09/12/2025
Hoy, 8 de diciembre, se celebra la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María y aprovechamos para presentar nuestra traducción de un bello tratado teológico de Vladimir Lossky sobre la Madre de Dios desde la óptica de la Iglesia ortodoxa, titulado “Panaghia” (“Toda santa” o “Santísima”). Vale resaltar la diáfana aclaración de lo que es la Tradición en el cristianismo, siendo la veneración a la Virgen María no solo su fruto más precioso, sino el germen o principio que posibilita su desenvolvimiento, esa “Memoria de María”, que nos recuerda siempre las palabras de su Hijo, guardadas en su corazón.
PANAGHIA[1]
Vladimir Lossky
La Iglesia Ortodoxa nunca ha hecho de la mariología un tema dogmático independiente: ella permanece como parte integral de la doctrina cristiana, a modo de un leitmotiv antropológico. Fundamentada en la cristología, el dogma de la Madre de Dios recibe un fuerte acento pneumatológico y, mediante la doble economía del Hijo y del Espíritu Santo, está inextricablemente ligada a la realidad eclesiológica.
En verdad, si tuviésemos que hablar de la Madre de Dios limitándonos a los datos dogmáticos en sentido estricto, es decir, sobre las definiciones de los Concilios, no encontraríamos nada más que el nombre de theotokos, término mediante el cual la Iglesia ha confirmado solemnemente la maternidad divina de la Santísima Virgen[2]. El énfasis dogmático del término theotokos, tal como se afirmó frente a los nestorianos, es ante todo cristológico: lo que se defiende aquí contra los que niegan la maternidad divina es la unidad hipostática del Hijo de Dios llegado a ser Hijo del Hombre. Es la cristología la que se contempla directamente aquí. Pero al mismo tiempo, indirectamente, existe una confirmación dogmática de la devoción de la Iglesia a aquella que dio a luz a Dios según la carne, de modo que todos aquellos que rechazan el epíteto de theotokos, quienes niegan a María esta cualidad que la piedad le atribuye, no son verdaderamente cristianos, pues se oponen con esto al dogma de la Encarnación del Verbo. Esto debería demostrar la estrecha conexión entre dogma y devoción, que son inseparables en la conciencia de la Iglesia. Sin embargo, conocemos casos de cristianos que, aun reconociendo por razones puramente cristológicas la maternidad divina de la Virgen, se abstienen, por las mismas razones, de toda devoción especial a la Madre de Dios, al no querer conocer otro mediador entre Dios y los hombres más que al Dios-Hombre, Jesucristo. Esto es suficiente para demostrar un hecho innegable: el dogma cristológico de la theotokos, considerado «in abstracto», al margen de la conexión vital con la devoción que la Iglesia ha consagrado a la Madre de Dios, no bastaría para justificar la posición única - por encima de todo ser creado - que se le reserva a la Reina del Cielo, a quien la liturgia ortodoxa le atribuye «la gloria digna de Dios» (theoprepés doxa). Por consiguiente, resulta imposible separar los datos dogmáticos, en sentido estricto, de aquellos pertenecientes a la devoción en una exposición teológica sobre la Madre de Dios. Aquí el dogma debe iluminar la devoción, poniéndola en contacto con las verdades fundamentales de nuestra fe, mientras que aquélla alimentará el dogma con la experiencia viva de la Iglesia.
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La misma constatación nos viene de los datos de la Escritura. Si quisiéramos considerar los testimonios de la Escritura abstrayendo de la devoción de la Iglesia a la Madre de Dios, nos veríamos obligados a limitarnos a los pocos pasajes del Nuevo Testamento que se refieren a María, la Madre de Jesús, y a una sola referencia directa en el Antiguo Testamento: la profecía del nacimiento virginal del Mesías en Isaías. Pero si examinamos la Biblia desde la perspectiva de la devoción de la Iglesia o, para usar el término adecuado, desde la Tradición de la Iglesia, entonces los libros sagrados del Antiguo y del Nuevo Testamento nos brindarán innumerables textos que Iglesia utiliza para glorificar a la Madre de Dios.
