13/10/2025
Sentada en una mesa distante, escuchaba un grupo de chicas hablar de la vida, no recuerdo qué hablaban o qué les dije, solo sé que luego de acercármeles, una de ellas con mirada tierna me dijo: “A usted se le nota que ha vivido y experimentado mucho”, a lo que yo respondí con cierta añoranza impregnada en la voz: “Así es, pero algo me dice que ésta, es mi última vida”.
No sé si fue una epifanía, pero ese sueño se sintió tan real que me desperté con cierta angustia, como si el sueño me dijo que estaba desperdiciando mi tiempo, que ya era hora de ser feliz.
Creo en muchas cosas, una de ella es la reencarnación, pero no así como en las películas, que una recuerda todo; lo veo más como dice Cultura Profética, una sensación de que esto lo había sentido, “De antes”.
Por eso no he dejado de pensar en ese sueño y una sensación inexorable se ha apoderado de mi desde ese día, como si la joven del sueño fuese una versión pasada de mí, recordándome que viva, que tome las decisiones correctas, que me despida de lo que me tenga que despedir; y que recuerde, aun en la acrimonia de mis culpas, que merezco terminar mi última vida, llena del hedonismo que siempre he deseado.
Desde ese día de agosto, más veces de las que imaginé, esa conversación, tan vívida y real que puedo escuchar mi voz recitando las palabras, me visita y me deja con esa sensación inefable de que algo estoy haciendo mal.
Ese sueño constantemente me visita despierta, como avisándome que, si indudablemente esta es mi última reencarnación, me faltan muchas cosas por hacer, muchos sueños por cumplir, palabras por compartir, lugares que visitar, música que bailar, abrazos que dar y besos que recibir; porque recalcitrantemente, quiero pletóricos, esos siete minutos finales.
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