09/10/2026
TEOLOGÍA DE LA CALLE
Por Padre Vicente Romero Peña
ESPERANZA, ALEGRÍA Y PASCUA
Toda existencia humana está atravesada por acontecimientos personales, históricos y cotidianos que configuran nuestra experiencia y nos conducen a interrogarnos sobre el sentido último de la vida. Vivir significa caminar, discernir, caer y levantarse; significa descubrir, en medio de las incertidumbres, que nuestra existencia permanece abierta al misterio. El dolor, la muerte, la tristeza, la alegría y la esperanza forman parte de este peregrinar humano y creyente.
Después de estos días de Pascua vividos a raíz de la muerte de mi madre, Hortensia Romero Peña, contemplo su casa, su habitación, sus pertenencias y tantos pequeños signos de su presencia. La ausencia física se transforma entonces en una profunda experiencia espiritual. Surgen preguntas inevitables: ¿para qué sirve la vida?, ¿para qué luchar?, ¿para qué acumular bienes?, ¿qué permanece cuando todo aquello que poseemos desaparece?
Desde la fe cristiana vamos encontrando una respuesta: la vida adquiere su plenitud cuando se configura en Jesucristo, porque Él es camino, verdad y vida (Jn 14,6). La existencia encuentra sentido cuando se convierte en amor, servicio, solidaridad y entrega. También adquiere profundidad cuando construimos comunidad y comprendemos que la familia no es únicamente una realidad nuclear, sino una red de vínculos, amistades, fraternidades y encuentros donde aprendemos a sostenernos mutuamente.
Necesitamos cultivar sueños, esperanzas e ilusiones, pero también aprender a integrar el sufrimiento como dimensión constitutiva de nuestra condición humana. El dolor no tiene la última palabra. A la luz del misterio pascual, la cruz se convierte en tránsito hacia la vida, y la muerte puede ser contemplada desde la esperanza de la resurrección.
Nuestra existencia se parece a un río. Nacemos en una fuente, recorremos caminos diversos, atravesamos territorios luminosos y oscuros, encontramos obstáculos y seguimos avanzando hacia el mar. Finalmente, el río se entrega al océano y deja de existir como realidad aislada para participar de una inmensidad mayor. Así también nosotros caminamos hacia el Misterio, hacia Dios, fuente y plenitud de toda existencia. En Él esperamos encontrar nuestra verdadera morada.
Por eso, estos días son tiempo de contemplación, oración, memoria y esperanza. Oro por la vida, por la solidaridad y por quienes atraviesan el dolor de la pérdida. Creo que vendrán mejores días para nuestra patria, para nuestras alcaldías, municipios y juntas parroquiales; días en los que la esperanza venza al abandono y donde nadie quede excluido.
La sinodalidad nos recuerda que no caminamos solos. Caminar juntos significa abrir nuevos caminos, escuchar al otro, reconocer su dignidad y construir una comunidad donde todos tengan lugar. Como nos ha recordado el papa Francisco, la Iglesia está llamada a ser una casa abierta, acogedora y misericordiosa.
La fe auténtica es precisamente eso: una casa abierta para todos, una comunidad que acompaña, una esperanza que resiste y una Pascua que anuncia que la vida tiene la última palabra sobre la muerte.
8 de octubre de 2026
Memoria de mi madre, Hortensia Romero Peña, y de Ernesto Guevara de la Serna.