Historias de yunior

Historias de yunior Bienvenido a mi hermoso facebook

14/05/2026

El día que debía ser el más feliz de mi vida, mi prometido decidió humillarme frente a 200 personas.

Todo marchaba perfecto. La iglesia estaba decorada con miles de flores blancas y yo sentía que por fin vivía el cuento de hadas que me prometieron. Pero al llegar al altar, el ambiente cambió de golpe. Mateo sudaba a mares. Pensando que eran nervios, le agarré la mano para calmarlo, pero me soltó con un tirón brusco. Sentí su rechazo como un balde de agua fría.

El sacerdote empezó a hablar, pero Mateo no miraba al frente. Me miraba a mí, y juro que en sus ojos solo había un asco profundo. Se inclinó hacia mi oído y, con un tono que me revolvió el estómago, soltó su veneno.

—Mírate bien. Eres una inútil —susurró, con una sonrisa cruel—. Deberías dar gracias todos los días de que alguien de mi nivel rescate a una mu**ta de hambre como tú.

Sentí una bofetada invisible. Las lágrimas me traicionaron al instante y rodaron por mis mejillas. Escuché los murmullos de su adinerada familia en las primeras filas, seguramente pensando que yo lloraba de pura emoción y gratitud.

Pero la tristeza y el shock me duraron exactamente diez segundos.

Respiré hondo. El olor a incienso de la iglesia de repente me dio náuseas, pero mi mente se aclaró. Levanté la cabeza, lo miré a los ojos y vi cómo disfrutaba su poder sobre mí. Fue entonces cuando metí la mano en el escote de mi vestido y saqué mi celular.

—Eres un cobarde, Mateo —le dije en voz baja, pero firme—. Y si no te callas la boca ya mismo, le voy a mostrar a tu machista padre las fotos tuyas con tu "entrenador personal" en el hotel de Cancún.

Su sonrisa de superioridad se borró de un plumazo. Se puso más pálido que mi vestido. Le temblaron los labios y el sudor frío le empapó la frente.

—No te atreverías... —balbuceó, aterrorizado.

Sin pensarlo un segundo más, me giré y le arrebaté el micrófono de las manos al sacerdote.

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13/05/2026

El collar misterioso y el hombre el parque con el niño

13/05/2026

Nunca pensé que una simple cadena de oro arruinaría la vida de la persona más intocable de la oficina.

Trabajo en un concesionario de autos de lujo. De esos lugares con pisos de mármol brillante donde los clientes ni siquiera preguntan el precio de los vehículos. Ayer por la mañana, Marcos, uno de los chicos del equipo de limpieza, encontró algo en un Porsche que acababan de devolver.

Era una cadena de oro gruesa. Pesada. Brillaba de una forma que te hacía saber al instante que valía miles de dólares.

Marcos, que es más honesto que el pan, fue directo a la recepción. Se la entregó en la mano a Ángela.

—Es para que llames al cliente y se la devuelvas —le dijo, secándose el sudor de la frente.

Ángela sonrió con esa superioridad que siempre usa.

—Tranquilo, Marquitos. Yo me encargo de todo.

Pero algo no cuadraba. Las horas pasaron en la oficina y el cliente nunca fue llamado.

Desde mi escritorio, empecé a notar cosas raras. Ángela miraba su bolso cada cinco minutos. Le sudaban las manos y manchaba el teclado. Su risa fingida y escandalosa desapareció por completo. El aire en la recepción se sentía denso, pesado, como cuando sabes que está por caer una tormenta eléctrica.

Entonces, sucedió.

El señor Fuentes, nuestro jefe, salió de su oficina. Caminó directo hacia el escritorio de Ángela. Su rostro estaba rojo y las venas de su cuello se marcaban con fuerza.

Yo estaba a dos pasos de ellos, acomodando unos folletos. Pude ver y escuchar cada detalle.

—Ángela —dijo él, con una voz aterradora y sospechosamente baja—. El dueño del Porsche llamó. Dejó algo de muchísimo valor en el asiento. ¿Sabes algo al respecto?

