30/12/2025
Anécdotas sobre la Dra. Rosa Elena Simeón Negrín
De los 50 años que trabajé en la Academia de Ciencias de Cuba (1968-2018), dediqué más de 35 años a ser parte de la dirección de la actividad de relaciones internacionales y de ellos, quince siendo la Dra. Rosa Elena Simeón Negrín la presidenta de la Academia y luego la ministra de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente. En varias ocasiones tuve la responsabilidad de acompañarla en viajes al exterior y compartir con ella encuentros con dignatarios y científicos de renombre de varios países.
Es ampliamente conocida la modestia, sencillez y disciplina profesional de Rosa Elena, su agudeza en el tratamiento de temas científicos, al igual que su fidelidad a la Revolución y a Fidel.
Escojo tres anécdotas que puedo relatar de entre muchos recuerdos, las que ilustran aspectos de aquellos rasgos de su personalidad que la definieron.
Primera anécdota: En el año 1989 viajamos juntos a la India y la República Popular China en visitas oficiales de una semana cada una a las respectivas academias de ciencias y en ese orden. Por entonces, Rosa Elena era la primera mujer que ocupaba la presidencia en una Academia de Ciencias en todo el mundo. En esa ocasión viajamos a París para tomar el vuelo a Nueva Delhi por vía de Air France.
Al subir la escalerilla para abordar el avión, el capitán recibió a Rosa Elena en la puerta de la aeronave diciéndole: “Estimada Doctora, permítame darle la bienvenida a nuestro vuelo. Sabemos que usted estudió en Francia y por ello le agradecemos que haya escogido a Air France para su viaje al Asia. Como usted proviene de un país isleño y tropical, le hemos preparado un almuerzo a base de mariscos para que se sienta como en casa. Tenemos un recorrido con muy buenas condiciones de tiempo y esperamos que el vuelo sea de su agrado”.
Inmediatamente Rosa Elena le respondió “Muchas gracias, capitán, por su amabilidad, pero le pido excusas porque no puedo aceptar el marisco ya que soy alérgica; pero por favor no se molesten por ello, que yo teniendo jugo y algo de queso no necesito mucho más. De nuevo, muchas gracias por sus atenciones”. El capitán sorprendido balbuceó excusas, le aseguró que se le brindaría un almuerzo alternativo y la acompañó hasta su asiento.
Después del arribo a la India y de una interesante y exitosa estancia allí, con múltiples experiencias, una semana más tarde emprendimos de nuevo el vuelo hacia Beijing, o Pekín, como se le identificaba entonces en español y volamos de nuevo por Air France.
De nuevo el capitán de la nave recibió a Rosa Elena en la puerta sobre la escalerilla y dándole la bienvenida a otro avión con otra tripulación y para otro vuelo, le dijo: “Doctora Simeón, es un honor y un placer el que usted continúe viaje con nosotros. Como usted es alérgica a los mariscos, hemos tenido mucho cuidado de prepararle un almuerzo de acuerdo a los gustos que ya han sido de su agrado …” un colega de protocolo que nos acompañaba asombrado de que un piloto de Air France supiera que ella era alérgica a los mariscos, conoció de la anécdota del vuelo anterior y le dijo entonces, “Doctora, usted es una personalidad en Air France”, a lo que ella le respondió bajito: “No, eso es sólo un buen uso de una base de datos en una corporación de alcance global”.
Otra anécdota de ese mismo viaje fue un comentario de resumen de nuestra visita a China con el entonces embajador Guerra Menchero. Durante la estancia previa en la India, después de visitas y recorridos en Nueva Delhi, viajamos por carretera hasta Agra para ver el Taj Mahal: el famoso monumento funerario que el emperador Shah Jahan construyó en 1654 para sepultar a su esposa Mumtaz Mahal. Ya en Delhi habíamos visto muchas familias viviendo en tiendas en situación de calle, pero en los trescientos kilómetros de carretera de Delhi a Agra en Uttar Pradesh pudimos ver a muchas personas que vivían con todas sus propiedades junto al camino, incluyendo aquellos que trabajaban en labores de la propia construcción y mantenimiento de la carretera. Vimos a madres cargando sus hijos a la espalda preparando adoquines y materiales de construcción a la vera de una tienda de tela junto a un fogón de leña sobre el que humeaba una cazuela, y no eran decenas, ni cientos, sino miles de personas que subsistían así por todo el recorrido de aquel largo camino. Las chatarras de autos chocados aparecían a cada trecho abandonados al costado de la vía.
Realmente era un espectáculo dantesco. Había muestras de una pobreza apocalíptica y aunque estas chabolas aparecían por todos lados, lo mismo en cualquier camino, que junto a los muros de modernísimas instalaciones universitarias y centros de investigación, el recorrido por carretera nos mostró una visión enorme de la pobreza en un país que, es casi un continente.
Después de aquello, en la visita a Beijing que también nos tomaría una semana, pudimos visitar muchas instalaciones de investigación y centros universitarios y académicos y aunque vimos muchas tiendas de vendedores ambulantes, nos llamó la atención que la gente vestía bien, se veía bien alimentada y trabajaban incansablemente, también en labores de la construcción, en proyectos que con tres turnos de trabajo no paraban nunca y en los que una grúa de doce pisos de altura trabajaba en el centro de la construcción de tres edificios iguales. En algunos lugares se veían puestos al aire libre que ofertaban comidas, pero en condiciones más adecuadas e higiénicas que las que pudimos ver en Delhi.
