eso sirve cuando la vida te deja a solas con tu verdad. A finales de 2022 todo cambió. Pasé por uno de los procesos más duros de mi existencia. Estuve 14 meses encerrado, en silencio, rodeado de sombras. Y fue ahí, cuando no quedaba nada, que escuché por primera vez la voz que realmente podía levantarme.
En medio de esa oscuridad, decidí hablar con Dios. No fue una oración bonita ni ensayada, fue un grito del alma. Le dije: “Señor, hago un pacto contigo. Si Tú cuidas de mi casa, si sostienes a los míos, yo dedicaré mi vida a servirte”. No sabía si alguien me escuchaba, pero Él sí lo hizo.
Poco después, apareció una persona que fue como un mensajero en medio de la tormenta. Me extendió la mano, me habló de fe, me mostró que todavía había esperanza. Fue entonces cuando encontré el camino de regreso: no a la fama, sino a la fe.
Desde que salí en libertad, mi vida ya no gira en torno al balón. Dejé los estadios y los reflectores para seguir una misión mucho más grande. Hoy mi biografía no dice “futbolista”, dice “Discípulo de Cristo Jesús”. Y eso resume todo: ya no juego por trofeos, sino por almas.
He encontrado paz donde antes había ruido. Camino con propósito donde antes había confusión. Y ahora comparto mi historia en la Iglesia Elim, en Girona, porque sé que muchos necesitan escuchar que no hay caída tan profunda que Dios no pueda transformar en testimonio.
Mi historia no trata del castigo, sino del perdón. No de la pérdida, sino del encuentro. Y si hoy tengo algo que decir, es esto: no esperes tocar fondo para mirar al cielo.
Porque cuando lo hagas, descubrirás que ese cielo no está lejos. Está justo encima de ti, esperándote con los brazos abiertos. Y ahí, en ese encuentro, todo lo que parecía roto cobra sentido. Lo que fue dolor se convierte en propósito. Y lo que parecía el final… era en realidad un nuevo comienzo. 🌅