09/08/2026
¿Qué le hicieron a mi Cuenca? Ya no la reconozco y decirlo me cuesta el alma
Camino por calles que fueron mías y siento que un extraño habita mis recuerdos. No soy viejo —me rebelo contra esa etiqueta— pero la Cuenca que llevo en el corazón se ha desdibujado como una fotografía mal guardada.
Recuerdo salir del colegio con mi mejor amigo, mochilas al hombro, decidiendo hasta dónde llegaría nuestra tarde. Cambiábamos de acera por gusto, por explorar, no por miedo. Claro, siempre hubo delincuencia, pero no era un fantasma en cada esquina.
Ahora caminar es geometría defensiva: en cada cuadra, un cálculo. ¿Cruzo? ¿Me desvío? Individuos que te miran con desafío, que ocupan la vereda como territorio conquistado. Hablan de águilas y lobos, hacen señas cuando cambias de rumbo.
Pero ¿la realidad no tiene derecho a ser nombrada? ¿Decir lo que veo, lo que vivo, lo que mis hijos ya no pueden hacer, es odio? ¿O es simplemente el grito de alguien que vio cómo su ciudad se desmoronaba mientras le tapaban la boca con etiquetas?
En las aceras, hombres beben como si el tiempo se hubiera detenido. El río —testigo de tardes de infancia— es ahora escenario de adictos que extienden la mano entre súplica y amenaza. Estacionar es negociación: tipos cobran por lo público, y si no pagas, el brillo de un cuchillo corta cualquier discusión.
Los buses, antes hormigueros de estudiantes y trabajadores, ahora son jaulas con adictos que suben sin pagar, apestan a dr**as, te arrebatan el celular mientras todos miran al costado.
En semáforos y parques, extranjeros con niños en brazos, algunos alquilados para inspirar lástima. Mendicidad coreografiada.
Pero cuidado: si lo mencionas, eres clasista, xenofóbico, regionalista. Las etiquetas duelen casi como las balas. Y duelen más cuando vienen de los que nunca han tenido que caminar con miedo por las calles que les vieron crecer.
Los chulqueros han tejido una telaraña invisible. Quieres comprar un morocho, una legumbre, y ahí están, susurrando amenazas al pequeño comerciante que tiembla mientras te cobra.
Y yo, con mis treinta y tantos, me descubro hablando como mi abuelo. "Esto no era así", repito, y mis amigos asienten con derrota. Ya hablo como viejo y paso diciendo que antes no pasaba, y ellos repiten igual, atrapados en esa queja compartida.
Siento desprecio. Hacia las autoridades que miran desde sus escritorios. Hacia nosotros, que nos quejamos en WhatsApp pero no paramos esto. Hacia los que normalizan, los que justifican, los que llaman clasista al que señala lo evidente.
Porque lo evidente está ahí. En cada esquina. En cada bus. En cada parque. Y decirlo no es odio, es supervivencia. Es amor por lo que fue y ya no es.
Y entonces estalla la pregunta:
¿Qué le hicieron a mi Cuenca?
¿Qué le hicieron a la ciudad que caminaba sin miedo? ¿Qué le hicieron a sus calles empedradas, a sus plazas, a sus atardeceres sobre el río? ¿Qué le hicieron, carajo, a esta tierra que tanto amo?
Y que me llamen clasista, xenófobo, regionalista. Ya me lo han dicho tantas veces que las palabras ya no duelen. Lo que duele es verla así, y saber que hay quienes prefieren callarme antes que arreglarla.