Algunos pasajes de los Evangelios, contemplados externamente, fuera de la Tradición de la Iglesia, parecen contradecir flagrantemente esta glorificación extrema y veneración ilimitada.
Consideremos dos ejemplos: Cristo, al dar testimonio de San Juan Bautista, lo llama «entre los nacidos de mujer, no ha aparecido uno mayor que Juan el Bautista» (Mateo 11:11; Lucas 7:28). Por lo tanto, es a él, y no a María, a quien le correspondería la posición más elevada entre los seres humanos. De hecho, encontramos en los iconos bizantinos de la deésis al Bautista y a la Madre de Dios flanqueando al Señor. Pero la Iglesia nunca ha exaltado a San Juan Bautista por encima de los Serafines, ni ha colocado su icono al mismo nivel de dignidad de aquel de Cristo, es decir, a los dos lados del altar, así como ha hecho con el ícono de la Madre de Dios.
Otro pasaje del Evangelio nos muestra a Cristo oponiéndose públicamente a la glorificación de su Madre. De hecho, a la exclamación de una mujer entre la multitud: «¡Dichoso el seno que le llevó y los pechos que te criaron!», él responde: «Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan» (Lucas 11:27-28). Pero es precisamente este pasaje de san Lucas, que parece restar importancia a la maternidad divina de la Virgen ante la cualidad de quienes reciben y custodian la revelación divina, el texto evangélico que se lee solemnemente en las fiestas de la Madre de Dios, como si bajo su aparente negación ocultara un acto de alabanza aún mayor.
De nuevo nos enfrentamos a la imposibilidad de separar dogma y vida de la Iglesia, Sagrada Escritura y Tradición. El dogma cristológico nos obliga a reconocer la maternidad divina de la Virgen. El testimonio de la Escritura nos enseña que la gloria de la Madre de Dios no reside simplemente en su maternidad corporal, en el hecho de que concibió y alimentó al Verbo Encarnado. De hecho, la Tradición de la Iglesia - sacra memoria de quienes «escuchan y custodian» las palabras de la revelación - otorga a la Iglesia la seguridad con la que exalta a la Madre de Dios, atribuyéndola una gloria ilimitada.
Fuera de la Tradición de la Iglesia, la teología permanecería muda ante este tema e incapaz de justificar esta asombrosa glorificación. Por eso, las comunidades cristianas que rechazan toda noción de Tradición, se mantendrán también ajenas a la veneración de la Madre de Dios.
El estrecho ligamen que une todo lo concerniente a la Madre de Dios con la Tradición, no es debido simplemente al hecho que algunos acontecimientos de su vida terrenal celebrados por la Iglesia - como su Natividad, la Presentación en el Templo y su Asunción— no son mencionados en las Escrituras. El Evangelio guarda silencio sobre estos hechos y si bien su amplificación poética se debe a fuentes apócrifas, a veces muy tardías, el tema fundamental que indican pertenece al misterio de nuestra fe y sigue siendo inalienable para la conciencia de la Iglesia. En realidad, la noción de Tradición es más rica de lo que habitualmente solemos pensar. La Tradición no consiste simplemente en una transmisión oral de hechos susceptibles para complementar la narración de la Escritura. Ella es el complemento de la Escritura y, sobre todo, es el cumplimiento del Antiguo Testamento en el Nuevo, a medida que la Iglesia toma conocimiento. Es la Tradición la que nos permite comprender el significado de la verdad revelada (Lucas 24, 25), no solamente eso que es necesario recibir, sino, aún más importante, cómo debemos recibir y custodiar lo que se escucha. En este sentido general, la Tradición implica una incesante operación del Espíritu Santo que solo podía derramarse plenamente y dar sus frutos en la Iglesia después del día de Pentecostés. Solo en la Iglesia podemos ser capaces de descubrir la íntima conexión de los textos sagrados que hacen de la Escritura - el Antiguo y el Nuevo Testamento – el cuerpo único y vivo de la verdad, donde Cristo está presente en cada palabra. Solo en la Iglesia la semilla de la palabra no permanece estéril, sino que da su fruto y esta fructificación de la Verdad, así como la capacidad de hacerla fructificar, se llama Tradición. La devoción ilimitada de la Iglesia a la Madre de Dios, que a ojos extraños podría parecer contradictoria con los datos de la Escritura, ha florecido en la Tradición de la Iglesia y es el fruto más precioso de la Tradición.