El silencio fue ensordecedor. Pude ver cómo Ángela tragaba saliva con dificultad. Sus ojos bajaron por un milisegundo hacia su bolso semiabierto.

Alcancé a ver el destello dorado asomándose por la cremallera.

Ella levantó la barbilla, lo miró directamente a los ojos y soltó la peor mentira de su vida:

—No, señor Fuentes. Aquí nadie ha dejado absolutamente nada.

Lo que ella no sabía era lo que el jefe tenía en su propia mano, escondido detrás de su espalda.

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12/05/2026

El millonario estaba a punto de subir a su helicóptero cuando su empleado más humilde se atravesó en la pista de aterrizaje gritando que no lo hiciera.

Arturo ya tenía un pie en el estribo de la aeronave. Las hélices giraban con tanta fuerza que levantaban un remolino de polvo y pasto seco en medio de la inmensa hacienda. Olía fuertemente a combustible de aviación y a cuero nuevo. Todo parecía indicar que sería un viaje de negocios normal.

A unos treinta metros, en la terraza de la casa principal, su suegra, doña Carmen, lo despedía agitando la mano con una sonrisa apretada que nunca le llegaba a los ojos. Había algo raro, una tensión pesada en el aire. Los caballos en las caballerizas llevaban toda la mañana muy inquietos.

De pronto, Roberto, el viejo trabajador que llevaba treinta años partiéndose el lomo en esas tierras, salió corriendo de entre los árboles. Estaba pálido, sudando a chorros y agitaba su sombrero viejo desesperado.

—¡Patrón, no se suba! ¡Lo van a matar! —gritó Roberto, con la voz desgarrada, cayendo de rodillas sobre el asfalto caliente de la pista.

Arturo, asustado, le hizo una seña al piloto para que apagara los motores. El sonido de las aspas deteniéndose dio paso a un silencio escalofriante.

—¿De qué hablas, Roberto? —preguntó Arturo, bajando del aparato.

—Le cortaron las mangueras al helicóptero, patrón. Escuché a unos sicarios armados cerca del establo. ¡Y fue ella! —El anciano apuntó con su dedo nudoso y tembloroso directo a la terraza—. ¡Su suegra les pagó!

Doña Carmen bajó las escaleras casi corriendo, con el rostro desfigurado por la furia.

—¡Este viejo infeliz está borracho y loco! ¡Mándalo a golpear y a encerrar ahora mismo, Arturo! —chilló la mujer.

Arturo miró a ambos, con el corazón latiendo a mil por hora. Fue entonces cuando el campesino se levantó y soltó una propuesta que le congeló la sangre a todos los presentes.

—Si estoy mintiendo, patrón... dígale a la señora que se suba al helicóptero y dé una vuelta ella sola.

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12/05/2026

la niñ ael forrastero y el pan

11/05/2026

Nunca pensé que el olor a incienso barato me llevaría a descubrir al monstruo que yo misma le limpiaba la casa todos los días.

Llevaba tres años trabajando como ama de llaves para Don Alberto. Un abogado respetadísimo, siempre de traje impecable, de esos que te dan los buenos días con una sonrisa perfecta y te dejan buena propina.

Pero en esa mansión inmensa había una sola regla de oro: el sótano estaba estrictamente prohibido.

"Problemas de cimientos y humedad, Rosa. Es muy peligroso bajar", me decía siempre, cerrando la puerta con doble llave.

Todo cambió el martes pasado. Alberto se había ido a un viaje de negocios. Yo estaba trapeando el pasillo principal cuando escuché un rasguño. Algo rozaba la madera, justo debajo de mis pies.

Me quedé congelada. Después, escuché un quejido.

No era un perro o un gato. Sonaba como alguien tratando de respirar con la garganta reseca. El corazón me empezó a latir a mil por hora. Encontré la llave de repuesto en el despacho y bajé las escaleras del sótano a oscuras.

El olor a podrido mezclado con hierbas quemadas me revolvió el estómago al instante.

