18/05/2026
| La crisis de la cultura política: El peligroso tránsito del debate al espectáculo.
Por: Juan Sebastián Rodríguez Chaves
Han sido semanas bastante difíciles para la democracia colombiana. Atravesamos una crisis profunda de nuestra cultura política que se manifiesta en todas las esferas, empezando por lo local. El desorden institucional que se vive en Tunja, por ejemplo, está lejos de comprenderse: la reciente posesión de una abogada uniandina con destacadas menciones académicas —totalmente desconocida hasta hace unas semanas— reabre un debate ciudadano legítimo sobre los requisitos reales para ejercer el poder. ¿Cómo se determina la capacidad de un gobernante? ¿Por el peso de sus títulos, su honestidad, su conocimiento del territorio o su experiencia política? Plantearse qué debe pasar por la vida de un ciudadano para convertirse en el administrador idóneo parece un dilema abstracto, pero es el reflejo de un vacío que hoy choca con la tensa realidad nacional.
Asistimos a un escenario donde los votantes empiezan a convertirse, poco a poco, en réplicas sociales de los odios que encienden los candidatos presidenciales. La discusión pública se ha trasladado a las redes sociales, transformándolas en un lodazal de apelativos, insultos y amenazas entre desconocidos, donde la aguja que mide la moral pública se encuentra peligrosamente cerca de la ilegalidad. En la era de la hiperconectividad, el rigor ha sido sustituido por el clic; ya no importa si el hecho es verídico, sino que sirva de combustible para el ataque.
El síntoma más grotesco de esta insensatez ocurrió cuando un delincuente, tras las rejas de una cárcel, logró hacerse pasar por un cabecilla guerrillero. Fue una farsa que medios de comunicación, congresistas, diputados y candidatos presidenciales corrieron a replicar sin el más mínimo filtro, regodeándose durante casi una semana en descalificativos que la decencia impide reproducir en este espacio.
Esta degradación demuestra que la corrupción en Colombia ya no busca la sombra ni genera vergüenza; por el contrario, se exhibe con descaro, la deshonestidad se celebra como astucia, se aplaude la calumnia y se legitima el "todo vale" como estrategia. La decadencia es total y transversal: se manifiesta en la ligereza de un prestigioso abogado y candidato presidencial que, en entrevistas nacionales, recurre a evasivas cínicas para no responder sobre la importancia de la ética en la política, bajo la premisa de que esta no tiene nada que ver con el Derecho; el mismo que, acto seguido, acude al exhibicionismo mediático para reafirmar su hombría y asegurar su supuesta capacidad de macho transespecie. Esa misma erosión se observa en el preocupante escenario de un alcalde que, tras la filtración de audios que detallarían las especificaciones técnicas para presuntamente concertar un concierto para delinquir en el marco de licencias urbanísticas, hoy se encuentra preventivamente en el búnker de la Fiscalía en un proceso apenas en curso.
El oportunismo ideológico completa este paisaje de contradicciones: lo vemos en la misma candidata presidencial que, desde las filas de una oposición que ferozmente critica el estatismo y el gasto social, termina proponiendo medidas tan desesperadas como diagnosticar animales con inteligencia artificial o subsidiar el SOAT al mejor estilo del mismo Estado benefactor que tanto ataca.
Toda esta descomposición nos deja una certeza: nuestro problema es, en esencia, cultural. Las patologías de la política no vienen simplemente de arriba hacia abajo; están inoculadas en cada estrato de la sociedad y no se van a solucionar repitiendo los mismos vicios. La salida a este laberinto institucional no vendrá de la mano de ningún mesías intergaláctico, sino de una conciencia ciudadana real, capaz de depurar de una vez por todas las malas prácticas en lo público.
La historia de Colombia enfrenta hoy sus problemas más complejos y nos exige soluciones definitivas. Es urgente trascender del odio y la manipulación para construir una nación que se guíe por la verdad de su historia y de su presente; una que concierte y que, con carácter, asuma la coherencia definitiva. Como joven profesional tengo que creer y poner mi empeño, porque se pueda.
Por: Juan Sebastián Rodríguez Chaves