23/08/2026
El universo de los influencers: cuando mostrar la vida se convierte en mostrar la miseria ajena
Vivimos en una época en la que una cámara puede convertir una vida cotidiana en un espectáculo y, al mismo tiempo, convertir la vida de otras personas en contenido.
El fenómeno de los influencers y creadores digitales ha cambiado la manera en que millones de personas consumen historias. Ya no solamente seguimos noticias, documentales o programas de televisión. Seguimos personas. Personas que nos abren las puertas de sus casas, de sus viajes, de sus relaciones y, aparentemente, de sus vidas.
Pero detrás de esa aparente cercanía existe una pregunta incómoda:
¿Cuánto de lo que vemos es realidad y cuánto es una puesta en escena diseñada para que alguien parezca extraordinario?
Hay creadores que han construido una narrativa basada en mostrar una vida idílica: hoteles, viajes, restaurantes, coches, experiencias exclusivas y una sucesión permanente de momentos aparentemente perfectos.
Y mientras más extraordinaria parece su vida, mayor es la distancia que se crea con quienes observan desde el otro lado de la pantalla.
Pero existe otra tendencia todavía más polémica.
La de viajar a determinados países y buscar, casi siempre, los lugares más pobres, las calles más deterioradas, las viviendas más humildes y las situaciones más difíciles.
El problema no está en mostrar la pobreza.
Mostrar una realidad social puede ser necesario. Puede servir para denunciar, concienciar y dar voz a quienes normalmente no la tienen.
El problema aparece cuando la pobreza deja de ser el tema y se convierte en el escenario perfecto para que el creador construya su propio personaje.
Una persona entra en un barrio humilde con una cámara, muestra una familia que sobrevive con muy poco y después regresa a su hotel, a su restaurante o a su mundo de comodidades.
Y entonces aparece una pregunta que cada vez más espectadores comienzan a hacerse:
¿Estamos viendo un documental sobre esas personas o estamos viendo una película sobre el propio influencer?
Porque existe una diferencia enorme entre contar una realidad y utilizarla para alimentar una imagen personal.
Cuando la cámara apunta hacia una persona que tiene menos recursos, esa persona no debería convertirse simplemente en el contraste necesario para que otra parezca más afortunada.
La pobreza no debería ser un decorado.
La necesidad no debería convertirse en entretenimiento.
Y la dignidad de una persona no debería depender de cuántas visitas puede generar su desgracia.
También existe una segunda ilusión: la idea de que la vida del influencer es permanentemente extraordinaria.
Pero detrás de una publicación de treinta segundos pueden existir horas de edición, múltiples tomas, planificación, acuerdos comerciales y una selección cuidadosa de aquello que nunca aparece delante de la cámara.
El espectador recibe el resultado final.
No recibe necesariamente la realidad completa.
Y eso puede generar una comparación injusta.
Alguien mira una pantalla y piensa:
"Todos viajan menos yo."
"Todos tienen dinero menos yo."
"Todos son felices menos yo."
"Todos viven experiencias extraordinarias menos yo."
Pero quizá estamos comparando nuestra vida completa con los mejores fragmentos cuidadosamente seleccionados de la vida de otra persona.
Y ahí está una de las grandes paradojas de esta época:
Nunca habíamos tenido tantas ventanas para mirar la vida de los demás y, al mismo tiempo, nunca había sido tan fácil olvidar que esas ventanas también tienen un marco.
No todos los influencers hacen esto. Sería injusto meter a todos en el mismo s**o.
Existen creadores que utilizan sus plataformas para informar, educar, denunciar injusticias, descubrir culturas y contar historias con respeto.
Pero precisamente por eso resulta necesario distinguir entre el creador que muestra una realidad para que el mundo la conozca y aquel que necesita una realidad ajena para construir su propia superioridad.
Porque al final, una cámara no solamente graba.
También selecciona.
Y aquello que decidimos mostrar dice tanto de nosotros como aquello que decidimos ocultar.
Quizá el verdadero éxito de un creador no debería medirse únicamente por sus millones de visualizaciones, sino por la manera en que trata a las personas que aparecen delante de su cámara.
Porque visitar un lugar pobre no convierte automáticamente a nadie en periodista.
Mostrar una vida lujosa no convierte automáticamente a nadie en triunfador.
Y tener millones de seguidores tampoco convierte automáticamente a nadie en superior.
Tal vez la reflexión más importante sea mucho más sencilla:
No todo lo que parece extraordinario es extraordinario. Y no toda persona que aparece en una pantalla es protagonista de su propia historia.
A veces, simplemente está siendo utilizada como parte del escenario de la historia de alguien más.
Y en una sociedad donde prácticamente todo puede convertirse en contenido, quizás ha llegado el momento de preguntarnos no solamente qué queremos ver, sino también qué estamos dispuestos a consumir para entretenernos.
Porque detrás de cada imagen hay una persona.
Y detrás de cada persona hay una vida que merece algo más que convertirse en una cifra de visualizaciones.