26/07/2026
Perder a un padre o a una madre nunca deja de doler, sin importar la edad.
Hay personas que dicen:
👉 “Era mayor, estaba enfermo, ya lo esperábamos.”
Y aun así, cuando llega ese momento, sienten que algo dentro de ellas se rompe.
👉 “Tengo 50 años y me siento huérfano como un niño.”
👉 “Desde que murió mi madre, soy otra persona y no sé cómo explicarlo.”
Sin embargo, muchas veces reciben respuestas como:
👉 “Era ley de vida.”
👉 “Al menos no sufrió.”
👉 “A tu edad ya no es igual.”
Pero el duelo no entiende de edades.
Sigmund Freud escribió sobre el profundo impacto que tuvo la muerte de su propio padre y cómo esa experiencia marcó su pensamiento y su trabajo. Para él, la pérdida de un padre removía aspectos muy profundos de la vida emocional, más allá de la ausencia física.
Quizá duele tanto porque no solo se va una persona.
Se va quien conocía tu historia desde el principio, quien fue testigo de tus primeros pasos, de tus caídas, de tus logros y de las distintas versiones de ti mismo.
También cambia tu lugar en la vida. Mientras tus padres viven, siempre hay alguien que te sigue viendo como hijo. Cuando parten, esa sensación desaparece y, de alguna manera, comprendes con más fuerza el paso del tiempo y tu propia finitud.
Por eso, que una muerte sea esperada puede ayudar a organizar los cuidados, los trámites o las despedidas, pero rara vez prepara el corazón.
No existe una edad para sentirse huérfano.
Se puede tener 20, 40, 60 o 80 años, y aun así extrañar una llamada, un consejo, un abrazo o simplemente la tranquilidad de saber que esa persona seguía en el mundo.
Si hoy atraviesas ese dolor, no te avergüences de sentirlo. El amor no desaparece con la edad, y el duelo tampoco.
Porque el tiempo puede enseñarnos a convivir con la ausencia, pero el amor por quienes nos dieron la vida permanece para siempre.