Pero no solo es el fruto, es también el germen y el tallo de la Tradición. De hecho, podemos encontrar una concreta relación entre la persona de la Madre de Dios y lo que llamamos Tradición de la Iglesia. Al establecer esta relación, intentemos vislumbrar la gloria de la Madre de Dios bajo el velo del silencio de las Escrituras. Es el examen de los textos, en su conexión intrínseca, que nos guiará en esta dirección.
San Lucas, en un pasaje paralelo al que ya hemos citado, nos muestra a Cristo negándose a ver a su Madre y a sus hermanos, declarando: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen» (Lucas 8:19-21). El contexto de estas palabras es significativo: según San Lucas, en el momento en que la Madre de Dios desea ver a su Hijo, él acaba de exponer la parábola del sembrador[3]. «Lo que cayó en buena tierra, son los que, después de haber oído, conservan la palabra con corazón bueno y recto, y dan fruto con perseverancia» (8,15) «El que tenga oídos para oír, que oiga» (8,8) Y otra: «Mirad, pues, cómo oís; porque al que tenga se le dará, pero al que no tenga se le quitará hasta lo que cree tener» (8,18). Ahora bien, es precisamente esta facultad de escuchar y custodiar «en un corazón puro y bueno» las palabras acerca de Cristo, facultad que, por otro lado (Lucas 11:28), Cristo exalta por encima del hecho de la maternidad corporal, que en el Evangelio se le atribuye exclusivamente a la Madre del Señor. San Lucas insiste en ello, mencionándolo dos veces en su relato de la infancia: «María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lucas 2:19, 51). Aquella que generó a Dios según la carne, conservaba en su memoria todos los testimonios de la divinidad de su Hijo. Podríamos decir que tenemos aquí una personificación de la Tradición de la Iglesia antes de que existiera la Iglesia, si no fuera porque San Lucas especificó que María y José no entendieron las palabras del Niño: que «debía ocuparse de los asuntos de su Padre (Lucas 2:49-50). Incluso, las palabras que la Madre de Dios guardaba fielmente en su corazón no habían sido plenamente actualizadas en su conciencia. Antes de la consumación de la obra de Cristo, antes del día de Pentecostés, antes de la Iglesia, hasta aquella sobre quien el Espíritu Santo descendió para hacerle capaz de servir para su papel en la Encarnación del Verbo, no había alcanzado aún la plenitud a la que su persona estaba llamada a realizar. Sin embargo, ya es posible ver la conexión entre la Madre de Dios - quien custodia y recoge las palabras proféticas - y la Iglesia, guardiana de la Tradición. Es la semilla de la misma realidad. Solo la Iglesia, complemento de la humanidad de Cristo, podrá custodiar la plenitud de la revelación que, si se plasmara enteramente por escrito, el universo entero no lograría contenerla. Solo la Madre de Dios, aquella elegida para llevar a Dios en su seno, podrá realizar plenamente en su conciencia todo lo que conlleva el hecho de la Encarnación del Verbo, que incluye de hecho su propia maternidad divina. Aquellas palabras de Cristo que parecen tan duras para su Madre, son palabras que exaltan esta cualidad que comparte con los hijos de la Iglesia. Pero mientras éstos, como guardianes de la Tradición, no podrán tomar conciencia de la Verdad y hacerla fructificar en mayor o menor grado, mientras la Madre de Dios, en virtud de la singular relación entre su persona y Dios, a quien puede llamar su Hijo, podrá elevarse desde aquí abajo hasta una plena conciencia de todo lo que el Espíritu Santo revela a la Iglesia, realizando esta plenitud en su propia persona. Pero esta plena conciencia de la divinidad, esta adquisición de la plenitud de la gracia, propia del mundo venidero, no puede tener lugar sino en un ser deificado. Esto nos plantea una nueva pregunta, que intentaremos responder para que se comprenda mejor el carácter especial de la devoción de la Iglesia Ortodoxa a la Reina de los Cielos.
