23/08/2026
Gerardo Lomelí es mi suegr0 y una noche estaba parado en la puerta de mi recámara a las doce con diecisiete de la noche.
Descalzo. Camisa blanca. El cabello perfectamente peinado.
Y en la mano sostenía un vaso de jugo
Sonreía, pero sus ojos no.
Ándale. Tómatelo aquí, enfrente de mí decía.
Sentí un escalofrío.
Mi esposo, Gael, llevaba tres días fuera por trabajo. Desde que él se fue, mi suegro había encontrado cualquier pretexto para vigilarme.
Preguntaba a qué hora me levantaba.
Con quién hablaba.
Por qué cerraba la puerta.
Hasta revisaba si mi coche seguía estacionado detrás del portón.
Aquella noche, sin embargo, había algo distinto.
Gerardo no venía a hablar.
Venía a comprobar algo.
Tomé el vaso. Gracias. Me lo tomo ahorita.
No se movió.
Dije enfrente de mí.
El silencio se volvió pesado.
Afuera apenas se escuchaban los perros
Gerardo cruzó los brazos.
En esta casa hacemos muchas cosas por ti, Ximena. Lo mínimo que espero es respeto.
Acerqué el vaso a mis labios.
Entonces lo vi.
Pegados al cristal, justo debajo de la espuma amarilla, había pequeños grumos blancos que no se habían disuelto.
Muy pocos.
Pero suficientes.
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
No pregunté qué era.
No hice cara.
Había aprendido algo desde que me casé con un Lomelí: en esa familia, quien mostraba miedo primero perdía. Está muy frío le dije.
Gerardo soltó una risita.
Mejor.
Tomé un sorbo mínimo, sin dejar que el líquido pasara de mis labios, y fingí tragar.
Su expresión cambió al apenas un segundo.
Pero lo vi Aliviado
Eso me asustó más que el polvo.
Todo me ordenó.
En ese momento sonó su celular desde la sala.
Gerardo maldijo por lo bajo.
No lo tires.
Señaló el vaso con el dedo.
Regreso y quiero verlo vacío.
Salió.
Esperé hasta escuchar sus pasos bajar las escaleras.
Escupí el jugo en una toalla.
Me temblaban tanto las manos que casi dejé caer el vaso.
No sabía qué contenía.
Solo sabía una cosa:
Gerardo necesitaba verme beberlo.
Y eso significaba que no era un accidente.
Salí de la recámara.
La cocina estaba a oscuras, salvo por la luz amarilla encima de la estufa.
Abrí el refrigerador.
Sobre una charola estaba la jarra de jugo que habíamos tomado durante la cena.
Serví otro vaso.
Mismo color.
Mismo nivel.
Mismo hielo.
Vaciaría el de Gerardo en el fregadero y escondería la prueba.
Era lo más sensato.
Pero escuché pasos.
Mi cuñada apareció detrás de mí con una bata gris y el cabello recogido.
Qué haces despierta?
Casi brinqué.
Nada. Me dio sed.
Mi cuñada vio los dos vasos.
Es mango?
Antes de que pudiera detenerla, agarró uno.
El equivocado.
espera…!!!!
Ya había bebido.
Tres tragos largos.
Cuando le arranqué el vaso de la mano, me miró ofendida.
Qué te pasa?
Miré el fondo.
Los restos blancos habían desaparecido.
Sentí que se me helaban las piernas.
Quién te dio esto, me preguntó.
No alcancé a contestar.
La voz de Gerardo retumbó desde el pasillo.
Ximena?
Mi cuñada levantó las cejas.
Yo tomé el vaso limpio y le puse en la mano el otro vacío.
Por favor No digas nada. Dije silenciosamente
Nada de qué?
Gerardo apareció en la cocina.
Primero me miró a mí.
Después al vaso vacío.
Su sonrisa regresó.
Así me gusta.
Se acercó y me dio una palmada suave en el hombro.
Demasiado suave.
Buenas noches, hija.
Nunca me decía hija.
Mi cuñada soltó una risa.
Qué milagro. Ya hasta cariñoso te pusiste, papá.
Gerardo ni siquiera la miró.
Sus ojos seguían clavados en mí.
Descansa, Ximena. Mañana va a ser un día importante.
No dormí.
A la una escuché a mi cuñada entrar al baño.
A la una y media tiró algo.
