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10/06/2026

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El hombre que recogió toda la basura del mundo Había una vez un hombre que caminaba por la vida viendo las  cosas que na...
29/04/2026

El hombre que recogió toda la basura del mundo

Había una vez un hombre que caminaba por la vida viendo las cosas que nadie le prestaba atención. Mientras otros iban pendientes del celular, del bus, de la presa o de llegar a tiempo al trabajo, él miraba el suelo, las aceras, los caños, las zonas verdes, las cunetas y las orillas de los ríos. Veía una envoltura entre las hojas secas, una bolsa plástica pegada a una cerca, una lata aplastada junto a una banca, un empaque de meneítos flotando en un charco después de un aguacero.
Aquel hombre quería mucho la tierra. Tal vez por eso era tan cuidadoso con todo. Apagaba las luces que quedaban encendidas, cerraba bien los tubos, cuidaba el agua, guardaba los frascos vacíos, lavaba las bolsas que todavía servían, usaba las hojas por ambos lados y arreglaba las cosas antes de pensar en botarlas.
Decía que hasta un frasco de café podía tener una segunda vida cuando alguien le ponía un poquito de cariño.
Los vecinos ya lo conocían.
—Ahí va el hombre que apaga hasta el bombillo del sol —decía alguno, medio en broma, medio en serio.
Él se reía, revisaba que la llave del jardín quedara bien cerrada y seguía caminando.
Una mañana, mientras pasaba por el parque del barrio, vio una botella plástica tirada junto a un árbol. El árbol estaba floreando, como si hubiera decidido alegrar la mañana, y la botella estaba ahí, atravesada entre las raíces, arruinando el paisaje.
El hombre se agachó y la recogió.
Más adelante vio una servilleta arrugada cerca de una banca. También la recogió.
Después encontró una bolsa plástica atorada en una alcantarilla. La jaló despacio, con cuidado, porque ya el agua empezaba a empozarse.
Ese día llegó a la casa cansado, con las manos sucias y el corazón un poco más tranquilo.
A la mañana siguiente volvió al parque.
La botella ya no estaba. La servilleta tampoco. La bolsa había desaparecido de la alcantarilla.
En cambio, habían aparecido tres empaques, dos vasos desechables, una pajilla quebrada y una caja de cartón toda aguada por el sereno.
El hombre se quedó viendo aquello.
—Diay —dijo en voz baja—. Entonces seguimos.
Sacó una bolsa que llevaba doblada en el bolsillo y empezó otra vez.
Desde ese día, cada vez que salía de la casa llevaba una bolsa. Primero recogió lo que encontraba en el parque. Después siguió con la calle del barrio. Luego con la parada del bus, la plaza, el lote baldío, el puente y la orilla del río.
La gente empezó a reconocerlo.
—Ahí va el señor que recoge basura —decían.
Algunos lo saludaban con respeto.
Otros, más vivos, le daban sus propios residuos, como si él fuera un basurero caminando.
—Tome, jefe, ya que usted anda en esas —le dijo una vez un muchacho, pasándole una botella vacía.
El hombre la recibió. La guardó en su bolsa y siguió caminando.
Con los días, la tarea se hizo más grande.
Una mañana encontró tanta basura junto al río que ocupó dos sacos. Otro día limpió una playa entera, y al día siguiente el mar devolvió bolsas y pedazos de plástico venidos quién sabe de dónde. Una tarde limpió un lote baldío y, cuando volvió, habían tirado una llanta, un colchón viejo, restos de comida y hasta un juguete quebrado.
La basura parecía tener semillas.
Uno recogía una bolsa y al rato nacían diez.