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Cristo, al dar testimonio de san Juan el Bautista, lo llama «entre los nacidos de mujer, no ha aparecido uno mayor» (Mateo 11,11; Lucas 7, 28), pero añadió: «El más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él». Aquí, la santidad del Antiguo Testamento es confrontada con aquella que podrá alcanzarse después del cumplimiento de la obra redentora de Cristo, cuando «la promesa del Padre» (Hechos 1,4), el descenso del Espíritu Santo, colmará a la Iglesia con la plenitud de la gracia deificante. San Juan, aunque «más que un profeta» porque bautizó al Señor y vio los cielos abiertos y al Espíritu Santo descender en forma de paloma sobre el Hijo del Hombre, murió sin haber recibido la promesa, como todos los demás «que recibieron un buen testimonio en la fe», «Hombres de los que no era digno el mundo», pero que, según el plan divino, «no llegarán ellos sin nosotros a la perfección» (Hebreos 11:38-40), es decir, sin la Iglesia de Cristo. Solo a través de la Iglesia la santidad del Antiguo Testamento podrá alcanzar su cumplimiento en la era venidera, la perfección que estaba cerrada, inaccesible a la humanidad antes de Cristo.
Es indudable, aquella que fue elegida para ser la Madre de Dios representó el culmen de la santidad del Antiguo Testamento. Si San Juan Bautista fue llamado «el más grande» entre los que precedieron a Cristo, es porque la grandeza de la Santísima Madre de Dios pertenece no solo al Antiguo Testamento, donde estuvo oculta y no visible, sino también a la Iglesia, en la que realizó su plenitud y se manifestó para ser glorificada por todas las generaciones (Lucas 1,48). La persona de San Juan permanece en la dispensación del Antiguo Testamento, la Santísima Virgen pasa del Antiguo al Nuevo y esta transición, en la persona de la Madre de Dios, nos muestra cómo la Nueva Alianza es el cumplimiento de la Antigua.
El Antiguo Testamento no es solo una serie de prefiguraciones de Cristo, que se vuelven descifrables después de la llegada de la Buena Nueva. Es, sobre todo, la historia de la preparación de la humanidad para la venida de Cristo, una historia en la que la libertad humana es constantemente puesta a prueba por la voluntad de Dios.
La obediencia de Noé, el sacrificio de Abraham, el Éxodo del pueblo de Dios a través del desierto bajo la guía de Moisés, la Ley y los Profetas, constituyen una serie de elecciones divinas, en las que los seres humanos a veces permanecen fieles a la promesa, otras veces fallan y sufren castigos (el cautiverio y la destrucción del primer templo): toda la Tradición sagrada judía es la historia de una preparación lenta y laboriosa de la humanidad caída hacia la «plenitud de los tiempos», cuando el ángel será enviado para anunciar a la Virgen elegida la Encarnación de Dios y recolectar de sus labios el consentimiento humano, para que el plan divino de salvación pudiera cumplirse. Así, según san Juan Damasceno: «El nombre de la Madre de Dios contiene toda la historia de la economía divina en este mundo» (De fide orthodoxa III, 12; P.G. 94, cols. 1029-32).
