04/08/2026
El requisito imprescindible
«Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado».
Mateo 4:17
Después de 40 días ayunando en el desierto, Jesús de Nazaret comenzó su glorioso ministerio. Hasta sus 30 años había permanecido en el anonimato para muchos de los hijos de Israel. Pero, tras rebatir las tres clásicas insinuaciones del diablo, salió a propalar por todas las aldeas del Israel romanizado los misterios del Reino que habían estado ocultos: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado».
Surgían preguntas en los corazones de sus oyentes. Esperaban un advenimiento mesiánico mundano; una revolución que pusiera fin a la tiranía extranjera. Eso implicaba soldados, caballería y carruajes de guerra. Tenían en mente las armas más letales de la época y el discurso de los generales que reivindicaban la soberanía de su pueblo.
No imaginaban a un hombre de a pie que vociferaba sobre arrepentimiento, aunque dicho concepto figurara entre sus actividades religiosas. Cada shabat acudían a la sinagoga para cumplir sus deberes tribales, y los sollozos por el pecado eran parte de ellos.
Pero, ¿por qué debían arrepentirse un día que no fuera shabat? ¿Y cómo iban a hacerlo si no tenían nada que ofrecer en sacrificio por el pecado? Además, ¿cómo lo harían tan lejos del templo?
Cualquiera que fuera la respuesta, muy poco les importaba. Sus mentes estaban ocupadas en una sola cosa: librarse del yugo de esclavitud. Aun sus discípulos, después de escuchar que el Reino de los cielos consistía en algo más que lo físico o lo político, seguían ambicionando poder: «Señor —dijeron—, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?» (Hch. 1:7).
Cristo les respondió que no les concernía saberlo. «Pero —como dando a entender: "lo que en verdad les importa es lo que diré a continuación"— recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo» (Hch. 1:8).
Jesús, yendo más allá, cambió el panorama y desveló sus intenciones. Es como si dijera: «Sé lo que ustedes quieren: "poder". No quieren estar humillados por sus enemigos; quieren librarse de ellos. Pero el poder que yo otorgo no es solo para liberarse de cadenas físicas o yugos terrenales, sino para liberarse de cadenas espirituales; de las cárceles del alma, del pecado y de la muerte».
No solo en aquel tiempo se malentendía el advenimiento mesiánico, sino también en todas las épocas. Para entender la misión de Jesús, es preciso recordar que él leyó en el libro del profeta Isaías las palabras que, dicho por Él mismo, se cumplían en Él: «El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová» (Is. 61:1–2).
De esa manera, Jesús planteaba el año agradable del Señor, el cual se comparaba al Jubileo del Antiguo Testamento (véase Lev. 25). Dicho año, celebrado cada cincuenta años, era un tiempo de restauración y liberación para Israel, donde se perdonaban deudas, se liberaban esclavos y se devolvían tierras a sus dueños originales.
Antes de Jesús, la humanidad estaba sujeta a esclavitud, ceguera, congoja, aflicción y enfermedades, y todo esto de tipo espiritual. Las tinieblas tenían vía libre a través del pecado, y no había autoridad sobre el mal. Solo unos pocos eran los privilegiados. Los demás tenían la conciencia cautiva.
Pero Jesús abrió un camino hacia el Padre, mostrando una nueva forma de libertad. Y esto, a través del arrepentimiento, el requisito imprescindible para hallar gracia. Ofrecía liberación del alma a los hombres que reconocieran que caminaban de espaldas a Dios. El Reino de los cielos se había acercado para todos. En otras palabras, el mundo espiritual estaba al alcance de todos.
Cualquiera podía arrepentirse y hallar perdón. No era necesario recurrir a una sinagoga o tener algún animal para ofrecer en sacrificio. No había un día específico para hacerlo, ni un atuendo especial. En cualquier momento y lugar, cualquier persona podía presentarse a Dios, sin nada más que su fe, para encontrar perdón.
Esto era novedoso, y bueno en gran manera. Por esta razón era, y sigue siendo, «la buena nueva de salvación».
