Dios te llama

Dios te llama Dios te ama relata las mejores historias

06/09/2026

Me ofrecieron entrar sola al corral del toro más peligroso de la ganadería, y los capataces se rieron en mi cara cuando acepté el reto.

—Vete a la cocina, muchacha, esto es para hombres de verdad —me dijo el mayor con una sonrisa burlona, cruzándose de brazos frente a la cerca de madera.

Llevaba mis botas de cuero desgastadas, el sombrero polvoriento y las manos firmes. No vine a pedir favores, vine a demostrar de qué estoy hecha. Toda la vida me ha tocado abrirme paso en un mundo de hombres que creen que por llevar falda somos de cristal.

—Abran la puerta del chiquero. No vine a perder el tiempo —les contesté sin bajar la mirada, sosteniendo la soga de cáñamo con absoluta seguridad.

El animal pateaba la tierra con furia, echando espuma por la boca y sacudiendo los cuernos afilados como cuchillos.

Mis compañeros apostaban a que no aguantaría ni diez segundos de pie dentro del ruedo.

Entré paso a paso, sintiendo el peso del silencio absoluto de los mirones. El toro bufó, bajó la cabeza directo hacia mí y arrancó a correr a toda velocidad para embestirme.

Justo cuando todos cerraban los ojos esperando lo peor, levanté la mano y le chiflé de una manera tan exacta que el animal frenó en seco a centímetros de mis botas.

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06/09/2026

Se burló de mi puesto ambulante de tamales, me tiró una moneda al suelo y me dijo que mi vida entera no valía lo que costaba su chamarra.

Llevaba tres horas soportando el frío de la madrugada en la esquina, con las manos entumecidas de amasar y servir.

El muchacho venía bajando de un auto último modelo, oliendo a perfume caro y con una actitud de prepotencia insoportable. Me vio con desprecio, pateó una de mis servilletas y se rio a carcajadas frente a sus amigos.

—Despiértate, viejo hambriento, que aquí solo estorbas con tu olla mugrosa —me gritó con una sonrisa cínica, agachándose apenas para dejar una moneda sucia sobre mi mesa—. Cómprate una vida o un negocio de verdad.

No me enojé. No le grité.

Apreté los dientes, limpié mis manos en mi delantal gastado y saqué el teléfono viejo de mi bolsillo. Marqué un número directo con total tranquilidad y puse la llamada en altavoz.

—Buenas tardes, licenciado. Soy el ingeniero Vargas. Confirme de inmediato el embargo total de las cuentas y propiedades de la constructora del joven que tengo enfrente —le ordené con voz fría y firme.

El color se le esfumó de la cara al muchacho en un segundo.

La sonrisa se le congeló, el teléfono se le cayó de las manos y, al escuchar mi apellido completo, el arrogante presumido cayó de rodillas ante mis pies.

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05/09/2026

Me bloqueó el paso en la entrada del mercado, sacó el pecho y me enseñó los brazos llenos de tatuajes buscando pelea.

"Hazte a un lado, viejo, si no quieres salir con marcas que no se borran", me dijo con una sonrisa cínica, creyendo que me iba a temblar la voz del miedo.

Yo iba con mi ropa de trabajo, mis botas gastadas y mi café en la mano. No soy de buscar problemas, pero tampoco me dejo intimidar por cualquiera que crea que por traer tinta en la piel ya se adueñó de la calle.

—Tranquilo, muchacho. La calle no es de nadie —le contesté con calma, dándole un sorbo a mi vaso.

Él se rio a carcajadas, empujándome el hombro con fuerza para hacerme a un lado frente a toda la gente que miraba asustada.

—¿Qué pasa? ¿Te comiste la lengua el miedo? Lárgate antes de que te enseñe cómo tratamos a los cobardes por aquí.

Se sentía intocable. Creía que su actitud de matón lo hacía dueño de la situación.

No grité. No me puse a discutir.

Simplemente saqué mi placa federal del bolsillo interior de mi chamarra y levanté la vista para mirarlo directo a los ojos.

El bravucón tragó saliva de golpe, la sonrisa se le borró al instante y el color se le fue de la cara cuando reconoció mi apellido bordado en el uniforme.

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04/09/2026

Me bloquearon el paso en el estacionamiento y se burlaron de mi ropa vieja frente a todos.

"Muévete de ahí, viejo, que vas a ensuciar la pintura", me dijo la chica más popular de la universidad, mirándome con puro asco mientras sus amigas se reían a carcajadas.

Llevaba mis jeans rotos de trabajar toda la mañana en el taller mecánico, la gorra gastada y las manos llenas de grasa. No soy de pelear, así que solo me quedé callado un segundo.

Ellas estaban recargadas sobre el cofre de un deportivo negro de lujo, de esos que cuestan una fortuna, tomándose fotos para presumirlas en sus redes sociales como si fuera suyo.

—¿Qué pasa? ¿Nunca habías visto un auto de verdad? —me retó ella, cruzándose de brazos con suficiencia—. Mejor vete a pedir limosna a otro lado, aquí estorbas.

El vigilante del lugar se acercó corriendo para correrme a mí, sin decirles nada a ellas.

Me solté de su mano, me metí despacio al bolsillo de mi sudadera sucia y saqué el llavero con el logotipo grabado.

Presioné el botón de encendido remoto.

Las luces del deportivo parpadearon al instante y el motor V12 rugió con tanta fuerza que hizo temblar el pavimento.

Las risas se apagaron de golpe. Las caras se les pusieron pálidas y la chica popular se quedó con la boca abierta, incapaz de cerrar los ojos de la impresión.

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03/09/2026

Pasé siete años pudriéndome en una celda. Lo único que me mantuvo cuerdo en ese in****no era la esperanza de salir y volver a abrazar a mi viejo.

Me liberaron esta mañana. Llevaba la misma ropa gastada con la que entré y apenas unos pesos en el bolsillo. Caminé directo a la casa de mi padre. Quería pedirle perdón, decirle que ahora era un hombre nuevo.

Pero cuando llegué, me quedé paralizado. Había dos autos del año estacionados afuera y la fachada estaba llena de lujos que mi viejo jamás habría comprado.

Toqué el timbre con el corazón latiendo a mil por hora.

La puerta se abrió de golpe. No fue mi papá quien salió. Era ella. Mi madrastra.

Estaba vestida con ropa carísima, llena de joyas de oro y con una copa en la mano. Al verme ahí parado, su sonrisa arrogante se transformó en asco puro.

—¿Qué diablos haces aquí, delincuente? —me escupió, bloqueando la entrada—. En esta casa no hay lugar para escorias como tú.

—Vengo a ver a mi papá. Hazte a un lado —le contesté firme, intentando pasar a la fuerza.

Ella me empujó por el pecho, riéndose con maldad.

—Tu padre se murió de vergüenza por tu culpa hace dos años. Me dejó toda la herencia a mí —me gritó en la cara—. No te toca ni un solo centavo. Lárgate antes de que llame a la policía.

Sentí que el mundo se me venía encima. Estaba a punto de darme la vuelta, destrozado y llorando por la supuesta muerte de mi padre.

Pero justo antes de que ella cerrara la puerta de un portazo, escuché un ruido extraño que venía del cuarto del fondo. Y al mirar bien, vi un pequeño detalle colgando del cuello de mi madrastra que me hizo descubrir su asquerosa mentira en un solo segundo.

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01/09/2026

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