Esta economía divina, que prepara las condiciones humanas para la Encarnación del Hijo de Dios, no es unilateral: no se trata de que la voluntad divina haga tabula rasa de la historia de la humanidad. En su economía salvífica, la Sabiduría de Dios se adapta a las fluctuaciones de la voluntad humana, a las diferentes respuestas de cada ser humano a la llamada divina. Así, a través de las generaciones de los justos del Antiguo Testamento, la Sabiduría «ha edificado su casa», la naturaleza purísima de la Santísima Virgen, por medio de la cual el Verbo de Dios se hará connatural con nosotros. La respuesta de María a la anunciación del arcángel: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lucas 1,38), resuelve la tragedia de la humanidad caída. Todo lo que Dios exigió de la libertad humana después de la Caída se ha cumplido. Y ahora puede tener lugar la obra de redención, que solo el Verbo Encarnado puede cumplir. Nicolás Cabasilas afirmó en su homilía sobre la Anunciación: «La Encarnación no fue solo obra del Padre, de su Virtud y de su Espíritu, fue también obra de la voluntad y la fe de la Virgen. Sin el consentimiento de la Inmaculada, sin la cooperación de su fe, este designio habría sido tan irrealizable como lo habría sido sin la intervención de las tres Divinas Personas. Solo después de instruirla y persuadirla, Dios la toma por Madre y de ella toma la carne que voluntariamente quiere ofrecerle. Así como Él se encarnó voluntariamente, así también quiso que su madre lo llevara en su vientre libremente y de su espontánea voluntad (M. Jugie (ed.) Patrologi orientalis, XIX, 2., 4.ª ed.).
Desde San Justino y San Ireneo, los Padres de la Iglesia han destacado con frecuencia el contraste entre las «dos vírgenes», Eva y María. Por la desobediencia de la primera, la muerte entró en la humanidad, por la obediencia de la «segunda Eva», el autor de la vida se hizo hombre y entró a hacer parte de la descendencia de Adán. Pero entre las dos Evas se encuentra toda la historia del Antiguo Testamento, un pasado del que no puede separarse aquella que se ha convertido en Madre de Dios. Si fue elegida para cumplir este papel único en la obra de la Encarnación, esa elección fue la consecuencia de toda una serie de otros elegidos que prepararon el camino. No en vano, la Iglesia Ortodoxa, en sus textos litúrgicos, llama a David «el antepasado de Dios» y otorga el mismo nombre de «santos y justos antepasados de Dios» a Joaquín y Ana. El dogma católico romano de la Inmaculada Concepción parece romper esta ininterrumpida sucesión de santidad del Antiguo Testamento, que alcanza su plenitud en el momento de la Anunciación, cuando el Espíritu Santo descendió sobre la Virgen para hacerla capaz de recibir el Verbo del Padre en su seno. La Iglesia Ortodoxa no admite la idea de que la Santísima Virgen estuviera así exenta del destino del resto de la humanidad caída, la idea de un «privilegio» que la convierte en un ser redimido antes de la obra redentora, en virtud de los méritos futuros de su Hijo. No es en virtud de un privilegio recibido en el momento de su concepción por sus padres que veneramos a la Madre de Dios más que a cualquier otro ser creado. Era santa y pura de todo pecado desde el seno de su madre, pero, aun así, esta santidad no la sitúa fuera del resto de la humanidad antes Cristo. No se encontraba, en el momento de la Anunciación, en un estado análogo al de Eva antes de la Caída. La primera Eva, que devino «madre de todos los vivientes», dio escucha a las palabras del seductor en estado paradisíaco, el estado de humanidad inocente. La segunda Eva, la elegida para ser Madre de Dios, oyó y comprendió la palabra angélica en el estado de la humanidad caída. Por eso, esta elección única no la separó del resto de la humanidad, de todos sus antepasados y hermanos humanos, de santos y pecadores, a quienes ella ha representado de cuanto mejor tenían.
Como otros seres humanos, como san Juan Bautista, cuya concepción y nacimiento también celebra la Iglesia, la Santísima Virgen nació bajo la ley del pecado original, compartiendo con todos la misma común responsabilidad de la Caída. Pero el pecado jamás pudo actualizarse en su persona; la herencia pecaminosa de la Caída no dominó su voluntad recta. Ella representa la plenitud de la santidad que ningún descendiente de Adán nunca pudo alcanzar antes de Cristo, en las condiciones de la Antiguo Testamento. Ella estaba libre de pecado bajo la dominación universal de éste, limpia de toda seducción en medio de una humanidad esclavizada por el príncipe de este mundo. No fue puesta por encima de la historia humana, para servir a un diseño divino especial, sino que realizó su vocación única en la concatenación de la historia, compartiendo el destino común de todos los hombres en espera de su salvación.
