29/04/2026
El hombre que recogió toda la basura del mundo
Había una vez un hombre que caminaba por la vida viendo las cosas que nadie le prestaba atención. Mientras otros iban pendientes del celular, del bus, de la presa o de llegar a tiempo al trabajo, él miraba el suelo, las aceras, los caños, las zonas verdes, las cunetas y las orillas de los ríos. Veía una envoltura entre las hojas secas, una bolsa plástica pegada a una cerca, una lata aplastada junto a una banca, un empaque de meneítos flotando en un charco después de un aguacero.
Aquel hombre quería mucho la tierra. Tal vez por eso era tan cuidadoso con todo. Apagaba las luces que quedaban encendidas, cerraba bien los tubos, cuidaba el agua, guardaba los frascos vacíos, lavaba las bolsas que todavía servían, usaba las hojas por ambos lados y arreglaba las cosas antes de pensar en botarlas.
Decía que hasta un frasco de café podía tener una segunda vida cuando alguien le ponía un poquito de cariño.
Los vecinos ya lo conocían.
—Ahí va el hombre que apaga hasta el bombillo del sol —decía alguno, medio en broma, medio en serio.
Él se reía, revisaba que la llave del jardín quedara bien cerrada y seguía caminando.
Una mañana, mientras pasaba por el parque del barrio, vio una botella plástica tirada junto a un árbol. El árbol estaba floreando, como si hubiera decidido alegrar la mañana, y la botella estaba ahí, atravesada entre las raíces, arruinando el paisaje.
El hombre se agachó y la recogió.
Más adelante vio una servilleta arrugada cerca de una banca. También la recogió.
Después encontró una bolsa plástica atorada en una alcantarilla. La jaló despacio, con cuidado, porque ya el agua empezaba a empozarse.
Ese día llegó a la casa cansado, con las manos sucias y el corazón un poco más tranquilo.
A la mañana siguiente volvió al parque.
La botella ya no estaba. La servilleta tampoco. La bolsa había desaparecido de la alcantarilla.
En cambio, habían aparecido tres empaques, dos vasos desechables, una pajilla quebrada y una caja de cartón toda aguada por el sereno.
El hombre se quedó viendo aquello.
—Diay —dijo en voz baja—. Entonces seguimos.
Sacó una bolsa que llevaba doblada en el bolsillo y empezó otra vez.
Desde ese día, cada vez que salía de la casa llevaba una bolsa. Primero recogió lo que encontraba en el parque. Después siguió con la calle del barrio. Luego con la parada del bus, la plaza, el lote baldío, el puente y la orilla del río.
La gente empezó a reconocerlo.
—Ahí va el señor que recoge basura —decían.
Algunos lo saludaban con respeto.
Otros, más vivos, le daban sus propios residuos, como si él fuera un basurero caminando.
—Tome, jefe, ya que usted anda en esas —le dijo una vez un muchacho, pasándole una botella vacía.
El hombre la recibió. La guardó en su bolsa y siguió caminando.
Con los días, la tarea se hizo más grande.
Una mañana encontró tanta basura junto al río que ocupó dos sacos. Otro día limpió una playa entera, y al día siguiente el mar devolvió bolsas y pedazos de plástico venidos quién sabe de dónde. Una tarde limpió un lote baldío y, cuando volvió, habían tirado una llanta, un colchón viejo, restos de comida y hasta un juguete quebrado.
La basura parecía tener semillas.
Uno recogía una bolsa y al rato nacían diez.
El hombre empezó a levantarse más temprano. Volvía más tarde. Dejó de descansar los domingos. Comía rápido, dormía poco y soñaba con botellas, latas y papeles que lo perseguían por toda la ciudad.
Su casa se llenó de recipientes separados: vidrio, cartón, plástico, latas, tapas, cables, ropa vieja, cosas que podían repararse y cosas que él guardaba “por aquello”, como se guarda en tantas casas ticas.
Una noche, sentado en el suelo de la sala, rodeado de bolsas limpias y montones clasificados, sintió un cansancio que le llegó hasta los huesos.
Le dolía la espalda. Le dolían las manos. Le dolía también ver que, por más que recogiera, siempre aparecía más.
Miró por la ventana.
En la esquina, alguien tiró una caja de comida rápida desde un carro.
El hombre cerró los ojos.
—Ay, Dios mío —murmuró—. Así no se termina nunca.
Al día siguiente salió con una carreta.
La gente lo vio pasar por el barrio empujando aquel montón de basura. Las botellas sonaban, las latas golpeaban unas contra otras, los papeles querían volarse con el viento y las bolsas plásticas se inflaban como fantasmas de pulpería.
Un niño que iba para la escuela se detuvo a mirarlo.
—Señor, ¿usted por qué recoge tanta basura?
El hombre apoyó las manos sobre la carreta.
—Porque alguien tiene que hacerlo.
El niño miró la montaña de residuos.
—¿Toda esa basura es suya?
El hombre bajó la mirada.
—Es de todos los que la dejaron tirada.
El niño se quedó pensando.
—Entonces debe pesar más.
Aquello le cayó al hombre en el corazón.
Esa tarde, cuando volvió al parque, el niño regresó con una bolsa en la mano.
—Mi mamá me dio permiso de ayudar un rato —dijo.
Recogió tres empaques, una botella y una tapa azul.
Al día siguiente llegaron dos niños más.
Después apareció una señora con guantes. Luego un adulto mayor con una bolsa de tela. Más tarde se sumó un joven que antes dejaba latas cerca de la cancha. Llegó una maestra con sus estudiantes, un jardinero del barrio, una muchacha que pintó un rótulo y un vecino que consiguió recipientes para separar los residuos.
El hombre los miraba trabajar y sentía algo raro, bonito, como cuando después de muchos días de aguacero por fin se abre un claro en el cielo.
Por primera vez en mucho tiempo, otras manos también recogían.
El parque empezó a cambiar.Las bancas se veían limpias. Las flores crecían sin bolsas enredadas entre los tallos. El río llevaba menos basura. La gente empezó a llevarse lo que antes dejaba tirado. Algunos aprendieron a separar residuos. Otros aprendieron a recoger lo suyo. Varios dejaron de darle basura al hombre y comenzaron a buscar un basurero, o mejor todavía, a llevarla de vuelta a la casa.
Una mañana, el niño de la primera bolsa se acercó y le dijo:
—Señor, hoy casi no encontramos nada.
El hombre miró alrededor.
Había hojas secas, tierra mojada, pájaros brincando entre las ramas y ese olor a zacate húmedo que queda después de la lluvia.
Basura, casi nada.
Él sonrió satisfecho.
Durante años había querido recoger toda la basura del mundo. Aquella mañana, al ver a los niños guardar sus propios residuos y a los vecinos cuidar el parque, comprendió que la limpieza más grande empezaba antes de que algo cayera al suelo.
Siguió recogiendo, por supuesto. Nunca perdió esa costumbre. Todavía apagaba luces, cerraba tubos, guardaba frascos y arreglaba lo que podía salvarse.
Ahora caminaba acompañado.
La gente dejó de decirle “el hombre que recoge basura”.
Con el tiempo empezaron a llamarlo de otra manera.
Le decían:
—Ahí va el hombre que nos enseñó observar el suelo y asi saber que para cuidar el mundo, primero había que aprender a verlo.