31/05/2026
𝗟𝗮 𝗼𝘁𝗿𝗮 𝗺𝗶𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗣𝗼𝗹𝗶𝗰𝗶́𝗮: 𝗮𝘆𝘂𝗱𝗮𝗿 𝗮 𝘃𝗼𝘁𝗮𝗿 𝗮 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗻𝗲𝘀 𝗻𝗼 𝗽𝗼𝗱𝗶́𝗮𝗻 𝗹𝗹𝗲𝗴𝗮𝗿 𝘀𝗼𝗹𝗼𝘀 𝗮 𝗹𝗮𝘀 𝘂𝗿𝗻𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗕𝗼𝗹𝗶́𝘃𝗮𝗿
Por: 𝙀𝙢𝙞𝙡𝙞𝙤 𝙂𝙪𝙩𝙞𝙚́𝙧𝙧𝙚𝙯 𝙔𝙖𝙣𝙘𝙚
La democracia tiene muchas imágenes. Está la del ciudadano depositando el tarjetón en la urna; la de los jurados contando votos al final de la tarde; y la de los candidatos esperando los resultados. Pero este domingo 31 de mayo en el departamento de Bolívar, hubo otra imagen que se repitió cientos de veces: la de una mano de la Policía sosteniendo a un ciudadano para ayudarlo a ejercer su derecho al voto.
La escena ocurrió en poblaciones de los Montes de María, en Magangué, en la Depresión Momposina y en municipios del sur del departamento. Una y otra vez. Como si se tratara de una coreografía silenciosa que acompañó toda la jornada electoral.
A media mañana, doña Carmen, de 84 años, observaba con preocupación la escalera que debía subir para llegar a su mesa de votación. Los años habían convertido aquellos pocos escalones en una pequeña montaña. Quiso intentarlo sola. Avanzó un paso. Luego otro. Hasta que una voz apareció a su lado.
—Permítame ayudarla. Era un policía. Doña Carmen tomó su brazo. No fue una ayuda extraordinaria. No hubo aplausos. Apenas un adolescente que observaba la escena alcanzó a tomar una fotografía. Pero gracias a ese gesto pudo llegar hasta el lugar donde la esperaba el tarjetón con el rostro de sus candidatos a la presidencia de su país.
—Nunca he faltado a una elección —dijo antes de ingresar al puesto de votación. Y tampoco faltó esta vez.
A pocos metros de allí, otro uniformado empujaba lentamente una silla de ruedas entre la multitud. La mujer que ocupaba el asiento había llegado decidida a votar, aunque las dificultades físicas convertían el recorrido en un desafío. El policía la acompañó durante todo el trayecto. La ayudó a atravesar pasillos llenos de gente. Esperó mientras ejercía su derecho y luego la acompañó de regreso. Para ella, la diferencia entre votar o no votar fue una mano dispuesta a ayudar.
Historias similares se repitieron durante toda la jornada. En algunos puestos, los uniformados ayudaron a adultos mayores a descender de vehículos. En otros, orientaron a personas con discapacidad visual que buscaban su mesa de votación. Hubo quienes sostuvieron brazos cansados, acercaron sillas para que los abuelos descansaran mientras esperaban, buscaron agua para alguien afectado por el calor o acompañaron a ciudadanos desorientados que no encontraban el lugar donde debían sufragar. Pequeños actos. Pequeñas ayudas. Pero enormes para quienes las recibieron.
En los pueblos de los Montes de María, donde muchos campesinos llegaron a los cascos urbanos desde zonas rurales después de largas caminatas, los policías no solo custodiaban los alrededores. También respondían preguntas, indicaban direcciones, ayudaban a localizar mesas y orientaban a quienes llegaban por primera vez a determinados puestos. La labor iba mucho más allá de la seguridad. Era acompañamiento, servicio, cercanía.
En Magangué, donde cientos de personas llegaron desde corregimientos ribereños después de navegar por caños y brazos del Magdalena, la escena se repitió bajo un sol implacable. Los policías recibían a los votantes desde las primeras horas del día. Muchos desembarcaban agotados. Otros llegaban acompañando a familiares de avanzada edad. Allí estaban los uniformados para facilitar el acceso, orientar a los ciudadanos y brindar asistencia cuando era necesario. No había diferencias políticas. No importaba por quién iba a votar cada persona. La ayuda era para todos.
Más al sur del departamento, en municipios donde la Policía de Bolívar tiene jurisdicción, la jornada también dejó escenas que muestran una faceta poco visible de la institución. En algunos puestos rurales, los uniformados acompañaron a personas mayores durante gran parte del recorrido. En otros ayudaron a cargar pertenencias o guiaron a ciudadanos que llegaban desde veredas lejanas. La misión era sencilla y profunda al mismo tiempo: garantizar que nadie se quedara sin votar por falta de apoyo.
Mientras el país discutía encuestas, porcentajes y tendencias electorales, en Bolívar ocurría algo más sencillo y más humano. La democracia estaba siendo acompañada. No únicamente protegida. Acompañada. Porque custodiar una elección no significa solamente vigilar urnas o prevenir alteraciones del orden público. También significa ayudar a que una anciana pueda subir unas escaleras, que una persona con discapacidad encuentre su mesa, que un adulto mayor llegue seguro hasta el lugar donde ejercerá su derecho o que nadie se sienta solo frente a las dificultades.
Cuando las urnas cerraron y los ciudadanos regresaron a sus casas, muchas de esas historias quedaron dispersas entre pueblos, corregimientos y veredas. No aparecerán en los escrutinios. No serán contabilizadas en los resultados. No se convertirán en tendencia. Pero son parte esencial de la jornada que vivió Bolívar.
Porque este último domingo de mayo la democracia no solo se defendió con dispositivos de seguridad. También se construyó con gestos de humanidad, palabras de orientación, actos de solidaridad, brazos extendidos y manos que sostuvieron otras manos.
Y quizás allí, en esos pequeños gestos que pasaron inadvertidos para muchos, estuvo una de las expresiones más auténticas del servicio policial: ayudar a que cada ciudadano pudiera ejercer el derecho de elegir el próximo presidente de Colombia.
"Nuestra misión no fue únicamente garantizar la seguridad de las elecciones. También fue acompañar a los ciudadanos, especialmente a los adultos mayores, personas con discapacidad y habitantes de las zonas más apartadas, para que pudieran ejercer libremente su derecho al voto. Cuando ayudamos a una persona a llegar a las urnas, también estamos fortaleciendo la democracia". Señaló el coronel Diego Fernando Pinzón Poveda, comandante del Departamento de Policía Bolívar.
Porque, al final, votar es un acto de democracia. Pero ayudar a alguien a llegar hasta las urnas también lo es.