El hombre empezó a levantarse más temprano. Volvía más tarde. Dejó de descansar los domingos. Comía rápido, dormía poco y soñaba con botellas, latas y papeles que lo perseguían por toda la ciudad.
Su casa se llenó de recipientes separados: vidrio, cartón, plástico, latas, tapas, cables, ropa vieja, cosas que podían repararse y cosas que él guardaba “por aquello”, como se guarda en tantas casas ticas.
Una noche, sentado en el suelo de la sala, rodeado de bolsas limpias y montones clasificados, sintió un cansancio que le llegó hasta los huesos.
Le dolía la espalda. Le dolían las manos. Le dolía también ver que, por más que recogiera, siempre aparecía más.
Miró por la ventana.
En la esquina, alguien tiró una caja de comida rápida desde un carro.
El hombre cerró los ojos.
—Ay, Dios mío —murmuró—. Así no se termina nunca.
Al día siguiente salió con una carreta.
La gente lo vio pasar por el barrio empujando aquel montón de basura. Las botellas sonaban, las latas golpeaban unas contra otras, los papeles querían volarse con el viento y las bolsas plásticas se inflaban como fantasmas de pulpería.
Un niño que iba para la escuela se detuvo a mirarlo.
—Señor, ¿usted por qué recoge tanta basura?
El hombre apoyó las manos sobre la carreta.
—Porque alguien tiene que hacerlo.
El niño miró la montaña de residuos.
—¿Toda esa basura es suya?
El hombre bajó la mirada.
—Es de todos los que la dejaron tirada.
El niño se quedó pensando.
—Entonces debe pesar más.
Aquello le cayó al hombre en el corazón.
Esa tarde, cuando volvió al parque, el niño regresó con una bolsa en la mano.
—Mi mamá me dio permiso de ayudar un rato —dijo.
Recogió tres empaques, una botella y una tapa azul.
Al día siguiente llegaron dos niños más.
Después apareció una señora con guantes. Luego un adulto mayor con una bolsa de tela. Más tarde se sumó un joven que antes dejaba latas cerca de la cancha. Llegó una maestra con sus estudiantes, un jardinero del barrio, una muchacha que pintó un rótulo y un vecino que consiguió recipientes para separar los residuos.
El hombre los miraba trabajar y sentía algo raro, bonito, como cuando después de muchos días de aguacero por fin se abre un claro en el cielo.
Por primera vez en mucho tiempo, otras manos también recogían.
El parque empezó a cambiar.Las bancas se veían limpias. Las flores crecían sin bolsas enredadas entre los tallos. El río llevaba menos basura. La gente empezó a llevarse lo que antes dejaba tirado. Algunos aprendieron a separar residuos. Otros aprendieron a recoger lo suyo. Varios dejaron de darle basura al hombre y comenzaron a buscar un basurero, o mejor todavía, a llevarla de vuelta a la casa.
Una mañana, el niño de la primera bolsa se acercó y le dijo:
—Señor, hoy casi no encontramos nada.
El hombre miró alrededor.
Había hojas secas, tierra mojada, pájaros brincando entre las ramas y ese olor a zacate húmedo que queda después de la lluvia.
Basura, casi nada.
Él sonrió satisfecho.
Durante años había querido recoger toda la basura del mundo. Aquella mañana, al ver a los niños guardar sus propios residuos y a los vecinos cuidar el parque, comprendió que la limpieza más grande empezaba antes de que algo cayera al suelo.
Siguió recogiendo, por supuesto. Nunca perdió esa costumbre. Todavía apagaba luces, cerraba tubos, guardaba frascos y arreglaba lo que podía salvarse.
Ahora caminaba acompañado.
La gente dejó de decirle “el hombre que recoge basura”.
Con el tiempo empezaron a llamarlo de otra manera.
Le decían:
—Ahí va el hombre que nos enseñó observar el suelo y asi saber que para cuidar el mundo, primero había que aprender a verlo.

