08/01/2026
Leer no es innato: el desafío de aprender desde la concepción neuropsicológica y la cultura.
Por Rafael Sanz
Psicólogo neuroclínico y educativo.
Leer parece hoy una habilidad tan natural como hablar, aunque desde el punto de vista biológico no lo sea. La ciencia ha demostrado que esta percepción es engañosa. A pesar de que ambos procesos están estrechamente relacionados, el lenguaje oral y la lectura no comparten el mismo origen biológico. A diferencia del lenguaje oral, para el cual el ser humano posee una predisposición neurobiológica, la lectura no está inscrita en nuestros genes. El cerebro humano no cuenta con la estructura psicobiológica para leer: aprendió a hacerlo en el tiempo.
De conformidad con el reputado lingüista norteamericano Noam Chomsky, desde el nacimiento, el ser humano está biológicamente preparado para adquirir el lenguaje hablado de manera espontánea. La neurociencia ha demostrado que el cerebro infantil posee circuitos especializados para la percepción y producción del habla, que se activan de manera espontánea con la exposición al entorno lingüístico. Esta capacidad explica por qué los niños neurotípicos adquieren el habla sin instrucción formal sistemática, y por qué, durante los primeros años de vida, pueden adquirir cualquier lengua del mundo con una facilidad incomparable.
Esta versatilidad lingüística se explica por la existencia de un período sensible del desarrollo cerebral, durante el cual las redes neuronales del lenguaje son altamente plásticas. En los primeros años de la niñez, el cerebro puede adaptarse a los sonidos, ritmos y estructuras de cualquier idioma. Pasado este período, la adquisición de nuevas lenguas sigue siendo posible, pero requiere mayor esfuerzo cognitivo y rara vez alcanza la fluidez nativa.
La lectura, en cambio, no sigue este camino natural. Desde la neurociencia cognitiva, la lectura se reconoce como una habilidad cultural adquirida, que exige una reorganización funcional de redes cerebrales originalmente destinadas a otros fines. Conforme Stanislas Dehaene (2009), el aprendizaje lector depende de la interacción entre la experiencia educativa y la maduración del sistema nervioso central. A diferencia del lenguaje oral, la lectura no se adquiere de manera espontánea ni automática, sino que requiere enseñanza y entrenamiento sistemáticos.
La neurocientífica Maryanne Wolf subraya que el cerebro humano no posee un circuito genéticamente programado para la lectura. Esta surge gracias a un proceso de reciclaje neuronal, mediante el cual áreas relacionadas con la visión, el lenguaje oral y la memoria se adaptan para procesar símbolos escritos. La lectura es, así, una invención cultural reciente, ejecutada por un cerebro evolutivamente antiguo.
Desde una perspectiva histórica, este fenómeno resulta revelador. La escritura apareció hace unos cinco mil años, cuando los sumerios, en Mesopotamia, desarrollaron los primeros sistemas gráficos para registrar informaciones. Asociar signos visuales con objetos y conceptos, permitió administrar sociedades complejas y transmitir conocimiento más allá de la oralidad. No obstante, este avance cultural no alteró la biología humana: fue el cerebro el que se reconfiguró para responder a la escritura y la lectura.
Bases neuroanatómicas de la lectura
Para explicarnos mejor, la lectura requiere la reorganización y coordinación de una red distribuida de áreas corticales. Entre ellas, el área 44 de Brodmann; tradicionalmente asociada al lenguaje expresivo. Esta cumple un rol central en la articulación subvocal y en el control fonológico durante el acto lector (Price, 2012). Cuando la lectura no se enfrenta de manera sistemática y consciente, esta red no logra consolidarse de forma eficiente, lo que genera interferencias en la decodificación, la fluidez y la comprensión.
En particular, La falta de control fonológico impide automatizar la conversión grafema-fonema y compromete la comprensión lectora. De igual forma, la corteza temporal superior cumple un papel central en el procesamiento fonológico y en la discriminación de los sonidos del lenguaje, mientras que la corteza parietal posterior interviene en la integración viso-espacial y lingüística necesaria para vincular los símbolos gráficos con unidades lingüísticas. (Shaywitz, 2003).
La consolidación lectora suele producirse alrededor de los 6 o 7 años, coincidiendo con un período clave de maduración sináptica y mielinización axonal. Durante esta etapa, los circuitos del lenguaje se estabilizan y la mielina permite una transmisión más rápida y precisa de la información (Kandel et al., 2021). Además de contar con el desarrollo del hipocampo, centro de almacenamiento, memoria y aprendizaje del cerebro.
Leer en sentido neurofuncional, expande la conectividad cerebral.
La neurociencia ha demostrado que el idioma que aprendemos a leer deja huellas distintas en el cerebro. Las lenguas logográficas, como el chino, activan redes neuronales diferentes a las utilizadas en idiomas alfabéticos como el español. Mientras los sistemas logográficos fortalecen conexiones viso-espaciales y de memoria visual, los alfabetos fonéticos refuerzan el procesamiento sonido-letra. En todos los casos, aprender a leer transforma la arquitectura cerebral.
Estudios de la Universidad de Texas han observado que al leer se activan redes neuronales que se extienden desde el lóbulo frontal hasta el temporal, creando nuevas vías con cada palabra. Mientras que investigaciones de Harvard han identificado la activación del área de forma visual de palabras, entre los lóbulos occipital y temporal y del lóbulo parietal superior. Leer al menos 20 minutos al día, literalmente, expande el cerebro.
El desafío de la lectura en la era digital
La lectura debe ser cuidadosamente enseñada, y en esto, el entorno cobra un papel decisivo. En un contexto dominado por el consumo digital, la lectura fragmentada y la sobre estimulación, surgen interrogantes sobre cómo se están formando los cerebros lectores. Estos hábitos podrían debilitar procesos asociados a la atención sostenida, la comprensión profunda y el pensamiento crítico.
Al concluir, queremos aclarar que no se trata de demonizar la tecnología, sino de asumir una responsabilidad colectiva ante esta realidad. Si el cerebro lector es plástico y moldeable, también es vulnerable. Comprender que nacemos para hablar, pero no para leer, es un llamado urgente a cuidar, enseñar y preservar la lectura profunda en un mundo cada vez más acelerado. En tal sentido, la manera en que leemos hoy, influirá directamente en la forma en que pensemos mañana.
Fuentes consultadas:
Wolf, M. (2018). Reader, Come Home: The Reading Brain in a Digital World. HarperCollins.
Dehaene, S., Cohen, L. (2011). “The unique role of the visual word form area in reading”. Trends in Cognitive Sciences, 15(6).
Dehaene, S. (2009). Reading in the Brain: The New Science of How We Read. Viking.
Wolf, M. (2007). Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain. HarperCollins.
Perfetti, C. A., Liu, Y., Tan, L. H. (2005). “The lexical constituency model”. Psychological Review.
Ong, W. J. (1982). Orality and Literacy. Routledge.