28/09/2026
🐊DESDE LA WEB: La resignificación de la danza folclórica en la escena contemporánea
Por: LEIVAN GARCÍA VALLE
Hablar de folclore en el contexto contemporáneo implica sumergirse en campo de tensiones entre lo institucional y lo popular, entre lo académico y lo espontáneo. No es raro que al mencionar la palabra folclore, muchas personas aún piensen en estampas coloridas, en tradiciones congeladas para el turismo o en representaciones de lo exótico. Sin embargo, el folclore como cultura popular tradicional es mucho más que eso: es una forma de conocimiento vivo, que se transmite de generación en generación, atravesando cuerpos, ritmos y silencios.
La danza folclórica cubana es un territorio vivo. No se limita a la conservación de formas antiguas, sino que late en el ritmo cotidiano del pueblo, en sus transformaciones, en la manera en que cada generación reinventa su propio modo de decir. El folclore, como creación social, es una construcción colectiva que evoluciona al mismo tiempo que la vida misma; se adapta, se resignifica y encuentra nuevas rutas para expresarse sin olvidar su origen.
A lo largo de décadas, la danza y los bailes folclóricos en Cuba han funcionado en un puente entre tradición y contemporaneidad. Su desarrollo ha estado marcado por procesos de investigación, por la búsqueda de una identidad corporal propia y por la necesidad de comprender cómo la gestualidad se convierte en memoria, en símbolo y en comunicación. En la base de estas prácticas se reconocen los aportes de la cultura popular tradicional —campesina, urbana, comunitaria— y las profundas raíces africanas que sostienen una visión del mundo, una ética y una filosofía que todavía hoy dialogan con la realidad cubana.
Sin embargo, el escenario actual exige nuevas reflexiones. Nos encontramos viviendo una época de cambios acelerados, atravesada por transformaciones tecnológicas, dinámicas virtuales, crisis globales y búsquedas espirituales que reconfiguran la manera en que nos relacionamos con el cuerpo, el arte y la identidad. En medio de ese contexto la danza folclórica en su enseñanza y escenificación enfrenta desafíos que invitan a pensar de manera crítica sus métodos de creación, sus intenciones escénicas y su lugar dentro de la cultura nacional.
La influencia de la religiosidad de matriz africana —con su cosmovisión, cantos, rezos, mitos y principios éticos— constituye uno de los pilares más fecundos de nuestra identidad. Su impacto en la corporalidad y en los lenguajes expresivos ha marcado de forma decisiva el desarrollo de la danza folclórica en Cuba. Reconocer este legado implica no solo reproducir pasos y ritmos, sino profundizar en los significados que sostienen esos gestos: comprender la intención, la narrativa implícita, la filosofía que los estructura.
Repensar la danza folclórica es, en esencia, repensarnos como país. Implica cuestionar las lógicas heredadas, abrir espacios a nuevas sensibilidades, dialogar con los saberes ancestrales y recuperar el valor simbólico del cuerpo como herramienta de memoria, comunicación y transformación social. Este articulo surge, precisamente, como una mirada a hacia ese proceso. Como una invitación a repensar qué entendemos como folclore hoy, qué elementos merecen ser preservados, cómo dialogan las tradiciones con el presente, y de qué manera los nuevos creadores pueden encontrar en la investigación, en la filosofía religiosa y en la memoria popular, una fuente legitima de renovación.
No se pretende ofrecer respuestas cerradas, sino acompañar un proceso de reflexión necesario para quienes crean, investigan, enseñan o viven la danza folclórica cubana. Es, sobre todo, una invitación a mirar con profundidad aquello que nos ha sostenido culturalmente y a imaginar desde ahí los caminos futuros.
Como creación social, el folclore es una actividad humana en constante evolución. En la medida en que el pueblo transforma su entorno, las nuevas costumbres surgen de forma espontánea. La transmisión de generación en generación permite que este hecho asuma nuevas características según su época. Hoy la danza folclórica se encuentra en una etapa de retos. Vivimos un momento en el que las expresiones artísticas, en todos los continentes, atraviesan procesos de transición. Las exigencias teatrales crecen cada día más. La aparición de escenarios tecnológicos, acompañados por el mundo virtual y las redes sociales, han creado espacios con infinitas posibilidades, pero también con múltiples trampas.