Sin embargo, si en la persona de la Madre de Dios vemos la cumbre de la santidad del Antiguo Testamento, su propia santidad no se limita a éste, pues superó igualmente las cumbres más altas de la Nueva Alianza, realizando la santidad más grande que la Iglesia puede alcanzar.
La primera Eva fue sacada de Adán: es una persona que, en el momento de su creación por Dios, tomó la naturaleza de Adán para servirle de complemento. Encontramos una relación inversa en el caso de la Nueva Eva: a través de ella, el Hijo de Dios se convirtió en el «Último Adán», recibiendo de ella la naturaleza humana. Adán fue anterior a Eva, el Último Adán fue posterior a la Nueva Eva. Sin embargo, no podemos afirmar que la humanidad asumida por Cristo en el seno de la Santísima Virgen fuera un complemento de la humanidad de su Madre. Es, de hecho, la humanidad de una Persona divina, la del «hombre celeste» (1 Corintios 15:47-48). La naturaleza humana de la Madre de Dios pertenece a una persona creada, que proviene del «hombre terrestre». No la Madre de Dios, sino su Hijo es la cabeza de la nueva humanidad, «y le constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo» (Efesios 1:22-23), complemento de su humanidad. Por lo tanto, es a través de su Hijo, y en su Iglesia, que la Madre de Dios pudo alcanzar la perfección reservada a quienes llevan la imagen del «hombre celeste» (1 Corintios 15:49).
Habíamos establecido una relación entre la persona de la Madre de Dios y la Iglesia, al hablar de la Tradición que ella personificó, por así decirlo, antes de que existiera la Iglesia. Aquella que dio a luz a Dios según la carne, también guardó en su corazón todas las palabras que revelaban la divinidad de su Hijo. Este es un testimonio de la vida espiritual de la Madre de Dios. San Lucas nos muestra que ella no fue simplemente un instrumento que voluntariamente sirvió para la Encarnación, sino una persona que tendió a perfeccionar en su propia conciencia, el significado de su divina maternidad. Tras haber ofrecido su naturaleza humana al Hijo de Dios, buscó recibir por medio de Él aquello que aún no tenía en común con Él, la participación en la divinidad. Es en su Hijo donde reside corporalmente la plenitud de la Divinidad (Colosenses 2:9). La conexión natural que la vincula al Dios-Hombre todavía no confería a la persona de la Madre de Dios el estado de criatura deificada, aunque el descenso del Espíritu Santo el día de la Anunciación la hizo capaz para cumplir su singular misión. En este sentido, la Madre de Dios, antes del día de Pentecostés, antes de la Iglesia, aún pertenecía a la humanidad del Antiguo Testamento, a aquellos que esperaban la «promesa del Padre» y el «bautismo del Espíritu Santo» (Hechos 1,4-5).
La Tradición nos muestra a la Madre de Dios en medio de los discípulos en el día de Pentecostés, recibiendo con ellos el Espíritu Santo, que les fue comunicado a cada uno con una lengua de fuego. Esto concuerda con el testimonio de los Hechos de los Apóstoles: después de la Ascensión, los apóstoles «perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, de María la Madre de Jesús y de sus hermanos» (Hechos 1:14). «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos» (2:1). Con la Iglesia, la Madre de Dios recibió la última condición que le faltaba para poder crecer hasta «el estado de hombre perfecto, a la plena la madurez de Cristo» (Efesios 4:13).
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Aquella que por el poder del Espíritu Santo recibió en su seno la divina Persona del Hijo de Dios, recibe ahora al Espíritu Santo, enviado por el Hijo.