Tito, el joven soldado.  Tito era el soldado más joven de la legión destinada en Jerusalén.Sencillo en su caminar pausad...
07/04/2026

Tito, el joven soldado.

Tito era el soldado más joven de la legión destinada en Jerusalén.
Sencillo en su caminar pausado, obedecía sin protestar y rara vez alguien recordaba su nombre. Entre los soldados era el más humilde y también el más insignificante, según decían algunos.
El día de la crucifixión le tocó permanecer cerca del Gólgota.
Nunca olvidaría aquel día.
El sol caía pesado sobre las piedras y el aire estaba lleno de murmullos, gritos y polvo. Los soldados hablaban entre ellos con dureza, bromeaban, discutían, apostaban. Tito miraba sin entender del todo lo que ocurría.
Había tres cruces y la del centro le inquietaba.
El hombre que estaba allí era muy diferente. Permanecía en silencio, sin gritar como los otros dos, sin insultar ni maldecir. Su rostro estaba marcado por el dolor, pero también por una paz que Tito nunca había visto en nadie.
En un momento escuchó aquellas palabras:
—Tengo sed.
Tito sintió algo extraño en el pecho.
Miró alrededor buscando agua. Recorrió con la mirada las vasijas, los recipientes y los rincones donde los soldados guardaban provisiones. No encontró nada. Solo halló un pequeño recipiente con vinagre.
Lo tomó con vergüenza.
—Ojalá hubiera encontrado agua… —murmuró.
Se acercó despacio, con temor a que alguien se burlara de él por intentar ayudar. Levantó la esponja.
El hombre en la cruz lo miró.
Tito nunca olvidaría esa mirada. Había una serenidad que lo atravesó por dentro.
Sintió pena por haber llevado vinagre en vez de agua, pero también comprendió que aquel gesto, aunque pequeño, había sido recibido con una bondad inexplicable.
Desde ese momento, aquel rostro quedó grabado en su memoria.
Horas después, el cielo se oscureció y la tierra tembló. Muchos soldados se inquietaron. Tito guardó silencio. Algo en su interior había cambiado.
Dos días después recibió una orden inesperada.Debía cubrir el turno como tercer guardia en la tumba del mismo hombre que había visto morir. Esa orden era una más honor.
El camino hacia la tumba resultó extraño desde el inicio.
A medio trayecto sintió un tirón en la espalda. Cuando se volvió, descubrió que su lanza había desaparecido. Alguien se la había robado y ni se había dado cuenta
Sintió un golpe de vergüenza.
Regresó al cuartel para pedir otra. Explicó lo ocurrido, aunque nadie parecía creerle.
—¿Robada una lanza? —dijo un oficial con gesto incrédulo—. Eso suena a un descuido descuido que se te rebajará de tu pago.
Después de insistir bastante, le entregaron otra.
—No llegués tarde —le advirtieron.
Tito salió otra vez.
La noche estaba silenciosa, demasiado silenciosa. Mientras caminaba, vio una estrella fugaz cruzar el cielo. Más adelante percibió un halo de luz cerca del Gólgota, como si el aire mismo hubiera tomado brillo.
Se detuvo un momento.
Quedó absorto, mirando sin entender y se durmió unos minutos.
Despertó y de prisa continuó.
Cuando finalmente llegó al lugar, encontró a los otros dos guardias: Marco y Lucio.
No podian hablar nada.
Sus rostros estaban tensos, pálidos, con los ojos abiertos como si hubieran visto algo imposible.
Tito intentó hablar con naturalidad:
—¿Qué pasó aquí?
Ninguno respondió.
Entonces miró la piedra.
Estaba corrida.
Sintió un frío recorrerle la espalda. Avanzó despacio y entró.
Lo primero que percibió fue el aroma. Un perfume suave y profundo, parecido al incienso y la mirra, llenaba el aire con una intensidad difícil de explicar.
Luego vio el sudario.
Estaba colocado con cuidado.
Miró alrededor y preguntó en voz baja:
—¿Y Jesús?
Detrás de él escuchó pasos apresurados.
Marco y Lucio corrían cuesta abajo, sin mirar atrás y gritaron: — ¡Está vivo! ¡Vivo!
El miedo había vencido al silencio.
Tito salió lentamente de la tumba.
Recordó las palabras que había escuchado en la cruz, cuando aquel hombre habló con el ladrón llamado Dimas:
—Hoy estarás conmigo en el paraíso.
Bajó la mirada.
—Era un hombre especial… —susurró.
Sintió miedo. Aquella tumba vacía representaba algo que muchos no deseaban aceptar, aunque pocos se atreverían a decirlo en voz alta.
Pensó en lo que podían hacerle si hablaba.
Miró la lanza que llevaba en la mano. La dejó caer sobre la tierra.
Sin decir palabra, echó a correr. Corrió sin mirar atrás pero con alegría.

