12/02/2026
Un pastor llamado Samuel recorría caminos polvorientos predicando el Evangelio, no en carro ni en moto, sino en su vieja bicicleta azul. Muchos lo respetaban, pero no todos. Don Ernesto, un hombre rencoroso y temido, lo odiaba porque su esposa había aceptado a Cristo y lo culpaba a él.
«Si vuelvo a verte cerca de mi casa, te irá mal», le advirtió furioso, pero Samuel solo respondió: «Hermano, usted también es amado por Dios».
Un día, la esposa de Ernesto enfermó y pidió que el pastor la visitara. Samuel fue sin dudarlo a orar por ella. Al enterarse, Ernesto tomó un palo y se escondió en la carretera esperando atacarlo. Minutos después, Samuel regresaba tranquilo en su bicicleta, tarareando un himno. Cuando Ernesto levantó el palo, quedó paralizado. El pastor iba rodeado de hombres altos, vestidos de blanco, iluminados por una luz suave, como un escudo invisible. Solo Ernesto pudo verlos. Temblando soltó el palo y cayó de rodillas.
Horas después llegó a la iglesia llorando. Pidió perdón y confesó que Dios había protegido al pastor. Samuel le dijo: «Cuando Dios envía, Dios acompaña y cambia corazones». Ese día, el hombre más rencoroso del pueblo entregó su vida a Cristo. Cuando Dios tiene un propósito, ninguna trampa prospera.