11/03/2026
ESTA ES LA HISTORIA DE CÉSAR ALBERTO MASABANDA MASABANDA, EL HOMBRE QUE EN EL CANTÓN PALORA FUE CONOCIDO POR TODOS COMO VÍCTOR MASABANDA, TAMBIÉN LLAMADO CON CARIÑO “DON PESCADO”
En el corazón profundo del oriente ecuatoriano existe un lugar donde la naturaleza parece haber sido pintada con los colores más vivos de la vida. Un lugar donde las mañanas se despiertan con el canto de las aves, donde la neblina baja suave entre las montañas y donde el verde de la selva parece no tener fin. Ese lugar es Palora, conocido por muchos como el Edén de la Amazonía, tierra orgullosa del té y de la pitahaya, un cantón pequeño pero lleno de historias humanas que han marcado generaciones.
Entre todas esas historias hay una que el pueblo recuerda con especial cariño, una historia sencilla pero profunda, una historia que no habla de riquezas ni de fama, sino de algo mucho más importante: la bondad de un ser humano.
El protagonista de esta historia fue un hombre cuyo nombre verdadero era César Alberto Masabanda Masabanda, nacido el 16 de diciembre de 1952. Sin embargo, para casi todos los habitantes de Palora, ese nombre formal no era el que resonaba en las calles. Para ellos él era simplemente Víctor Masabanda, el vecino amable, el hombre que siempre saludaba, el que nunca negaba una ayuda, el que tenía una sonrisa lista incluso en los días difíciles.
Algunos vecinos también lo llamaban con un apodo que nació entre bromas y cariño: “Don Pescado”. Nadie recuerda con exactitud cómo empezó aquel apodo. Tal vez por alguna historia graciosa del barrio, tal vez por un comentario de algún amigo, tal vez porque el mismo Víctor se reía de sí mismo y lo aceptó con humor. Lo cierto es que cuando alguien gritaba en la calle “¡Ahí viene el vecino pescado!”, todos sabían que hablaban de él, y él mismo respondía con una sonrisa que iluminaba su rostro.
La vida de Víctor Masabanda en Palora es una de esas historias que parecen haberse tejido lentamente con el paso de los años. Curiosamente, nadie sabe con certeza en qué año exacto llegó al cantón. Algunos dicen que apareció cuando el pueblo aún estaba creciendo, otros aseguran que llegó muchos años antes de que el estadio se volviera el punto central del barrio. Lo que sí se sabe es que no llegó solo.
Llegó acompañado de la mujer que sería el amor de su vida, Zoila Esperanza Álvarez, una mujer fuerte, trabajadora y llena de talento para la confección de ropa deportiva. Juntos comenzaron una vida humilde, sin grandes lujos pero con una riqueza que muchas veces vale más que el dinero: una familia unida.
Con el paso de los años el hogar se fue llenando de risas, de voces infantiles, de mochilas escolares, de platos en la mesa y de historias cotidianas. La pareja tuvo nueve hijos, cada uno con su personalidad, con sus sueños y con su propio camino en la vida. Sus nombres quedaron grabados en la historia familiar: Sonia Masabanda, Diego Masabanda, Víctor Masabanda, Mariela Masabanda, Marcelo Masabanda, Jasmin Masabanda, Abigail Masabanda, Héctor Masabanda y Henry Masabanda.
Criar nueve hijos nunca fue una tarea fácil. Había días en los que el dinero apenas alcanzaba, días en los que el cansancio se acumulaba después de largas jornadas de trabajo. Pero a pesar de todo, la casa de los Masabanda siempre estuvo llena de algo que no se compra ni se vende: amor, respeto y unión.
Víctor comenzó trabajando en la Compañía Ecuatoriana del Té, un trabajo duro que requería esfuerzo físico y constancia. El té de Palora era reconocido en la región y los campos verdes parecían interminables. Allí aprendió a levantarse temprano, a soportar el sol y la lluvia, a trabajar con disciplina. Pero su camino laboral no terminaría allí.
Con el paso del tiempo comenzó a trabajar para el Gobierno Municipal de Palora, convirtiéndose en un servidor del pueblo. Aunque también realizaba trabajos como jornalero en el campo, ayudando donde fuera necesario, cargando sacos, limpiando terrenos o colaborando con quien lo necesitara.
La casa familiar estaba ubicada en un lugar muy especial: justo frente al Estadio Lacocha. Ese estadio no era solo un espacio deportivo; era un punto de encuentro, un lugar donde el pueblo se reunía, donde los jóvenes jugaban fútbol, donde los vecinos compartían risas y conversaciones.
