04/09/2025
A veces, cuando miro a mi perro, me gustaría que pudiera hablar. Que pudiera mirarme a los ojos y decirme: “me duele aquí”, o “hoy estoy cansado”, o incluso “tengo miedo, abrázame”.
Ellos nos hablan de otras formas: con un gemido suave, con una mirada que parece pedir ayuda, con la manera en que bajan las orejas o dejan de mover la cola. Pero uno siempre se queda con la duda, con esa impotencia de no saber exactamente qué sienten.
Imagino cómo sería si un día mi perro pudiera abrir la boca y decirme:
—“Hoy no quiero correr, me duele la patita”.
—“Tengo frío, ¿puedes taparme un poco?”.
—“Estoy feliz, solo quédate a mi lado”.
Ojalá los perros pudieran decirnos con palabras dónde les duele o qué sienten, porque entonces podríamos aliviar su dolor más rápido, darles consuelo exacto, evitarles el sufrimiento silencioso.
Pero tal vez su silencio también nos enseña algo: a mirar con más atención, a ser pacientes, a leer esos pequeños gestos que dicen más que mil palabras. Ellos no necesitan hablar para darnos amor; con su lealtad, sus ojos brillantes y ese movimiento sincero de cola nos lo dicen todo.
Y aunque no hablen, uno siempre sabe que su corazón late con gratitud y cariño. Al final, quizás no necesitan voz, porque su forma de decir “te amo” ya la entendemos sin traducción.