21/10/2025
A lo largo de la historia, la humanidad ha sido testigo de cómo el conocimiento, arduamente construido, puede esfumarse en un instante ante la barbarie, la intolerancia o la simple incuria. Tenemos ejemplos terriblemente concretos; la Biblioteca de Alejandría, faro del saber antiguo, reducida a cenizas en sucesivos incendios que silenciaron para siempre las voces de genios griegos y egipcios; la Casa de la Sabiduría de Bagdad, cuyos manuscritos tiñeron el Tigris de tinta y sangre bajo las hordas mongolas; la quema fanática de los códices mayas en la península de Yucatán, donde el fuego convirtió en humo siglos de astronomía, historia y mitología de una civilización brillante; o la biblioteca de Nalanda, que ardió durante meses llevándose consigo la esencia del pensamiento budista. Incluso en la era moderna, la Universidad de Louvain fue destruida dos veces en dos guerras distintas, demostrando que este impulso destructor perdura. Y más silenciosa, pero igual de devastadora, fue la pérdida del 99% de la literatura clásica, olvidada simplemente porque nadie volvió a copiar los frágiles papiros. Ante este panorama de cenizas y olvido, uno no puede evitar plantearse una pregunta inquietante:
¿Cuántas veces hemos tenido que reinventar la rueda, redescubrir un principio científico o recomponer una verdad filosófica que una civilización pasada ya había desentrañado, solo para perderla de nuevo en el fuego?
Esta pregunta nos lleva a un abismo de especulaciones. Es probable que el genio de un Arquímedes, cuyos tratados se ev***raron en el polvo de los siglos, contuviera intuiciones matemáticas que tardaríamos milenios en redescubrir. Quizás un erudito de Nalanda comprendió la naturaleza de la mente de un modo que la neurociencia aún no alcanza. Tal vez los astrónomos mayas, cuyos registros se consumieron en una pira de fé equivocada, habían mapeado ciclos cósmicos que permanecen ocultos para nosotros. Cada una de estas catástrofes no fue solo un paso atrás, sino la desaparición de un posible camino alternativo para la humanidad, un futuro truncado cuyo potencial ni siquiera podemos medir. Nos enfrentamos así a la idea más humilde y aterradora, el progreso no es una línea continua, sino una frágil escalera cuyos peldaños, con demasiada frecuencia, se desintegran bajo nuestros pies, condenándonos a subir una y otra vez desde la base, sin saber siquiera qué cimas habíamos ya conquistado en el pasado.
Esta reflexión histórica me lleva a otra pregunta sobre nuestro presente. Si en el pasado el conocimiento sucumbió al fuego y la piqueta, hoy enfrenta una amenaza más silenciosa pero igual de letal, su propia fragilidad digital. Está claro que el rol predominante en la sociedad es el de producir y, sobre todo, consumir; una existencia funcional. Pero para quienes son conscientes del valor del saber, existe una razón de ser más profunda, la de custodiar y transmitir la antorcha.
Y hoy, esa antorcha es inmensamente vulnerable. Hemos confiado la totalidad de nuestra memoria cultural, desde el arte hasta la ciencia a soportes digitales que dependen de un flujo constante y frágil de energía. Sistemas energéticos que son susceptibles al clima extremo, a las guerras, a las crisis geopolíticas y al simple colapso infraestructural. En nuestro afán por la inmediatez y la eficiencia, hemos abandonado progresivamente la sabia paciencia del papel, la resistencia física del libro que puede sobrevivir siglos en una estantería sin necesidad de un enchufe.
La pregunta ahora es:
¿estamos, sin saberlo, construyendo las condiciones para la próxima gran pérdida masiva de conocimiento? Una donde no hará falta fuego porque bastará con cortar el fluido eléctrico.
Daniel AS Revé