17/10/2025
Un suspiro en el calendario: lo que exige el
Este 18 de octubre, el calendario marca con tinta verde el . No es una celebración cualquiera. No hay regalos que desempacar ni comidas típicas que degustar. La festividad es de otra índole: más silenciosa, profunda y urgente. Es un suspiro colectivo, una pausa obligatoria en la rutina para observar la gran casa que habitamos.
Miremos a nuestro alrededor. O mejor aún, observemos más allá del asfalto y el cemento. En la intricada trama de un bosque, en la corriente persistente de un río, en la vastedad silente de un desierto, late un contrato no escrito del cual somos parte.
La naturaleza no es un escenario pintoresco al fondo de una selfie; es el sistema de soporte vital fundamental de la economía, la salud y la cultura. Es la fábrica de aire puro, la planta de tratamiento de agua y la farmacia más antigua del mundo. Su valor, en términos crudos de supervivencia, es incalculable.
Sin embargo, aquí reside la paradoja moderna: la dependencia absoluta coexiste con una agresión constante. La conversión de selvas en terrenos baldíos, la lenta acidificación de los océanos y el silencio que avanza donde antes había un coro de especies son los titulares de un boletín de noticias que preferimos ignorar.
La efeméride, entonces, no puede ser solo de buenas intenciones. Debe ser un termómetro que mida la fiebre colectiva y un espejo que devuelva la imagen de la responsabilidad.
La fecha exige, primero, un cambio de lente. Dejar de ver los entornos naturales como “recursos” a explotar y comenzar a verlos como “aliados” a colaborar. Un no es un terreno improductivo; es un amortiguador contra huracanes y un vivero de vida marina. Un polinizador no es un insecto insignificante; es un eslabón crítico en la cadena que pone alimento en nuestra mesa.
En segundo lugar, reclama una mirada local. La naturaleza no es una abstracción lejana que habita en documentales. Está en el parque del barrio que refresca el aire, en el árbol que da sombra a la calle y en las aves que anidan en nuestros aleros. Cuidarla comienza por valorar y proteger estos ecosistemas fragmentarios que sobreviven en el paisaje urbano.
Exige que nuestros gobiernos prioricen políticas públicas con visión de largo plazo, que la protección de cuencas hidrográficas y la creación de corredores biológicos dejen de ser líneas en un plan de gobierno para convertirse en realidades tangibles.
Pero la acción más poderosa, quizás, es la individual. Es el voto que se emite con cada compra, optando por lo reutilizable sobre lo desechable. Es la elección de consumir productos que no dejen una cicatriz en la tierra. Es la voz que se alza para denunciar un relleno ilegal o un curso de agua contaminado. Es la decisión de enseñar a un niño el nombre de un árbol y el valor de la sombra que regala.
El Día Mundial de Protección de la Naturaleza es, en esencia, una pregunta que nos lanza al rostro: ¿Qué clase de inquilinos somos? ¿Aquellos que cuidan el hogar para los que vendrán, o aquellos que lo saquean sin pensar en la factura que deberán pagar sus hijos?
La naturaleza seguirá su curso, con o sin nosotros. Su legado de resiliencia y belleza no es nuestro para heredar, sino un préstamo que debemos devolver en condiciones. Hoy es un buen día para recordarlo, y mañana, un día mejor para actuar en consecuencia.