Al mismo tiempo, la naturaleza le recuerda a la especie humana su fragilidad y su fortaleza lanzando epidemias funestas que agravan el mundo en que vivimos. La humanidad está dando un salto cuántico en su desarrollo evolutivo, acompañado de un giro en la visión del mundo. Una mirada contemporánea del universo intenta responder dos preguntas fundamentales: ¿quiénes somos? ¿hacia dónde vamos?
Sin dudas, todavía existe el deseo regenerador de aquellos que se esfuerzan por brindar, a través de su arte, las ideas de la vida moderna. Atender a los cambios históricos y sociales que inevitablemente inciden en el espectador exige a la escena nuevas formas de pensar su construcción. En este contexto, valdría la pena acercarnos a las siguientes preguntas:
¿Qué hace que la escena folclórica nacional se encuentre en un receso creativo?
¿Cuánto se aleja una teatralización folclórica del foco en la actualidad? ¿Cómo expresar en la contemporaneidad nuestra herencia africana?
¿De qué manera se puede reposicionar la tradición de la danza folclórica y atraer nuevos públicos?
¿Cómo despertar el interés de jóvenes egresados de escuelas de arte para que se integren a instituciones folclóricas?
¿El aumento de practicantes en la regla osha–ifá será favorable para las proyecciones de la danza folclórica?
¿Cómo asumen las nuevas generaciones este fenómeno social?
¿Los informantes poseen el conocimiento requerido o, por el contrario, contribuyen a la deformación identitaria de nuestra cultura más raigal?
Gran parte de las tradiciones que proyectan nuestras agrupaciones folclóricas están estrechamente ligadas a la religión y a los mitos. En los saberes de la mitología yoruba en Cuba se recoge una vasta información que aún permanece oculta en los significados de cantos, rezos, toques, danzas e historias. Un acercamiento profundo por parte de los coreógrafos a las bibliografías de investigadores que han desentrañado la filosofía existente detrás de la cultura folclórica cubana, evitaría el facilismo de repetir un movimiento específico sin lograr transmitir su sentido más profundo. La exploración del material folclórico llevado a escena revela la amplitud de posibilidades que pueden emplearse en el desarrollo de la acción escénica. Una gran parte de los movimientos de estas danzas son, en esencia, expresión de su contenido más antiguo.
Adentrarse en la investigación de las concepciones filosóficas de la cultura popular tradicional constituye uno de los caminos para combatir prejuicios existentes y, a su vez, ofrece una nueva visión del hecho folclórico. El folclore no se ocupa únicamente de antigüedades vivas, sino de lo que sabe el pueblo. De ahí que sea necesario preguntarse: ¿qué vale la pena rescatar de lo perdido? Si el folclore no marcha al ritmo de la sociedad, se muere.
Si bien el Conjunto Folclórico Nacional desde sus inicios se propuso rescatar aquellas manifestaciones de verdadero valor artístico para ser repensadas en la escena teatral cubana, hoy, con el devenir de los años y en el contexto de la cultura danzaria folclórica, el camino nos conduce a repensar el quehacer investigativo de los coreógrafos de estas manifestaciones. En este proceso se evidencia claramente que no todo lo presente en la cultura popular tradicional posee valor artístico ni resulta representativo.
Otra de las ideas arraigadas en la sociedad defensora del folclore es que este puede ser realizado por cualquier persona. Esto es cierto, pues el folclore lo hace el pueblo; sin embargo, las representaciones escénicas folclóricas tienen sus propias exigencias. Estas requieren de un artista con las características necesarias para ejecutar y traducir artísticamente aquello que tiene sus raíces en el pueblo. La estética adecuada de un bailarín de cualquier género que pertenezca al movimiento profesional de la danza en Cuba se aplica también al intérprete de la danza folclórica. La delgadez, la buena figura y el cuerpo entrenado son características que no pueden desligarse de quien actúa bajo las luces de la escena, ante un público que decide dedicar su tiempo a disfrutar de un arte de excelencia. Ese espectador espera, además, un espectáculo de alto nivel que se refleje en la imagen de quien lo representa. Quizás habría que insistir en una idea esencial: ninguna compañía musical o danzaria hace folclore. Lo que llega a la escena es danza de inspiración folclórica, y no debe confundirse con el hecho folclórico en sí.
