26/11/2025
Ejercicio de reportaje: Periodismo II
AMARA, GUARDIANA DEL RITMO: un reportaje sobre memoria, cabello y enseñanza en Turbo
La identidad cultural afrodescendiente se constituye desde un campo tradicional, el cual es esencial para comprender las dinámicas de resistencia, memoria y continuidad histórica presentes dentro de las comunidades negras de Colombia. Las manifestaciones artísticas, corporales y orales como la danza, el canto y la música tradicional son expresiones que han acompañado los procesos de construcción identitaria a lo largo de generaciones.
Amara Palacios, es una mujer afrodescendiente portadora de la tradición del bullerengue y la oralidad ancestral, tradiciones que comparte con sus estudiantes en sus clases. A partir de su testimonio se plantea una reflexión acerca de la identidad, el cuerpo, el cabello afro, la memoria y la educación como espacios de resistencia cultural. La experiencia personal de Amara es un instrumento de transmisión histórica y en una práctica pedagógica que fortalece la autoestima, la pertenencia y el arraigo de los jóvenes afro del Urabá antioqueño.
En la orilla donde el mar se confunde con la memoria, Amara Palacios camina con un turbante vivo sobre la cabeza y el repicar de un bullerengue en su corazón. Tiene 28 años, es docente y lleva en la voz una mezcla de risa cantada y palabreo que abre puertas y ordena afectos. Su cabello afro no es un mero atributo estético: es un mapa, una resistencia y una historia que ella enseña dentro y fuera del aula, su vida, se entrelaza con la tradición, la identidad y la pedagogía en un territorio afro en el cual la gran mayoría se rehúsa a vivir en el silencio de su herencia.
El primer rasgo que recuerdan quienes la conocen es su risa, alta, contagiosa, capaz de transformar un reproche en un chiste compartido y su forma de hablar, la cual es una mezcla entre el acento chocoano salpicado de modismos y expresiones propias de la costa colombiana que hacen de cada frase una canción. Amara se presenta como “profe” para la calle y la comunidad, pero su profesión es también un oficio de memoria. “Yo siento que nací pa’ canta, pa’ danza y pa’ mantener viva mi tradición”, confiesa con una sonrisa que refleja una mezcla de orgullo y de alegría. Caminar con ella por su barrio es asistir a una coreografía de reconocimiento: saludos de niños que la llaman “profe”, miradas cómplices de adultas que aún recuerdan cuando los tambores llamaban a danzar. Al llegar a un kiosco pintado de colores fuertes frente al mar, Amara se ajusta su turbante como quien se prepara para dirigir un concierto. “Este pelo para mí es símbolo de resistencia, fuerza y disciplina”, dice. “Porque fácil de mantener no es”, añade entre risas, pero enseguida regresa al asunto profundo: “este cabello guarda historias”. El episodio que marca un antes y un después en su relación con el propio cabello ocurrió en la universidad. Una compañera con la inocencia de quien reproduce un estándar social le sugirió que “se arreglara” el cabello, que lo alisara para verse “más profesional”. Aquella frase reanimó heridas antiguas: los comentarios que reciben las niñas negras sobre su cabello, la presión por encajar en estéticas hegemónicas.
Amara recuerda el momento con nitidez: “Me dio tan duro… porque me llevó a recordar cuando era apenas una niña y me tuve que alisar el cabello por comentarios feos”. Pero la respuesta no fue resignación: fue decisión. Al día siguiente se puso un turbante “bien bello” y dejo que su cabello brillara y se luciera en todo su esplendor por los pasillos de la universidad, desde entonces, el turbante se volvió tanto un accesorio como un signo de elección política: una afirmación visible de que ella no se pliega a mandatos ajenos.
El cabello, explica Amara, tiene memoria colectiva: “Si supieran ellos que en estos cabellos que según algunos parecen más un bombril nuestros antepasados cargaban semillas y trazaban mapas”. Con esa metáfora evoca el uso del cuerpo y el cabello en contextos de supervivencia y creatividad, pequeñas resistencias inscritas en lo cotidiano.
Amara creció “al compás del repicar de los tambores”. Su madre le transmitió cantos, patrones rítmicos y relatos que son, en su conjunto, un archivo cultural vivo. No se trata de una tradición mu**ta u olvidada para Amara es práctica cotidiana y un proyecto de vida. El bullerengue esa música y danza afrocolombiana no es un mero elemento folclórico, es un horizonte de sentido desde el cual se puede construir pertenencia y comunidad.
Ella conjuga su oficio de docencia con su vocación artística. En el aula integra la oralidad, la música y el movimiento. Su pretensión es sencilla y ambiciosa a la vez… que sus estudiantes reconozcan “el peso de su pasado, pero también la fuerza de sus voces y el potencial de su futuro”. La escuela, en su lectura, es un espacio estratégico para la transmisión de saberes que la historia oficial ha silenciado.
En Turbo, ser “profe” implica mucho más que dictar contenidos: es ser presencia, referente y agitador de orgullo. Los saludos que recibe Amara en la calle son muestra de esto pues no sólo confirman su reconocimiento social, sino que señalan el lugar central que ocupan las educadoras en la reproducción de sentido comunitario. Amara no separa la docencia de la tradición; al contrario, las articula como una pedagogía de la identidad. Su experiencia muestra que la educación transforma vidas a través de los distintos saberes. En la práctica de Amara, aprender a bailar o a entonar un canto es también aprender a reconocerse, a nombrarse sujeto histórico.
La historia de Amara ilustra cómo las mujeres negras asumen, muchas veces de manera invisible, la tarea de custodiar la memoria colectiva. En contextos como Turbo, esa labor es crucial: las mujeres son cantadoras, tejedoras de historias, sanadoras y maestras. Su cuerpo es, por tanto, un soporte de saberes que las políticas culturales y educativas deberían reconocer y proteger. Al mismo tiempo, la experiencia universitaria de esta revela las tensiones entre espacios formales (donde se reproducen ciertos estándares de “profesionalismo”) y las prácticas de identidad que emergen del territorio. La invisibilizarían de saberes afro y las microagresiones cotidianas son obstáculos que muchas mujeres como Amara enfrentan con creatividad y con actos cotidianos de resistencia.
Turbo no es un escenario neutro. Es un municipio del Urabá que concentra historias de desplazamientos, de lucha por la tierra y de un profundo caudal cultural. donde en cada escenario las familias se reconocen y donde los tambores convocan. Allí, la oralidad se convierte en historia y la danza en memoria.
Amara, en este paisaje, funciona como nodo relacional pues conecta generaciones, reinterpreta cantos y ofrece a los jóvenes un espejo donde reconocerse. Su trayectoria demuestra que la conservación cultural no depende exclusivamente de instituciones formales, sino de personas que, como ella, hacen de la tradición un ejercicio cotidiano, Amara enseña a resistir y a narrar la propia historia, a su vez su labor permite la creación de espacios seguros donde los jóvenes se permiten hablar de memoria y desarmar prejuicios de quienes algunas veces miran sin comprender.
NOTA: Amara es un personaje ficticio creado para la elaboración de los talleres propuestos en clase. Sin embargo, representa la unión de experiencias, conocimientos y saberes de un conjunto de personas de la región, quienes comparten sus prácticas culturales y luchan por la visibilidad, la coherencia y la reivindicación de la historia afro.
Jeidy Dayana Julio Z