El arrepentimiento es necesario para g***r de los beneficios de la redención. El estado de profunda reflexión, el reconocimiento de nuestra separación de Dios y el deseo de volver a él, incluso cuando esa separación esté bajo una apariencia de cristiano devoto, son definidos como arrepentimiento. En el Antiguo Testamento, los profetas se referían al arrepentimiento como la acción de girar, retornar o devolverse. Implicaba hacer un alto, dejar el camino que se transitaba y retomar la ruta que se había dejado. Esta secuencia se ve perfectamente descrita por el profeta Isaías cuando dice: «Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar» (Is. 55:7).
En el Nuevo Testamento, el arrepentimiento se requiere como un cambio de mentalidad. La idea es radical y revolucionaria. Los que se arrepienten experimentan un cambio de raíz, de perspectiva. Todo su sistema de creencias se reconfigura.
Este cambio no excluye los dolores naturales de la vida; de hecho, los aumenta, pues, para sufrir molestias padeciendo injustamente fuimos llamados los que seguimos a Cristo y le vemos como ejemplo, siguiendo sus pisadas (véase 1 Pe. 2:19–23). Aunque los males físicos continúan, no sucede así con los que afectan el alma y el espíritu, porque Cristo anuló el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz (véase Col. 2:14). Puede que padezcamos alguna especie de dolor, hambre, desnudez, peligro o espada, e incluso puede que seamos reclusos, pero eso no oprime nuestra alma, aunque sí nuestro cuerpo. El apóstol Pablo nos escribió la mayoría de sus cartas desde la prisión, alentándonos a seguir firmes en el camino del arrepentimiento, muy a pesar de que Jesús proclamara «apertura de la cárcel». La naturaleza nos enseña que los encarcelados y afligidos son los que necesitan aliento, pero, si el hombre camina con el rostro hacia Dios, puede pasar por fuego, mares, espinos y prisiones, sin hacerse daño, con el espíritu entero; antes, ayudando a otros, como el apóstol Pablo. Pero, de espaldas al Todopoderoso, aunque el camino parezca correcto, su fin será de muerte. Tarde o temprano llegará destrucción repentina sobre el hombre que, cual Jonás, huye de la presencia de Dios.
La razón por la que el Señor Jesús vino a llamar a los pecadores al arrepentimiento es porque no quiere la muerte del que muere, puesto que la paga del pecado es muerte. Y si no nos arrepentimos, todos pereceremos (véase Ez. 18:32; Ro. 6:23; Lc. 13:3).
El arrepentimiento inicia con un alto, un stop. Esto empieza con una tristeza por ofender a Dios con nuestra conducta.
Todos requerimos esa tristeza según Dios, que es para salvación. El apóstol Pablo lo expresó así: «La tristeza del mundo produce muerte, pero la tristeza según Dios produce arrepentimiento para salvación» (2 Co. 7:10).
La tristeza y angustia que brotan al darnos cuenta de nuestra indiferencia espiritual se convierten en catalizadores para buscar a Dios con sinceridad y desear ardientemente agradarle. Y lo más importante es que Dios no rechaza al que se acerca de esta manera.
Duro es para algunos reconocer sus errores delante de alguien que no está dispuesto a perdonarles. Pero no pasa así con el Señor. El salmista David dijo: «Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios» (Sal. 51:17).
Lo que pregonara Jesús en el vasallo Israel, hoy se sigue difundiendo en cada rincón del mundo, pues Dios manda a todos los hombres en todo lugar, a través de sus siervos, que se arrepientan, conduciéndolos al arrepentimiento para vida, porque Él quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad (véase Hch. 11:18; 17:30; 1 Ti. 2:4).
El evangelio es para que los hombres dejen de caminar de espaldas a Dios y anden en santidad y justicia, apartados del pecado. Los que creen que Jesús es el Hijo de Dios son adoptados por el Padre, recibiendo su Espíritu, que nos da fuerza para andar en rectitud, aborreciendo el pecado. Designarle otra misión al evangelio es tergiversarlo. Y ya no sería evangelio. Buscar a Cristo exclusivamente con propósitos mundanos: poder, alimento, sanidad, fama y posesiones, solo nos sitúa en aquellas multitudes que le buscaban alrededor del mar de Galilea, para que los alimentara, o en aquel tumulto que lo quiso hacer rey en Jerusalén, justo un poco antes de pedir su crucifixión.
El Reino de Dios no es comida ni bebida, no provee para la carne ni tampoco para nuestros caprichos y deseos. Consiste en vivir en justicia, estar en paz con Dios y tener gozo por estas dos razones (véase Ro. 14:17).