27/05/2026
Sociedad
La isla infinita
(Primer premio del Concurso de Periodismo La esperanza en mi vida, organizado por Palabra Nueva)
por Adriana Bárbara García Ranero
«Hay un único lugar donde ayer y hoy
se encuentran y se reconocen y abrazan.
Ese lugar es mañana».
EDUARDO GALEANO
Se marchaban; ya lo habían decidido, y sin vuelta atrás… al menos en mucho tiempo, o quizás nunca. Parecían serenos, pero sólo Dios sabía cuántos sentimientos encontrados bullían en sus corazones, cuántos pensamientos —mezclados con esperanzas y temores— cruzaban por sus mentes. Soltar, desasirse, no es fácil; no importa de quién o qué, siempre cuesta mucho… porque hasta lo más insignificante cobra valor cuando se deja atrás; no digamos lo que representa la vida misma, por cuanto se ha puesto en ello.
Acariciaron por vez última la piedra tosca de las paredes, la caoba oscura y pulida de las ventanas y la puerta; sus dedos rozaron levemente las hojas verde intenso de las plantas del jardín… como si la casa fuese un ser vivo y amado. En cierto sentido lo era; mientras sus manos recorrían con cariño cada una, los recuerdos les inundaban en una sintonía extraña. Y se dejaron llevar por ellos, quizás en un último esfuerzo inconsciente por retener, más que una imagen, la vida que ahora quedaría atrapada entre esos muros, aunque pasasen años después de esta despedida…
A veces el pasado se recuerda de forma tan vívida, que se confunde con el presente y los sueños mismos. No tenían ahorros, ni entre los dos habrían alcanzado a reunir una suma mediana; sus salarios apenas les alcanzaban para comer y ayudar en algo a sus padres. Pero eran jóvenes, querían casarse, tener un hogar, hijos, un perro, un jardín que cultivar y cuidar… nada lujoso, pero sí hermoso.
¿Cuánto cuesta hacer realidad un sueño, el simple sueño de una vida normal en esta isla? No se trata sólo del dinero —que igual se necesita y falta siempre—, sino de lo más valioso y vital: tiempo, esfuerzos, oportunidades, posibilidades. Tener casa propia, más que aspiración, es pesadilla que deja insomnes a muchas personas; entre tantos refranes de la sabiduría popular ese de «el que se casa, casa quiere», martilla inmisericorde las mentes de los cubanos hace décadas.
No querían hacer lo que muchos, obligados por la necesidad perentoria y la propia invalidez de recursos, levantar una casucha con tablas y planchas de zinc, sin agua, electricidad… Eso no. Pasaron años sumando a sus empleos de arquitecto él, y de maestra ella, horas extras en un bar privado como cantinero y contable; ahorraron cada centavo para que de los planos y diseños su sueño pasara a la realidad. Hasta aquel día en que los dos —ayudados por una pareja amiga, y tras varias semanas de trabajo duro—, vieron saltar del papel a la vida su casa… pequeña pero acogedora y linda, única por su aspecto y por los materiales toscos y nobles —piedras de cantería negras y grises, apenas labradas, tejas criollas color rojo ladrillo, y maderas recias talladas artesanalmente— que prefirieron frente a la frialdad impersonal del hormigón, el metal y el cristal.
Qué cosa tan rara es el paso del tiempo, cuán relativo es según los acontecimientos y ritmos vitales humanos. Los años, que hasta entonces se arrastraron lentos, cobraron velocidad y pasaron casi inadvertidamente. En medio de ese torbellino temporal, la casa se llenó de los gritos y carreras de dos niñas, los ladridos de una perra —a la que siguió otra (ya se sabe que sus vidas son cortas comparadas con las nuestras)—, el jardín creció con el verdor y frondosidad de una selva doméstica.
Tenían poco, y a la vez todo, para ser felices. Pero la vida diaria —siempre difícil— empeoró de forma inusitada y vieron caer todos sus sueños, uno a uno, con dolor indescriptible. Incluidos el de legar a las hijas un futuro promisorio, y a los padres de ambos una vejez tranquila y segura; este último, ahora trastocado en reunirlos con ellos en otra tierra, lo antes posible.
Hoy, decían adiós a toda esa parte de sus vidas, consoladoramente se decían «por un tiempo»; porque, aunque no sabían si sería para siempre, se aferraban a aquello que mantiene el hilo vital en los momentos difíciles: la esperanza. Por eso, su casa no se vendía; quedaba al cuidado de unos amigos muy queridos y especiales, los mismos que les ayudaron a levantarla tantos años atrás.
Los llamados de las hijas jóvenes —que apartadas se despedían silenciosamente de su hogar, a su modo, sin lágrimas visibles— y los ladridos impacientes de Laika desde el huacal, sacaron a la pareja de su ensimismamiento contemplativo. Los seis se fundieron en un último abrazo apretado, del que ninguno quería ser el primero en soltarse… Hasta que todos a una lo hicieron.
Cuatro personas y una perra iniciaron el trayecto al aeropuerto, en silencio, sin mirar detenidamente el paisaje que circunda la carretera, para ellos borroso como si una pesada grisalla cubriese sus ojos —también sus almas durante las nueve horas de vuelo—, deshecha sólo por la claridad deslumbrante del exterior en el aeropuerto madrileño, y los abrazos de los amigos que los esperaban. En sus corazones aleteaban las esperanzas de una vida diferente; difícil en los primeros años, pero con oportunidades para quien trabaja y se esfuerza. Y también ardía en ellos más que nunca, con añoranza y dolor, la imagen vívida y muy amada de una isla infinita con un cielo y mar asombrosamente muy azules, y palmas con penachos verde esmeralda ondeando al viento. Una isla semejante a un caimán dormido, en la que una casa pequeña de piedras negras y grises, tejas criollas, puertas y ventanas de caoba oscura, se levanta acogedora y única en su belleza tosca… Una isla y una casa a las cuales esperan regresar un día.
* Crónica escrita a partir de una historia real, y dedicada a todos —familiares, amigos, conocidos, desconocidos— los que han emigrado, emigran, y emigrarán en busca de los sueños vitales que no podemos realizar en nuestra amada isla infinita, esa que siempre permanece en nuestras almas cual la esperanza, no importa donde estemos.