02/08/2026
¿Quién dijo que una niña necesita maquillaje para ir a la escuela?
La respuesta a esa pregunta merece un debate sereno y respetuoso. La infancia es una etapa en la que los niños y las niñas construyen su identidad, desarrollan su autoestima y aprenden valores que los acompañarán toda la vida. Por eso, muchos educadores y familias consideran que el entorno escolar debe priorizar el aprendizaje, la convivencia y el desarrollo integral por encima de aspectos relacionados con la apariencia física.
La reconocida psicóloga Jean Twenge, quien ha investigado el impacto de la cultura de la imagen en niños y adolescentes, advierte que la creciente preocupación por la apariencia puede influir en la autoestima y aumentar la presión social desde edades cada vez más tempranas. Su trabajo invita a reflexionar sobre la importancia de fortalecer la confianza, las habilidades y el carácter de los estudiantes antes que fomentar la idea de que su valor depende de cómo lucen.
Esto no significa juzgar a las familias ni cuestionar las decisiones personales de cada hogar. El maquillaje puede formar parte de expresiones culturales, artísticas o de celebraciones especiales. Sin embargo, cuando se convierte en una práctica habitual dentro del contexto escolar, es válido preguntarse si estamos enviando el mensaje correcto sobre las prioridades de la educación. La escuela debería ser un lugar donde los estudiantes sean reconocidos por sus esfuerzos, sus conocimientos, su creatividad y sus valores, no por su apariencia.
Más que abrir un debate sobre el maquillaje en sí, la verdadera discusión debería centrarse en el tipo de infancia que queremos proteger y en el papel que deben desempeñar la familia y la escuela en esa formación. Educar también implica enseñar que la belleza más importante es la que nace del respeto, la responsabilidad, la empatía y la confianza en uno mismo. Solo así estaremos formando personas preparadas para enfrentar la vida con seguridad y criterio propio.