09/09/2026
Lo que no se olvida
Por: Patricia Arache
A propósito del artículo de la semana pasada, hemos recibido decenas de reacciones desde distintos litorales, la mayoría de las cuales coinciden con la formulación de la pregunta: ¿Qué pasa con el Premio Nacional de Periodismo?
Por justicia y agradecimiento, debemos decir que no faltó la aclaración de que los organizadores, es decir, el Gobierno, a través del Ministerio de Educación (MINERD), con el aval del Colegio Dominicano de Periodistas (CDP), ya entregó el premio en metálico a por lo menos dos de los tres seleccionados, que, por falta de información, suponíamos completamente ignorados.
Sin embargo, la ausencia del protocolo, del detalle, de la elegancia y del verdadero reconocimiento público pesa hoy más que nunca. La entrega del incentivo económico, aunque importante, no sustituye el acto solemne que durante décadas distinguió a quienes dedicaron su vida al ejercicio del periodismo.
Como expresó uno de los periodistas galardonados en años recientes: “Han pagado el componente económico, que se gasta y olvida, pero lo más importante es el reconocimiento, que no se olvida”. Esa reflexión resume el verdadero valor del Premio Nacional de Periodismo y deja en evidencia que el homenaje trasciende el aspecto monetario para convertirse en un acto de memoria y gratitud colectiva.
El Premio Nacional de Periodismo fue instituido mediante el Decreto núm. 74-94, del 28 de marzo de 1994, como el máximo galardón a la trayectoria periodística en la República Dominicana, y posteriormente fue ratificado en el año 2002. Desde entonces y hasta el 2023, la premiación se realizaba bajo un protocolo solemne con la presencia del presidente de la República, el ministro de Educación y las autoridades del Colegio Dominicano de Periodistas.
Durante esos años, hombres y mujeres de distintas generaciones recibieron no solo un incentivo económico, sino también el homenaje de sus colegas, familiares, amigos y autoridades. Los discursos, las semblanzas, la entrega del pergamino, los abrazos y los reencuentros convertían la ceremonia en un reconocimiento imborrable a toda una vida dedicada a informar con responsabilidad.
No obstante, en las ediciones correspondientes a 2024, 2025 y 2026, el componente económico se ha cumplido, pero la ceremonia pública ha desaparecido. La interrogante sigue siendo la misma: ¿qué pasa con el Premio Nacional de Periodismo? Podrán alegarse compromisos de agenda, coyunturas o fallas de coordinación, pero ninguna explicación logra justificar la ausencia de un acto que representa la esencia misma del reconocimiento.
El Premio Nacional de Periodismo no puede reducirse a la entrega de un cheque. Al omitirse la ceremonia, también se priva al país de reconocer públicamente el aporte de la prensa a la democracia y de preservar una tradición que honra la historia del periodismo dominicano.
Restaurar los protocolos históricos no sería un capricho, sino una necesidad para devolver al galardón el prestigio y la solemnidad que siempre lo caracterizaron. Porque el incentivo económico es pasajero, mientras que el reconocimiento público permanece en la memoria de los homenajeados, de sus colegas y de toda la sociedad.
Con esa esperanza concluye esta reflexión: que las autoridades rectifiquen este desatino y devuelvan al Premio Nacional de Periodismo el lugar que merece, reafirmando así el respeto por la dignidad de la profesión periodística y por quienes han dedicado su vida al servicio de la información.