Cuentan que volvió a Roma y fue expulsado del ejército cumplió un tiempo en la cárcel. Trabajaba en el campo. Ya no era el joven tímido de Jerusalén. El tiempo había marcado su rostro y había vuelto más profundo su silencio.
Vivía con discreción. Guardaba recuerdos que nadie conocía.
Una tarde escuchó a un hombre hablar en una plaza. Su voz era firme, propia de alguien convencido de lo que decía.
Su nombre era Pablo.
Tito se acercó.
Escuchó palabras que le hicieron estremecer:
—Jesús murió… y vive.
Aquella noche buscó a Pablo y habló en voz baja:
—Yo estuve allí.
Pablo lo miró con atención.
—¿Dónde?
—En la cruz… y después… en la tumba.
Pablo frunció el ceño. No era hombre que creyera con facilidad.
—Eso es mucho decir —respondió—. Muchos hablan… pocos han visto.
Tito respiró hondo y comenzó a contar.
Le habló del vinagre que ofreció con vergüenza cuando no encontró agua. De la mirada que nunca olvidó. De la noche silenciosa. De la piedra corrida. Del aroma de incienso y mirra. Del sudario ordenado. Del miedo de los guardias.
Pablo escuchó sin interrumpir.
La duda inicial dio paso a una atención profunda. Al final permaneció en silencio, con una seriedad que revelaba que algo se movía dentro de él.
Cuando Tito terminó, el silencio se prolongó.
Pablo bajó la mirada.
—Si lo que dices es cierto… —murmuró— hay mucho que aún debe ser contado.
Levantó los ojos lentamente.
—Mucho que escribir.
Tito no respondió.
Recordó aquella mirada en la cruz y comprendió que su pequeña historia, la del soldado más insignificante, también había quedado escrita en su memoria para siempre.
Con el tiempo, mientras Pablo escribía sus cartas, Tito comprendió que aquel día en que llevó vinagre había marcado el inicio de su fe.

Era Cuaresma. Viernes por la tarde. El padre salió con su estola morada, su librito del Via Crucis y una fe moderadament...
27/02/2026

Era Cuaresma. Viernes por la tarde. El padre salió con su estola morada, su librito del Via Crucis y una fe moderadamente heroica pero al levantar la vista vio la cruda realidad: dos únicas feligresas. Dos viejitas fieles como reloj suizo.
El padre pensó:
—Señor, tú multiplicaste panes y peces pero hoy no multiplicaste feligreses.
Arrancó con solemnidad:
—Estación número uno…
A los tres minutos ya estaba luchando contra el sueño. La noche anterior fye de organización de Semana Santa y confesiones largas. Miró a las dos señoras, que rezaban con más energía que un coro de convento.
Entonces tuvo una idea. Puso una grabación del Via Crucis, ajustó el volumen, y se dijo:
—Total… son dos. Esto está controlado. Le dijo al sacristán: echa un ojito.
Se fue discretamente a la casa cural “a meditar” y se quedó profundamente dormido.
Dos horas después despierta sobresaltado.
Escucha bullicio. Llantos. Gritos.
La iglesia retumba.
Corre asustado y al abrir la puerta se encuentra el templo lleno. A reventar. De bote en bote. Gente de pie, arrodillada, llorando con pañuelos en mano y desde el ambón escucha:
—Estación número cincuenta y cinco: Cuando el hijo de la Verónica sacó su título de bachillerato…
La multitud solloza:
—¡Gloria a Dios!
—Estación número cincuenta y seis: Cuando la prima del Cireneo montó una soda en Jerusalén centro…
La gente grita:
—¡Milagro!
El sacristán, con voz temblorosa sigue:
—Estación número cincuenta y siete: cuando Poncio Pilato tuvo un problema con Herodes...
El padre, pálido, susurra:
—¿Qué pasó aquí?
El sacristán dijo: usted roncaba, la grabación se acabó y entonces...una de las dos viejitas, emocionada interrumpe:
—Padrecito el Espíritu Santo empezó a improvisar.
Desde ese día, el padre nunca más volvió a subestimar a dos abuelitas en Cuaresma… ni dejar a cargo al sacristán.

En Costa Rica hablamos mucho de democracia, pero cada vez entendemos menos cómo funciona. Cuando la ciudadanía desconoce...
20/01/2026

En Costa Rica hablamos mucho de democracia, pero cada vez entendemos menos cómo funciona. Cuando la ciudadanía desconoce sus instituciones, sus derechos y sus deberes, la democracia se vuelve frágil y vulnerable a la desinformación, al populismo y a la improvisación.
Costa Rica: democracia, poder y ciudadanía nace como un libro de texto necesario para este momento histórico. Es una explicación clara, accesible y rigurosa de cómo se organiza el país, cómo se ejerce el poder, cuáles son los contrapesos institucionales y qué papel le corresponde al ciudadano en una república democrática.
El libro recorre la Constitución, los poderes del Estado, el Tribunal Supremo de Elecciones, la Sala Constitucional, las instituciones autónomas, la Contraloría, la Procuraduría, la Fiscalía, la Corte Suprema y los riesgos actuales que enfrenta la democracia, incluyendo el crimen organizado y la desinformación. Todo está presentado sin tecnicismos icon un objetivo muy concreto: formar criterio.
Este texto está pensado para estudiantes, docentes, familias y ciudadanos que quieren comprender el país más allá de titulares, redes sociales o discursos simplificados. Es un libro para leer, discutir y usar como herramienta de formación cívica real.

