13/10/2026
𝗘𝗹 𝘁𝗶𝗰𝗼 𝗲𝗻 𝗻ú𝗺𝗲𝗿𝗼𝘀
Como los ticos nunca le hemos rendido cuentas a la vida, llegó la hora de presentar nuestro “estado de ganancias y pérdidas”.
Período: del 6.000 a. C. a hoy.
Auditor: este compa.
EN EL DEBE
La hora tica: ocho mil años y todavía no sabemos llegar a tiempo. Decimos “voy saliendo” cuando todavía estamos en la ducha cantando “La incondicional”.
Y nuestro famoso “ahorita” puede significar dentro de cinco minutos, después del almuerzo, mañana o cuando se haga la voluntad del Señor.
Perdimos la conquista, la colonia y cinco mundiales por llegar tarde.
El choteo: nos dicen que hay que arreglar “la platina” y hacemos un meme, y nos anuncian una crisis fiscal y hacemos un “sticker” en wasap.
La presa eterna: inventamos el carro antes que la calle, tenemos más carros que gente y una carretera de 1948 para todos.
Perdemos cuatro años de vida en la General Cañas.
El serrucho: si un tico ve a otro subiendo, le baja la escalera, no por maldad, sino por deporte. “¿Quién se cree ese mae?”
El pobrecito yo: nos quejamos de todo, pero asumir los deberes ya es otra cosa: queremos Dinamarca con impuestos de Panamá y horarios de playa.
El trisagio nacional: “otro zarpe”, “solo la puntica” y “apúntemelo ahí”.
Le dice al amigo: “llegate a mi choza”, mientras piensa: “ni se te ocurra, cabrón”.
El “ahí vamos viendo”: no es sí, no es no y tampoco es quizá; es su limbo surrealista.
El “con mucho gusto”: lo decimos antes de averiguar qué hay que hacer. La verdadera tragedia comienza cuando descubrimos que sí hay que hacerlo.
Y volamos a buscar la salida de emergencia.
El tico “pulseador”: no importa qué se venda: una casa, un carro o una empanada. Siempre aparece el “¿y cuánto es lo menos?”.
El parqueo reservado por una silla: una de nuestras mayores contribuciones al derecho internacional de propiedad.
El que parquea en doble fila y pone las luces intermitentes como si fuera permiso divino.
El “yo no fui, pero sé quién fue”: notable capacidad del tico para zafarle el lomo a sus propias culpas.
Altavoz incorporado: un par de ticos conversando a 50 metros de distancia pueden mantener una conversación perfectamente audible sin recurrir a ningún dispositivo tecnológico.
EN EL HABER
Inventamos el Pura Vida, la única frase del mundo que sirve para decir hola, adiós, gracias, todo bien, todo mal, qué torta y hasta te amo.
En 300 mil años, ningún sapiens ha logrado tanta eficiencia con dos palabras.
Abolimos el ejército en un continente que coleccionaba generales. Nosotros dijimos: “Mae, mejor no” y nos pusimos a hacer escuelas.
La madre tica: hace gallo pinto con lo que haya, manda paraguas aunque haya sol y dice “abríguese que hace frío” con treinta grados.
El ingenio para sobrevivir: hacemos una casa con tres latas, dos tablas, un alambre, par de oraciones y queda antisísmica con corredor y palo de mango.
En los velorios rurales brindar por el mu**to con guaro de nance y consolar a los dolientes por la calidad del nance.
Y el que le pone Waze a todo, pero igual se pierde por ir jeteando.
El tico conversa con desconocidos en el ascensor, la fila, el bus o la pulpería. Cinco minutos después ya sabemos dónde vive, cuántos hijos tiene y cómo salió de la operación de la rodilla.
La pulpería como centro de inteligencia nacional: antes de Google ya sabíamos quién se casó, quién se divorció, quién consiguió trabajo y quién debía plata.
El “con permiso” y el “disculpe”: dos pequeñas piezas arqueológicas de una cortesía que todavía sobrevive entre nosotros.
El tico que sabe que usted no está en la casa, no necesariamente por espionaje, sino porque vio el carro, oyó al perro y conoce los horarios de toda la vecindad.
PATRIMONIO
Ocho mil años después, cerramos libros.
No somos potencia, no somos perfectos, debemos infraestructura, puntualidad y quién sabe cuántas otras cosas.
Pero, carajo, algo tenemos todavía: sabemos reírnos de nosotros mismos, tenderle la mano al que lo necesita y decir “Pura Vida” hasta cuando la vida no está precisamente pura.
Saldo final: Perro amarrado.
Le debemos a todo el mundo y no tenemos cómo pagar la cuenta.
Y aun así todo el mundo nos quiere un poquito.
Por Edgar Espinoza.