Podemos parangonar, en cierto sentido, estos dos descensos del Espíritu Santo sobre la Santísima Virgen con las dos comunicaciones del Espíritu a los apóstoles: la tarde del día de la Resurrección y la otra en el día de Pentecostés. La primera les confirió el poder de atar y desatar, una función independiente de sus cualidades subjetivas, debido únicamente a un decreto divino que los eligió para desempeñar este papel particular en la Iglesia. La segunda comunicación del Espíritu, en Pentecostés, les dio a cada uno la posibilidad de realizar su propia santidad personal, cuestión que siempre dependerá de condiciones subjetivas. Pero las dos comunicaciones del Espíritu, la funcional y la personal, son mutuamente complementarias, como se puede observar en los apóstoles y sus sucesores: nadie puede cumplir bien su función en la Iglesia a menos que se esfuerce por alcanzar la santidad; por otro lado, es difícil alcanzar la santidad si uno descuida la función que Dios le ha encomendado. Ambas deben coincidir siempre y más con el paso de la vida: la función se convierte, normalmente, en un medio para adquirir abnegación y santidad personal, es decir, olvidándose de sí mismo.
Podemos observar algo análogo en el caso, por lo demás único, de la Madre de Dios: la función objetiva de su maternidad divina, la que fue constituida el día de la Anunciación, será también la vía subjetiva de su santificación. Ella realizará en su conciencia y en toda su vida personal, el hecho de haber llevado en su vientre y haber amamantado al Hijo de Dios. Es aquí que adquieren su significado de suprema alabanza aquellas palabras de Cristo, que parecen disminuir a su Madre delante de Iglesia (Luc 11,28): bendita ella, que no solo fue Madre de Dios, sino que también realizó también en su persona el grado de santidad correspondiente a esa función única. La persona de la Madre de Dios es exaltada más que su función, y la consumación de su santidad recibe más alabanza que en sus comienzos.
La función de la maternidad divina se completó en el pasado, pero la Santísima Virgen, permaneciendo aún en la tierra después de la Ascensión de su Hijo, sigue siendo, como siempre, la Madre de Aquel que, con su gloriosa humanidad tomada de la Virgen, está sentado a la derecha del Padre, «por encima de todo principado, potestad, virtud, dominación y de todo cuanto tiene nombre, no solo en este mundo, sino también en el venidero» (Efesios 1:21). ¿Qué grado de santidad alcanzable aquí en la tierra podría corresponder a esta relación única de la Madre de Dios con su Hijo, Cabeza de la Iglesia, que habita en los cielos? Solo la santidad total de la Iglesia, complemento de la gloriosa humanidad de Cristo, que contiene la plenitud de la gracia deificante comunicada incesantemente a la Iglesia desde el día de Pentecostés por el Espíritu Santo. Los miembros de la Iglesia pueden entrar en una relación familiar con Cristo, pueden ser su «madre, hermanos y hermanas» (Mateo 12,50) en la medida en que cumplan su vocación, pero solo la Madre de Dios, por quien el Verbo se hizo carne, podrá recibir la plenitud de la gracia y alcanzar una gloria ilimitada, y realizar en su persona toda la santidad que la Iglesia pueda tener.
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El Hijo de Dios descendió del cielo y se hizo hombre por obra de la Santísima Virgen, para que los hombres pudieran elevarse a la divinidad por la gracia del Espíritu Santo. «Poseer por gracia lo que Dios posee por naturaleza» es la suprema vocación de los seres creados, el fin último al que aspiran los hijos de la Iglesia aquí en la tierra, en el devenir histórico de la Iglesia. Este devenir ya se ha consumado en la Persona divina de Cristo, Cabeza de la Iglesia, resucitado y ascendido al cielo. Si la Madre de Dios pudo realizar verdaderamente en su persona humana y creada la santidad que corresponde a su rol único, ella no podía no alcanzar aquí en la tierra, por gracia, todo lo que su Hijo posee en virtud de su naturaleza divina. Pero, si esto es así, entonces el devenir histórico de la Iglesia y del mundo ya se ha cumplido, no solo en la persona increada del Hijo de Dios, sino también en la persona creada de su Madre. Por eso, san Gregorio Palamas llama a la Madre de Dios «el límite entre lo creado y lo increado». Junto a la hipóstasis divina encarnada, existe una hipóstasis humana deificada.
