03/01/2026
Una foto, muchas emociones: cómo el poder se lee hoy desde el celular
Por años, una imagen de líderes conversando en privado habría pasado como una nota de sociedad o un gesto diplomático. Hoy no. En la era del teléfono inteligente, una foto es un acontecimiento político completo, capaz de activar sospechas, lecturas emocionales y juicios instantáneos. Eso ocurrió con las imágenes del expresidente estadounidense Bill Clinton junto al presidente Luis Abinader y el expresidente Leonel Fernández durante el asueto de fin de año en Punta Cana.
No importa tanto qué se habló —eso casi nunca se sabe— sino qué comunica la imagen cuando circula sin contexto en el celular del ciudadano. La política contemporánea ya no se procesa en comunicados oficiales, sino en pantallas pequeñas, a través de emociones rápidas.
Para los jóvenes, la foto refuerza una percepción que ya existe: “ellos se entienden entre ellos”. El mensaje que reciben no es diplomacia, sino élite. No genera indignación inmediata, pero sí cinismo. Es el terreno fértil donde crece el discurso antisistema y el atractivo del outsider digital.
La clase media urbana reacciona distinto. No rechaza la imagen, pero pregunta. ¿De qué hablaron? ¿Haití? ¿Migración? ¿Presiones internacionales? El silencio institucional no tranquiliza; alimenta la especulación, sobre todo en WhatsApp, donde la duda se vuelve audio reenviado.
En los sectores populares urbanos, la imagen pasa con menor intensidad. No hay enojo ni entusiasmo: hay distancia. “Eso es gente grande”. El riesgo aquí es diferido: si luego estalla una crisis social, la misma foto puede re-leerse como símbolo de desconexión.
En zonas rurales y semiurbanas, la lectura suele ser más benévola. Se interpreta como diplomacia normal, incluso como señal de respeto internacional. Y entre adultos mayores, predomina la tranquilidad: continuidad institucional, orden, política “de alto nivel”.
La clave es entender que una misma imagen activa emociones distintas según el segmento, y que ninguna se controla con discursos largos. En 2028, quien gobierne o aspire a gobernar deberá asumir una verdad incómoda: no basta con actuar bien; hay que evitar que el celular convierta las acciones en sospecha.
Estas fotos no provocan un rechazo masivo, pero refuerzan la narrativa de política de élites. Eso no es letal hoy, pero mal gestionado puede acumular desgaste mañana. En tiempos de hiperconectividad, la pregunta ya no es si se debe explicar todo, sino cuándo y cómo contextualizar antes de que la emoción haga su propio relato.
Porque en la política dominicana que viene, una imagen sin explicación no queda en silencio: queda en manos del algoritmo y de la emoción. Y ahí, casi siempre, gana la sospecha.