A las dos la vi atravesar el pasillo agarrándose de la pared.
Me siento rarísimo murmuró.
Voy a llamar a un médico.
Me sujetó la muñeca.
No… mi papá se va a enojar.
Aquella frase me dejó fría.
Por qué habría de enojarse porque te sientes mal?
Mi cuñada abrió la boca.
Pero no respondió.
Sus piernas cedieron.
Logré sostenerla antes de que golpeara el piso.
No estaba inconsciente, pero apenas podía mantener los ojos abiertos.
Ximena… no le digas que fui yo.
Que fuiste tú qué?
Mi cuñada empezó a llorar.
El jugo…
Escuchamos una puerta abrirse en el piso de abajo.
Ella se quedó rígida.
Escóndeme.
Qué? Escóndeme, por favor.
Los pasos comenzaron a subir.
Uno. Dos. Tres.
No era solo Gerardo.
Se escuchaban dos pares de zapatos.
Arrastré a mi cuñad@ hasta el cuarto de lavado que estaba al final del pasillo y la senté detrás de unas cajas.
No salgas.
Ximena…
No hagas ruido.
Cerré.
Corrí a mi recámara y me metí en la cama.
Apagué la lámpara.
Treinta segundos después alguien giró la perilla.
La puerta estaba cerrada con seguro.
Silencio.
Luego escuché la voz de mi suegro.
Ya debe estar dormida.
Otro hombre respondió: Estás seguro?
Se me secó la boca.
No reconocí aquella voz
Gerar
algo antes de que llegue G
La manija volvió a moverse.
Yo tenía el celular apretado contra el pecho.
Activé la grabadora.
Los dos hombres permanecieron afuera algunos minutos.
Después se fueron.
No salí.
A las cuatro de la mañana escuché el portón.
A las 5:30, un coche entró a toda velocidad.
Me asomé por la cortina.
Era la camioneta de mi marid0
Mi marido había regresado un día antes de lo previsto.
Y Gerardo ya lo estaba esperando en la entrada.
Se abrazaron.
Hablaron.
Entonces mi suegro señaló hacia mi ventana.
Gael levantó la cabeza.
Jamás olvidaré su cara.
No parecía cansado.
Parecía furioso.
Retrocedí.
Gerardo lo había llamado?
Escuché subir a los dos.
Papá, estás seguro? —preguntó Gael.
Lo vi con mis propios ojos.
Sentí un hueco en el estómago.
Vio qué?
No quiero escándalos —dijo Gael.
Entonces abre la puerta y compruébalo tú mismo.
Golpearon.
Ximena!
No respondí.
Abre!
Salí de la cama.
Antes de llegar a la puerta, escuché un grito al final del pasillo.
Era mi cuñad@ Después otro.
Más fuerte.
PAPÁ, NO!
Gerardo se quedó mudo.
Yo también.
Renata apareció tambaleándose desde el cuarto de lavado.
Tenía los ojos hinchados y llevaba algo apretado en la mano.
Un pequeño sobre de papel blanco.
Al verlo, mi suegro perdió el color.
Gael miró primero a su hermana.
Luego a su padre.
Qué demonios es eso?
Ella empezó a llorar.
Pregúntale a papá para quién era.
Gerardo avanzó hacia ella.
Dame eso.
No me toques!
Gael se interpuso.
Y entonces mi cuñada señaló mi recámara.
Si Ximena hubiera bebido lo que tú preparaste, a esta hora ella estaría ahí adentro sin poder defenderse… justo cuando el hombre que contrataste entrara por esa puerta.
Nadie respiró.
Gael volteó lentamente hacia su padre.
Qué hombre?
Gerardo no contestó.
Pero desde el interior de mi recámara se escuchó, de pronto, un golpe seco.
Los cuatro miramos la puerta.
Otro golpe.
Luego una voz masculina, desconocida, habló desde dentro:
Gerardo… me dijiste que ella iba a estar dormida.
Mi suegro cerró los ojos.
Y Gael abrió la puerta de golpe.
Lo que encontramos adentro hizo que mi cuñada soltara un grito, porque sobre mi cama había ese hombre contratado por mi suegro, la verdad no entiendo cual eran sus intenciones. Ahora no se si seguir viviendo con ellos
No se que hacer
Necesito un consejo
Historias y Reflexiones E.M