Tu historia merece existir, ser leída y dejar huella.En Apoyo Editorial te acompañamos para que ese libro que llevás den...
03/01/2026

Tu historia merece existir, ser leída y dejar huella.
En Apoyo Editorial te acompañamos para que ese libro que llevás dentro se convierta en una obra publicada, con sentido y propósito.
Nunca fue tan sencillo crear una obra y verla nacer con respaldo profesional.

La lectura abre puertas que nadie puede cerrar: forma el pensamiento, despierta la imaginación y acompaña toda la vida.
28/12/2025

La lectura abre puertas que nadie puede cerrar: forma el pensamiento, despierta la imaginación y acompaña toda la vida.

Un cuento navideñoLa Navidad de LuisLuis era un niño muy esforzado y bueno. Vivía con sus papás en una casita sencilla, ...
23/12/2025

Un cuento navideño

La Navidad de Luis

Luis era un niño muy esforzado y bueno. Vivía con sus papás en una casita sencilla, de paredes gastadas y techo que crujía cuando llovía. En ese hogar había poco, aunque nunca faltaban el trabajo, la ternura y la esperanza. Sus papás salían temprano cada día y regresaban cansados, con las manos ásperas y el corazón firme.
Aquella Navidad, Luis recibió tres regalos. Una bola azul para jugar, un par de medias negras y un libro de cuentos. Los miró con atención, como quien entiende que cada cosa tiene un valor que va más allá de lo que se ve. Los sostuvo un momento y agradeció sus regalos.
Al salir a jugar con la bola encontró a Antonio, un niño del barrio que ese día no había recibido nada. Luis le entregó la bola. Antonio sonrió con una alegría desbordante, de esas que iluminan la vida.
Luego pasó por la casa de don José, su vecino. Vivía solo y el frío se le colaba por las rendijas. Luis le dio las medias. Don José las tomó despacio, como si ese gesto le abrigara el cuerpo y el alma.
Más adelante vio a Marisa. Había recibido unos lápices de colores y los sostenía con cuidado. Luis le regaló el libro de cuentos. Marisa abrió las páginas y sus ojos se llenaron de historias nuevas.
Al regresar a casa, Luis caminó en silencio. Sentía una tristeza suave pero de esas que no duelen ni pesan.

Sus papás lo recibieron con un abrazo largo. Lo felicitaron mucho, con la certeza de haber criado un buen niño de gran corazón.
Antes de acostarse, Luis miró el portal. El Niño parecía sonreírle, como si entendiera lo ocurrido. Ese fue su mejor regalo y entendió que dar es lo mejor de la Navidad.

El niño que hacía milagros ( pero solo  milagros pequeños) No recuerdo si fue un sueño o fue verdad. Ha pasado tanto tie...
29/11/2025

El niño que hacía milagros ( pero solo milagros pequeños)

No recuerdo si fue un sueño o fue verdad. Ha pasado tanto tiempo que mi memoria a veces juega conmigo, igual que esas nubes que cambian de forma sobre el Valle Central. Sin embargo, cada vez que pienso en mi infancia, aparece la misma idea: cuando era chiquillo podía hacer milagros… pero solo milagros pequeños.

Lo cuento sin exagerar. Eran cositas simples de las que casi nadie habla en una soda o en una fila del bus.

La primera ocurrió en el corredor de la casa de doña Estela. Tenía una maceta reseca, pobrecita, abandonada al sol. Me acerqué, hundí los dedos en la tierra dura y deseé que la plantita reviviera. A la mañana siguiente, antes de ir a la escuela, la vi erguida, con un rosado vivo que parecía recién estrenado. Doña Estela dijo que la “flor bendita estaba deseando vivir”. Guardé silencio.

Otra vez, en la plaza del barrio, un perro callejero se quejaba. Tenía una patita torcida. Lo acaricié despacio, le hablé como uno le habla a los animales que entiende, y él dejó de temblar. Caminó normal, luego trotó hacia unos chiquillos que jugaban bola. Cuando intenté contarlo, nadie me creyó y preferí dejarlo ahí.

