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01/11/2025

Segunda parte

Las mañanas volvieron a ser claras, pero algo en el aire había cambiado.
Clara lo notaba en los gestos pequeños: en cómo Gabriel evitaba mirarla cuando cruzaban el patio, en el modo en que sus manos se demoraban un instante de más al pasarle las riendas de un caballo, o en el silencio espeso que se formaba cuando quedaban solos.

Ella intentaba convencerse de que no pasaba nada. Que lo de aquella noche —el temblor, la cercanía, el aire detenido— había sido solo un espejismo bajo la lluvia.
Pero bastaba oír su voz en la distancia para que todo dentro de ella volviera a arder.

Una tarde, su tía la envió al río a buscar agua. El sol caía dorado sobre los sauces, y Clara, agachada, veía su reflejo temblar en el agua.
Entonces escuchó pasos.
No necesitó volverse para saber quién era.

—Pensé que ya habías regresado al caserío —dijo él, deteniéndose a pocos metros.
—Pensé que no vendrías nunca —respondió ella sin mirarlo.

El silencio se estiró entre ambos, tenso, luminoso. El río corría despacio, como si también esperara.
Gabriel dio un paso. Luego otro.
Cuando estuvo junto a ella, el aire pareció cerrarse sobre sus cuerpos.

—Clara… —susurró, y su voz tenía la fuerza y la fragilidad del mismo campo que los rodeaba.

Ella levantó la vista. Por un instante, el mundo entero se redujo a la distancia mínima que los separaba.
Entonces, él retrocedió un paso, como si se hubiera acercado demasiado a un borde peligroso.

—Esto no puede ser —dijo, casi para sí—. No debemos.

Clara lo observó irse sin intentar detenerlo. El viento levantó su falda y el agua del río se llevó una hoja seca río abajo.
Pero en su pecho algo latía distinto, obstinado, vivo.

Esa noche no llovió, pero el cielo se llenó de relámpagos lejanos, como si las tormentas que Gabriel llevaba dentro buscaran un lugar donde caer.

Y mientras el campo dormía, Clara comprendió que no era el fin.
Era apenas el comienzo de algo que ninguno de los dos sabría nombrar, pero que ya los había elegido.

27/10/2025

El sol caía lento detrás de los trigales cuando Clara, con sus diecinueve años y la piel aún dorada por el verano, llegó al caserío donde pensaba pasar unas semanas ayudando en la finca de su tía.

El aire olía a tierra húmeda y a hierba recién cortada.
Esa tarde, mientras buscaba el establo, lo vio.
Él—un hombre de mirada firme, manos curtidas y una serenidad que imponía respeto— observaba el horizonte con una calma que parecía esconder tormentas.

Tenía treinta y ocho años, y su nombre era Gabriel.

El primer saludo fue breve, casi frío.
Pero cuando sus miradas se cruzaron, algo invisible se encendió entre ellos.

Clara sintió que el aire se volvía más denso, como si el campo respirara con ellos.

Los días siguientes, coincidían sin querer: en el granero, junto al río, en los amaneceres cubiertos de niebla.
Ella fingía no esperarlo.
Él fingía no buscarla.

Una noche, la lluvia golpeaba el techo de zinc con furia.
Clara salió al porche, descalza, atraída por la tormenta.
Gabriel apareció detrás de ella, empapado, con una linterna en la mano y la voz baja.
“Es peligroso salir con este clima”, murmuró.
Pero ninguno se movió.
La luz temblaba entre ellos, dibujando sombras en sus rostros.
El silencio fue más intenso que cualquier palabra.

Él levantó la mano, rozando un mechón de su cabello mojado.
Su respiración se mezcló con el trueno distante.
No se besaron.
No hizo falta.
El campo entero parecía contener el aliento.

Desde esa noche, algo cambió.
Y aunque nadie más lo supo, el viento en los trigales parecía murmurar sus nombres.

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