Prendí la linterna de mi celular y casi me desmayo del terror.

Ahí, en una esquina húmeda y oscura, había una jaula de perro oxidada. Pero adentro no había un animal. Era una mujer anciana. Estaba en los huesos, cubierta de mugre y rodeada de velas negras derretidas y símbolos extraños pintados con sangre seca en la pared.

—Por favor... agua... —susurró ella, estirando una mano temblorosa hacia mí.
—¿Señora? ¿Quién le hizo esta barbaridad? —lloré, cayendo de rodillas.
—Mi hijo... Alberto...

En ese preciso instante, escuché la puerta principal abrirse arriba. Los pasos pesados de los zapatos de cuero de Don Alberto resonaron en la madera. Venía directo hacia el sótano.

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ARTÍCULO WEB (PARTE 2 Y FINAL)

11/05/2026

Don Elías llevaba cincuenta años arreglando zapatos, pero esa mañana sintió un terror que le heló la sangre al escuchar los pasos acercándose a su puerta.

A sus 80 años, estaba en la ruina. El banco le había enviado la última advertencia de desalojo y su estómago rugía porque llevaba dos días a base de té y pan duro. El taller olía a pegamento viejo y desesperanza.

De pronto, el rugido de un motor rompió el silencio de la calle. Un auto negro y lujoso se estacionó justo frente a su humilde entrada. Los pasos de unos tacones resonaron contra el pavimento. Alguien golpeó la puerta. Fuerte. Seco.

—Ya voy... no tengo nada de valor aquí, se los juro —murmuró el anciano, con las manos temblando al girar la llave.

Al abrir, el olor a perfume caro invadió el taller. Frente a él había una mujer de traje impecable, con la mirada clavada en sus ojos cansados. Sin decir una palabra, entró y dejó caer un pesado maletín negro sobre el mostrador lleno de polvo.

Clic. Clic.

Abrió los seguros. Elías dejó de respirar. El maletín estaba repleto de gruesos fajos de billetes.

—Usted me dio todo cuando yo no era nadie —dijo la mujer con la voz rota.

De su bolsillo sacó un zapatito de cuero infantil, desgastado y roto. El mismo zapato que Elías le regaló a una niña descalza que lloraba de frío hace treinta años. Pero antes de que el anciano pudiera procesar el impacto, la mujer sacó del fondo del maletín un extraño sobre rojo con un sello lacrado.

Lo que había dentro de ese sobre estaba a punto de cambiarlo todo para siempre.

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10/05/2026

"No lloren más por ellos, ellos no están mu***os", nos dijo la niña mientras señalaba las tumbas vacías.

Mi esposo y yo estábamos destrozados. Hacía dos semanas que habíamos "enterrado" a nuestros mellizos, un niño y una niña, tras un supuesto accidente en la guardería donde los cuerpos quedaron irreconocibles. El dolor era un hueco en el pecho que no me dejaba respirar.

Íbamos al cementerio cada tarde. El olor a flores secas y tierra mojada ya se me había pegado a la ropa. Ayer, mientras limpiábamos la lápida, una niña de unos seis años, con un vestido blanco un poco sucio, se acercó a nosotros. No había nadie más cerca.

— Señora, ¿por qué llora tanto? —preguntó con una voz demasiado tranquila.

— Porque extraño a mis hijos, mi amor —le respondí secándome las lágrimas.

La niña ladeó la cabeza y soltó una frase que me heló la sangre:
— Pero ellos no están ahí abajo. El señor de la camioneta negra se los llevó vivos. Los escuché llorar cuando los metían al sótano de la casa grande.

Mi esposo se puso pálido.
— ¿De qué hablas, niña? ¿Qué casa? —le dijo casi gritando.

— La de la reja roja. Ellos están encerrados, pero no mu***os. Él dice que ahora son suyos.