Tampoco olvido a una chiquita que dejó caer su confite en un charco. Lloraba porque su mamá no le iba a comprar otro. Tomé el confite, lo limpié con cuidado y se convirtieron en muchos confites. La niña abrió unos ojos enormes. Yo tampoco supe cómo explicarlo.

En la cancha comunal había una pared vieja, descarapelada por la lluvia. Una tarde, mientras esperaba a mi hermano, dibujé un pajarito azul con un pedazo de tiza. Al día siguiente el dibujo no parecía de tiza. Tenía un brillo raro, como si el pajarito estuviera vivo y descansando sobre el muro. La gente del barrio le tomó cariño, aunque nadie supo de dónde había salido.

Otra vez vi a una señora mayor salir de la feria del agricultor con bolsas muy pesadas. Caminaba encorvada. Me acerqué para ayudarla, pero antes de que yo tocara una bolsa, ella respiró hondo y las levantó con fuerza. Dijo que sintió “un empujoncito bendito”, como si alguien invisible la hubiera sostenido.

Son recuerdos sueltos, envueltos en el olor de café recién chorreado y en las tardes frías de lluvia fina. A veces pienso que fueron inventos de un chiquillo imaginativo. En otras ocasiones estoy seguro de que pasaron tal cual.

Lo único claro es esto: esos milagros no cambiaron Costa Rica ni movieron montañas. Cambiaron rincones. Cambiaron minutos. Cambiaron tristezas pequeñas.

Tal vez ahí está el verdadero milagro: en lo que mejora el día sin que nadie lo note. En lo que se hace con cariño, sin esperar aplausos.

A veces me pregunto si ese niño que fui todavía vive en mí. Si aún puedo despertar algo bueno en alguien con un gesto sencillo.

Quiero creer que sí. Costa Rica necesita milagros pequeños todos los días.
R.M.

A las 5:12 de la mañana, cuando el primer destello siempre se filtraba por la ventana, la oscuridad permaneció inmóvil. ...
21/11/2025

A las 5:12 de la mañana, cuando el primer destello siempre se filtraba por la ventana, la oscuridad permaneció inmóvil. No era noche. No era eclipse. Era una sombra absoluta, densa, casi táctil, que parecía mirar de vuelta a quien se atreviera a desafiarla.
​El silencio no era normal. Tenía una vibración profunda, un zumbido apagado que anulaba el sonido, recorriendo las paredes. Las lámparas parpadeaban sin encender. Los relojes continuaban marcando la hora, pero el aire se sentía detenido, como si el tiempo avanzara a empujones.
​Los vecinos empezaron a salir, uno por uno, con los ojos muy abiertos. Nadie hablaba al principio. El miedo ajeno siempre es más fácil de ver que el propio. Una mujer lloró en la acera, aferrada a un rosario. Un hombre prendió su carro para encender las luces, pero los faros solo alumbraron una bruma espesa que devoraba cualquier claridad. Hubo quien gritó que esto estaba escrito, que era la señal final, y quien prefirió correr hacia su casa y cerrar todas las cortinas, intentando no ver lo que pasaba afuera.
​La oscuridad tenía un peso extraño. Oprimía el pecho, llenaba la garganta, obligaba a respirar lento. A medida que pasaban los minutos, el cielo se iba tornando más inquietante: una sombra más profunda que la noche, como si algo gigantesco se hubiera interpuesto entre el mundo y la luz.
​Los pájaros no cantaron. Los perros no aullaron. Hasta el viento parecía haber sido silenciado. La naturaleza misma había detenido su respiración.
​Fue entonces cuando ocurrió lo más inquietante: desde lejos, muy lejos, se oyó un sonido grave, prolongado, que vibró en los huesos. No se parecía a un trueno, tampoco a una explosión. Era más bien un lamento, como si la oscuridad misma estuviera viva.
​Las personas se quedaron paralizadas. Nadie se movió. Nadie respiró. La sensación era clara: algo había despertado, y no quería que amaneciera.
​Y de pronto, en medio de la tensión absoluta, un sonido irrumpió como un golpe:
​Pi-pi-pi… Pi-pi-pi…
​—La alarma del celular.
​Sus manos sudaban. Su corazón seguía agitado.
​Todo había sido un sueño.
​Aun así, antes de levantarse, la impresión era clara: aquella oscuridad no había sido un simple producto de la mente, sino una advertencia silenciosa. Una sombra que, de alguna manera, aún esperaba su turno para volver.

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