Y fue precisamente allí donde Víctor Masabanda se convirtió en una especie de leyenda local.
Aunque no era entrenador oficial ni parte del equipo directivo, los jugadores lo consideraban parte del alma del estadio. Él ayudaba a abrir las puertas cuando era necesario, colaboraba con los organizadores y, sobre todo, cumplía una función que los deportistas apreciaban enormemente.
Era el encargado de llevar agua de panela.
Pero no cualquier agua de panela.
Los jugadores decían que el agua de panela de Víctor Masabanda era perfecta. Ni muy dulce ni muy simple. Justo en su punto exacto. Después de correr durante el partido, los futbolistas se acercaban sedientos y él aparecía con su jarra.
—Tomen muchachos —decía con una sonrisa—, esto les va a devolver la energía.
Un jugador una vez bromeó diciendo:
—Don Víctor, usted debería abrir un negocio de bebidas energéticas.
Él respondió riendo:
—¿Bebidas energéticas? ¡Esto es receta amazónica!
Las carcajadas llenaron el estadio.
Por eso muchos lo llamaban en broma “el director técnico” del barrio, aunque nunca dirigió un equipo oficialmente. Su presencia era suficiente para animar a todos.
Pero su bondad no se limitaba al estadio.
Una vez, durante una fuerte temporada de lluvias, la casa de un vecino se inundó. El agua entró de repente y la familia estaba desesperada. Sin pensarlo dos veces, Víctor fue uno de los primeros en llegar. Ayudó a sacar muebles, a limpiar el barro y a rescatar lo poco que se podía salvar.
Cuando el vecino quiso agradecerle con dinero, él respondió:
—No se preocupe, vecino… mañana me invita un cafecito y quedamos en paz.
Otra ocasión se enteró de que una familia del barrio estaba pasando hambre porque no tenían trabajo. No lo anunció a nadie, no buscó reconocimiento. Simplemente llegó con un plato de comida.
Ese era el tipo de persona que era.
Mientras tanto, su esposa Zoila continuaba trabajando como artesana en confección de ropa deportiva, creando uniformes que muchos jóvenes del cantón utilizaban para jugar fútbol. Sus manos habilidosas se convirtieron en parte importante de la vida deportiva de Palora.
Pero la vida trajo un desafío inesperado.
El clima húmedo de Palora comenzó a afectar su salud. Los médicos recomendaron un cambio de ambiente, un lugar con otro tipo de clima. Después de pensarlo mucho, la familia tomó una decisión difícil: Zoila debía mudarse a Quito para cuidar su salud.
Esa decisión separó físicamente a la pareja después de más de veinte años juntos, pero el amor nunca desapareció. Víctor continuó trabajando en Palora mientras ella vivía en la capital. Se visitaban cuando podían, manteniendo viva la relación que habían construido con tanto esfuerzo.
Los años siguieron pasando y finalmente llegó el momento de la jubilación. Hace ocho años dejó oficialmente su trabajo en el municipio y comenzó a recibir su pensión. A pesar de eso, nunca dejó de ser parte activa del barrio.
En los últimos tiempos su salud empezó a deteriorarse. Problemas cardíacos comenzaron a preocupar a la familia. Las visitas al hospital se hicieron más frecuentes.
Una de sus hijas estaba estudiando en Argentina, y cuando supo que su padre estaba grave, regresó inmediatamente para verlo.
Dicen que cuando él la vio, sus ojos se iluminaron. Fue un momento lleno de emoción. Tal vez su corazón se llenó demasiado de sentimientos en ese instante.
Poco después ocurrió lo inevitable.
Un paro cardíaco.
El 9 de marzo de 2026, el hombre que durante décadas fue conocido como Víctor Masabanda dejó este mundo.
La noticia recorrió todo el cantón. Vecinos, deportistas, amigos y conocidos sintieron un profundo dolor. Muchos derramaron lágrimas, porque sabían que personas como él son difíciles de encontrar.
Hoy, 11 de marzo de 2026, descansa en paz en el cementerio de Palora, el mismo pueblo que lo vio caminar por sus calles, ayudar a sus vecinos y repartir sonrisas durante tantos años.
Quizás nadie vuelva a preparar el agua de panela exactamente igual. Quizás nadie vuelva a ocupar su lugar frente al estadio con la misma alegría.
Pero su legado permanece en su familia, en sus hijos, en cada vecino que recuerda su sonrisa y en cada jugador que alguna vez bebió aquella famosa agua de panela.
Porque hombres como César Alberto Masabanda Masabanda, el querido Víctor Masabanda, el inolvidable Don Pescado, no desaparecen realmente.
Siguen viviendo en la memoria de su pueblo.