20/07/2023
Desde hace un par de años, Sebas se ha venido acostumbrando a nuestras eventuales separaciones, que pueden ser de hasta mes y medio, por temas relacionados con mi trabajo.
Al principio, le pegaba mucho. La última de estas, ya vinculada con otro tema (llevaría a mis padres a Venezuela y los instalaría allí), fue de un mes. “Ay, papi, un mes no es nada; un mes pasa rápido”, fueron sus palabras a manera de aliento. Se despidió tranquilo.
En la foto que precede este texto, vemos a un sonriente Sebas, flanqueado por cerca de 20 maletas que empaquetan su vida y las de su mamá, Ernesto y su hermanito Leo. Se mudan a Costa Rica.
A pesar de su pose, Sebas no estaba tan alegre. Durante cerca de dos meses de conocer la noticia, la fue llevando con mucha resiliencia y casi con estoicismo, hasta el último día… Ayer, se quebró.
“Qué sientes, mi amor”, le pregunté al mediodía, cuando íbamos a almorzar. “Papi, es raro. Es parecido a lo que siento cuando trato de entender matemática y no lo logro, y me dan ganas de llorar”.
Ya en el aeropuerto, y aun sabiendo que nos veremos en solo dos semanas, explotó en su llanto silencioso cuando me abrazó al despedirse. Su situación emocional la mantuvo hasta dormirse, según me enteré luego.
Y es que siento que en esa despedida, a través de mí, Sebas pudo abrazar a sus amiguitos; a Toñito; a nuestros amigos que se convirtieron en familia Lima; a sus abuelos; a las experiencias que le brindó Lima en estos 7 años; a su niñez…