Sentí un escalofrío que me recorrió la columna. Recordé que el dueño de la funeraria tenía una camioneta negra y una casa con rejas rojas a solo tres cuadras del cementerio. Salimos corriendo de allí, con el corazón en la boca, sin saber que lo que estábamos por encontrar cambiaría nuestra vida para siempre.

Cuando llegamos a esa casa y nos asomamos por la rendija del sótano, vi algo que me hizo caer de rodillas.

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10/05/2026

Llevaba cinco años postrada en esa silla de ruedas, esperando la muerte, hasta que un vagabundo se acercó a mi banco en el parque.

Hacía frío. El parque estaba casi vacío. Yo solo miraba mis piernas inertes, odiando a los médicos que me mintieron y a un Dios que sentía que me había abandonado por completo. De pronto, sentí un olor fuerte. A tierra mojada, a sudor viejo, a calle. Una sombra cubrió el sol.

Era un muchacho. Ropa muy sucia, zapatos rotos. Pero sus ojos… no eran normales. Tenían un brillo extraño, casi dorado, que me incomodó muchísimo.

—Señora, tengo mucha sed —me dijo con voz ronca—. ¿Me regala un poco de su agua? Si lo hace, le juro que hoy mismo va a caminar.

Sentí rabia. ¿Se estaba burlando de mi desgracia? Pero al verlo temblar, me dio lástima. Le pasé mi botella sin mirarlo a la cara.

—Tómatela toda. Pero no juegues con eso, muchacho. Ya no tengo esperanza de nada.

Él bebió despacio. Al terminar, no me devolvió la botella. Se arrodilló lentamente frente a mis piernas de trapo. De repente, el frío de la tarde desapareció. Un calor insoportable empezó a salir de sus manos sucias. No era un calor normal; quemaba desde adentro hacia mis huesos mu***os.

Miré a mi alrededor buscando ayuda, asustada. Pero entonces vi algo imposible. El aire temblaba alrededor del muchacho, como si él estuviera envuelto en una luz dorada y palpitante que dolía mirar. Levantó la cabeza, me miró fijamente y susurró algo que me heló la sangre. Al instante, mis dedos del pie derecho, mu***os por años, se movieron.

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09/05/2026

Nadie sospecha de una chica bonita llorando a gritos en la cubierta de un yate.

Camila, de 25 años, tenía la coartada perfecta. "¡Mi abuela resbaló! ¡No pude atraparla!", le gritaba a la guardia costera, ahogada en un mar de lágrimas falsas.

Pero un par de horas antes, la historia fue muy distinta. El mar estaba oscuro, pesado y en calma. La abuela Rosa, de 90 años, miraba el horizonte apoyada en la baranda. Camila se acercó por detrás, en silencio. Olía a perfume caro y a pura ambición.

—Esa herencia me toca a mí, vieja inútil —susurró Camila directo en su oído.

Y con un empujón seco y despiadado, la mandó al agua helada.

El sonido del cuerpo golpeando el mar fue rápido. Luego, solo quedó el silencio. Camila sonrió en la oscuridad, se sirvió una copa de champaña y se despeinó para empezar a actuar la tragedia.

Esa misma noche, mientras las autoridades "buscaban" el cuerpo, Camila ya estaba en la zona VIP de la discoteca más exclusiva de la ciudad. Brindaba con sus amigos, celebrando sus nuevos millones.

—Por los nuevos comienzos —dijo ella, levantando su trago.

Pero Camila cometió un error terrible. Un detalle que olvidó por culpa de su avaricia.

A kilómetros de ahí, en una playa desierta y oscura, el agua se agitó violentamente. Una figura pequeña emergió de las olas, arrastrándose por la arena.

Era Rosa. Empapada. Escupiendo agua salada y algas.

Tenía 90 años, sí, pero fue campeona nacional de natación en su juventud.

Sus ojos brillaban en la oscuridad, llenos de una rabia pura, helada y asesina. Miró hacia las luces de la ciudad a lo lejos y apretó los puños llenos de arena mojada.

—Vas a desear haberme matado bien, maldita mocosa.

El plan de venganza que armó esa noche en la playa te dejará helado.

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