07/06/2025
“Aquello no fue una salida, fue una ruptura violenta con la patria.”
En abril de 1980, la historia de Cuba se partió en dos. Cinco meses antes del éxodo, un grupo de ciudadanos cubanos se lanzó sobre la embajada del Perú en La Habana buscando asilo. Fidel Castro, en un movimiento inesperado, retiró la protección policial de la sede. El resultado: más de 10,000 personas se apiñaron en aquel terreno reducido, durmiendo sobre el cemento, sin agua ni comida, entre el miedo y la esperanza. Fue entonces cuando se abrió el puerto de Mariel.
Entre abril y octubre, más de 125,000 cubanos partieron hacia Estados Unidos en embarcaciones precarias. No eran delincuentes, como decía el discurso oficial. Eran padres, hijos, maestros, homosexuales, soñadores, inconformes. El gobierno cubano aprovechó el caos para infiltrar en los barcos a presos comunes, enfermos mentales y personas consideradas “indeseables”. El objetivo era claro: contaminar el exilio con el estigma.
Pocos saben que muchos de los marielitos fueron humillados antes de zarpar. Les raparon la cabeza, los golpearon en plena calle, los obligaron a gritar consignas a favor de un sistema que los expulsaba. Algunos fueron encarcelados por semanas antes de ser “liberados” para irse. No todos llegaron. El mar no perdona.
Hoy, 40 años después, el Exilio del Mariel no es solo una página más en los libros. Es una herida abierta. Un recordatorio brutal de lo que ocurre cuando un país obliga a sus hijos a marcharse bajo insultos, mientras el mundo mira en silencio. Porque hay despedidas que no liberan, solo duelen.