12/08/2026
Primero callan las aves.
Después aparecen las ranas.
Y cuando la oscuridad cubre el bosque nublado de Mashpi-Tayra, comienza otra función: tarántulas abandonan sus refugios, insectos vibran, ranas croan y miles de pequeños animales producen una música que prácticamente desaparece al cruzar los límites de la reserva.
Ecuador quiere que esa orquesta natural sea reconocida internacionalmente como patrimonio.
La Reserva Mashpi-Tayra, ubicada en la parroquia rural de Pacto, en el noroccidente del Distrito Metropolitano de Quito, provincia de Pichincha, conserva 3.200 hectáreas de bosque dentro del Chocó Andino ecuatoriano, donde científicos llevan meses grabando los sonidos de animales a diferentes horas y alturas.
EL BOSQUE CAMBIA DE MÚSICA
Mashpi no suena igual durante todo el día.
Las mañanas pertenecen a tucanes, pavas de monte y monos aulladores. Después aparecen cigarras, carpinteros y algunas ranas diurnas.
Al caer la tarde, el escenario cambia.
Las aves descansan y las ranas comienzan a dominar el paisaje sonoro. Cerca de las quebradas aparecen especies de cristal y de torrente.
Con la oscuridad despierta buena parte de una biodiversidad que durante el día permanece escondida.
El biólogo Gustavo Pazmiño, gerente de ecosistemas de Fundación Futuro y además percusionista, lleva años detrás de una idea: demostrar que escuchar el bosque también permite conocer su estado de salud.
Para comprobarlo, el equipo instaló grabadoras en diferentes lugares y alturas. Los dispositivos registran uno de cada diez minutos y permiten comparar la música de la reserva con áreas vecinas transformadas por ganadería, monocultivos y actividad maderera.
Dentro se escuchan animales.
A pocos metros pueden escucharse vacas, personas o motosierras.
ECUADOR BUSCA SU RECONOCIMIENTO
Fundación Futuro busca que este paisaje sonoro alcance reconocimiento internacional.
Ecuador presentó este año cinco proyectos, entre ellos el relacionado con los sonidos de este bosque. A partir de ahora comienza un proceso de evaluaciones, protocolos y visitas que podría tardar alrededor de dos años.
La singularidad no está únicamente en lo que se escucha.
Mashpi-Tayra se encuentra en un punto donde confluyen el Chocó biogeográfico y los Andes tropicales y posee grandes variaciones de altura en un espacio relativamente pequeño, condiciones que multiplican especies y sonidos.
CASI 8.000 ESPECIES NUEVAS
La dimensión de esa biodiversidad acaba de ofrecer otra sorpresa.
Una investigación desarrollada durante más de cinco años por el Instituto Nacional de Biodiversidad de Ecuador (Inabio), Fundación Futuro y la Universidad de Guelph, de Canadá, identificó en apenas un punto de muestreo 7.848 artrópodos nuevos para la ciencia mediante secuenciación genética.
La ciencia empieza así a poner nombres y códigos genéticos a una biodiversidad que todavía guarda enormes incógnitas.
Entre ellas, una aparentemente sencilla:
¿cómo suena toda esa vida?
CUANDO DESAPARECE UNA ESPECIE, TAMBIÉN CALLA UN SONIDO
Para Carolina Proaño Castro, directora ejecutiva de Fundación Futuro, conservar la biodiversidad no debería entenderse únicamente desde cifras, especies amenazadas o funciones ecológicas.
Cada animal ocupa un espacio y produce sonidos por razones diferentes: buscar pareja, advertir un peligro, orientarse o comunicarse.
Muchas de esas conductas todavía no son comprendidas completamente por la ciencia.
Pero hay una certeza mucho más sencilla.
Cuando una especie desaparece, su sonido desaparece con ella.
Y entonces el bosque nunca vuelve a sonar exactamente igual.
Por eso Mashpi-Tayra intenta conservar algo que no puede encerrarse en una vitrina ni contemplarse en un museo.
Hay que entrar al bosque.
Esperar que caiga la noche.
Y escuchar.