El arte folclórico, en sus proyecciones escénicas danzarias, tiene mucho que aportar en la siembra de valores identitarios. La interpretación de los códigos presentes en el lenguaje coreográfico revela cuánta conciencia de educación social transmite la cultura popular tradicional en Cuba. En los saberes ancestrales se encuentran principios con un profundo sentido educativo que contribuyen al mejoramiento espiritual del ser humano, tan necesario en estos tiempos confusos. Una estilización caprichosa podría acabar con las representaciones artísticas creadas por el pueblo. El movimiento recreado a partir de las pautas establecidas en la danza folclórica no es un capricho: obedece a un acto creativo que no puede ser ignorado. Por ello, los procesos creativos deben someterse a una crítica especializada que conozca los fundamentos del folclore cubano.
Cuando hablo de resignificar la danza folclórica, no me refiero únicamente a una actualización formal o a un cambio estético superficial. Hablo de una nueva escritura en la escena folclórica, de una manera distinta de concebir la teatralización del hecho danzario. Resignificar implica pensar la danza desde la filosofía que habita en nuestro pueblo, desde sus sistemas de pensamiento, sus ideologías, sus modos de entender la vida y la espiritualidad. No se trata solo de representar cómo se baila, de mostrar estructuras conocidas: el baile en parejas, el circulo, la línea; ni de reproducir fielmente códigos heredados. Se trata de trascender la demostración para construir un discurso escénico capaz de generar reflexión social. En este sentido, el movimiento deja de ser un fin en sí mismo para convertirse en parte de un mensaje mayor, en un recurso expresivo al servicio de una idea, de una postura ante el mundo. La resignificación responde a una necesidad creativa evidente. Al revisar escrituras coreográficas antiguas se observa la reiteración de los mismos diseños espaciales: composiciones circulares, líneas frontales, estructuras simétricas que, aunque coherentes con su tiempo, hoy reclaman ser repensadas. La búsqueda de nuevos códigos compositivos, la exploración de la asimetría, de tensiones espaciales menos convencionales, abre caminos para una danza folclórica escénica más cercana a la complejidad del presente. Resignificar no es negar la tradición ni traicionar su esencia. Es reescribirla, darle un nuevo color, un nuevo matiz, permitirle dialogar con su época. Es asumir que la danza folclórica, como es la misma, se transforma con el tiempo y necesita responder a la dinámica contemporánea sin perder su raíz.
Las danzas folclóricas constituyen un patrimonio cultural. La creación folclórica en Cuba necesita repensar su razón de ser y transformar su visualidad. La investigación del arte popular se vuelve indispensable en la teatralización de inspiración folclórica. En estos tiempos resulta necesario reconstruirse como creador: acudir a la filosofía religiosa, a los cantos como fuentes de motivación creativa; cuestionar las lógicas corporales vacías de sentido; recuperar el movimiento como espacio de comunicación social; pensar cuerpos entrenados técnica y exploratoriamente que tributen a una escena actual. Estos y otros procesos contribuirían a mejorar la labor de las danzas tradicionales en la contemporaneidad.
El folclore nunca desaparece: se transforma. Debemos desprendernos de la visión estática de este fenómeno. Los artistas folclóricos tienen la tarea de proponer a la sociedad nuevas lecturas del hecho folclórico, resignificando su posicionamiento en la escena contemporánea.
La danza es un lenguaje de comunicación y, sin un lenguaje que transmitir, se cae en lo vago y lo errático. El mundo atraviesa una situación difícil; la aparición de la COVID-19 agravó profundamente el momento que vivimos. La danza folclórica enfrenta una tarea urgente que requiere sacrificio y dedicación. La victoria está en nuestras manos: se trata, simplemente, de traer lo que un día fue y convertirlo en parte del hoy.
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