Le preguntó el embajador Guerra a Rosa Elena casi al final de la visita por sus impresiones y ella le contestó que después del viaje a la India, esta visita a China le confirmaba que habiendo visto los dos países más poblados del planeta, uno detrás del otro, se iba muy impresionada de los progresos de la ciencia en ambos, los que aún tenían un trecho grande que recorrer, aunque en ambos se podía apreciar un esfuerzo sistemático y considerable para avanzar en la investigación científica, pero que por encima de los ejemplos del progreso científico, la mayor impresión era regresar a Cuba convencida de la superioridad de una sociedad socialista sobre la barbarie del capitalismo, porque la comparación de ambas realidades que habíamos podido recorrer, eran un curso acelerado de marxismo para cualquier observador mínimamente interesado.
La tercera anécdota que les comentaré sucedió diez años más tarde en Budapest, durante las sesiones de la Conferencia Mundial de Ciencias de 1999. Ya en 1979, la Organización de las Naciones Unidas había convocado la Conferencia Mundial de Ciencia para el Desarrollo en Viena, la que estableció la Comisión del mismo nombre que presentó el informe sobre Nuestro Futuro Común en 1987 y Naciones Unidas convocó entonces la Conferencia de 1999 como un encuentro de científicos, organizado veinte años después por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) y el Consejo Internacional de las Ciencias (ICSU), para evaluar cómo construir una sociedad del conocimiento a partir de los avances científicos logrados en las últimas décadas, junto a las convicciones crecientes de que habría que lograr su aplicación para diseñar un desarrollo con sostenibilidad de las sociedades humanas, lo que ya se anunciaba como el eje de lo que serían los Objetivos del Milenio.
En aquel momento crucial, la organización de la conferencia y su convocatoria resultó un tanto tardía por presiones que recibía la UNESCO de parte de los Estados Unidos y falta de apoyo en general para convocar una conferencia con participación de Jefes de Estado, ya que el neoliberalismo comercial y financiero y la desaparición de la URSS unos años antes conformaban un panorama político muy complejo en el que el tema de la cooperación para el desarrollo estaba bajo ataque de la economía neoliberal.
Aunque la convocatoria fue hecha a los científicos y no estuvo prevista una preparación regional previa, en nuestra América Latina bajo los auspicios de las comunidades científicas y con el apoyo de los gobiernos de la región se convocaron dos reuniones sucesivas en Caracas y Santo Domingo para consensuar las posiciones de nuestra región con vistas a la Conferencia y de esta forma, en la sesión inaugural, correspondió a Rosa Elena ser la oradora a nombre de los países del Tercer Mundo en su conjunto y de la América Latina en particular. Por entonces, Rosa Elena era la única mujer ministra de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente en todo el mundo. El discurso de Rosa Elena de apenas doce minutos fue muy aplaudido, compartido y divulgado, e impactó con datos fehacientes sobre el creciente avance de las investigaciones científicas en muchos países del sur y de la necesidad de garantizar el acceso no sólo a los beneficios de la ciencia y la tecnología, sino también el derecho de participar en su creación de acuerdo a los intereses propios de los países del Tercer Mundo.
Después del discurso, la Dra. Lydia Makhubu, Vicerrectora de la Universidad de Suazilandia en Esuatini y presidenta de la Asociación de Mujeres Científicas del Tercer Mundo sostuvo un encuentro con Rosa Elena al cual le acompañamos la Dra. Lilliam Álvarez y yo. En aquella ocasión la Dra. Makhubu le felicitó por el desarrollo científico alcanzado en Cuba y le comentó que tenía noticias de que Cuba, además de tener a la primera mujer ministra de Ciencias, era líder en el mundo de la participación de las mujeres en la ciencia, por lo que era su deseo felicitarla no sólo por el discurso y por su posición como Ministra, sino por haber logrado aquel movimiento tan masivo de mujeres en las Ciencias, a lo que Rosa Elena rápidamente le respondió que ella no tenía otro mérito en ello que no fuera el de haber seguido el liderazgo de Fidel en la conducción de la Revolución cubana, que había emancipado no sólo al proletariado y al campesinado, sino que había promovido el derecho a la igualdad de la mujer en todos los aspectos de la sociedad y había construido un sistema nacional de ciencia y tecnología que ya por entonces tenía instituciones y colectivos trabajando en investigaciones en diversos campos, por lo que todo lo que la Dra. Makhubu comentaba había que agradecérselo a Fidel Castro, a lo que Makhubu respondió: “Claro, sí, yo la entiendo. Es que al gigante Fidel hay que agradecerle muchas cosas en este mundo”.
Rosa Elena no sólo fue una muy perspicaz observadora, sino también una comunicadora excepcional, que llegaba inmediatamente a cualquier interlocutor y marcaba su presencia desde la sonrisa hasta la precisión de su intelecto. Fue un verdadero privilegio haber podido compartir algunos momentos de su labor en pro de la Ciencia en Cuba y en todo el mundo.
Autor: Sergio Jorge Pastrana, investigador del Centro de Investigaciones de Política Internacional (CIPI). Miembro de Honor de las Academias de Ciencias de Cuba y del Caribe.
Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente de Cuba Presidencia Cuba ICS Cuba Ministerio de Educación Superior de la República de Cuba Centro Nacional de Sanidad Agropecuaria Centro Nacional de Áreas Protegidas de Cuba - CNAP Biocubafarma Naciones Unidas UNESCO