Ya hemos dicho arriba, que en la persona de la Madre de Dios podemos observar la transición desde la máxima santidad del Antiguo Testamento hasta la santidad de la Iglesia. Pero si la Santísima Madre de Dios ha consumado la santidad de la Iglesia, y toda santidad posible para un ser creado, nos encontramos ahora ante otra transición: la del mundo del devenir a la eternidad del «Octavo Día», el paso de la Iglesia al Reino de los Cielos. Esta última gloria de la Madre de Dios, el eschaton realizado antes del fin del mundo, en una persona creada, la sitúa, por tanto, más allá de la muerte, más allá de la resurrección y del Juicio Final. Ella participa de la gloria de su Hijo, reina con Él, preside a su lado los destinos de la Iglesia y del mundo que se despliegan en el tiempo, e intercede por todos ante Aquel que volverá para juzgar a vivos y mu***os.
Este supremo pasaje, por el cual la Madre de Dios alcanza la gloria celeste de su Hijo, es celebrada por la Iglesia el día de la Fiesta de la Asunción: una muerte que, según la convicción más íntima de la Iglesia, no podía sino ser seguida por la resurrección y la ascensión corporal de la Santísima Virgen. Es difícil hablar, y no menos difícil pensar, sobre los misterios que la Iglesia custodia en la invisible profundidad de su conciencia interior. Aquí, cada palabra pronunciada puede parecer tosca, cada intento de alguna formulación parece un sacrilegio. Los autores de los escritos apócrifos a menudo aludieron imprudentemente a misterios sobre los cuales la Iglesia había mantenido un prudente silencio, por economía de palabras hacia los que están en el exterior. La Madre de Dios nunca fue objeto de la predicación pública de los apóstoles. Mientras que Cristo fue predicado desde las azoteas, públicamente propuesto al conocimiento de todos, en una catequesis dirigida al universo entero, en cambio el misterio de la Madre de Dios se revela únicamente al interior de la Iglesia, a los fieles que han recibido la Palabra y que tienden a la vocación «a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús» (Filipenses 3:14). Más que un objeto de nuestra fe, este misterio es fundamento de nuestra esperanza: fruto de la fe, madurado en la Tradición.
Guardemos, pues, silencio, y no intentemos dogmatizar sobre la suprema gloria de la Madre de Dios. No seamos tan locuaces como los gnósticos que, queriendo decir mucho más de lo necesario e incluso más de lo que podían, mezclaron su cizaña herética con el trigo puro de la Tradición cristiana.
Escuchemos más bien a San Basilio, que define lo que pertenece a la Tradición, diciendo que es una: «enseñanza que no se la puede hacer pública, inefable, preservada en silencio por nuestros padres para que permaneciera inaccesible a toda curiosidad e indiscreción, pues habían sido instruidos sabiamente sobre cómo proteger, mediante el silencio, la santidad del misterio. No sería apropiado, en efecto, publicar por escrito la enseñanza dada sobre asuntos que no deben ser expuestos a las miradas de aquellos que no son iniciados a los misterios. Además, la razón de una Tradición no escrita es la siguiente: al examinar muchas veces el contenido de estas enseñanzas, muchas personas corren el riesgo de perder el sentimiento de veneración a fuerza de costumbre. Porque una cosa es enseñar y otra muy distinta predicar. Las enseñanzas son custodiadas en silencio, en las predicaciones son manifiestas. Cierta oscuridad en el lenguaje, que a veces emplean las Escrituras, es otra forma de custodiar el silencio, para hacer difícilmente inteligible el sentido de las enseñanzas, para mayor beneficio de quienes las leen» (De Spiritu Sancto, XXVII).
Si la enseñanza sobre la Madre de Dios pertenece a la Tradición, entonces solo a través de nuestra experiencia de vida en la Iglesia podemos adherirnos a la devoción ilimitada que la Iglesia ofrece a la Madre de Dios. El grado de esta adhesión será la medida de nuestra pertenencia al Cuerpo de Cristo.
Traducción: Francisco de la Torre
Notas:
[ 1] “Toda Santa” o “Santísima”. Tomado del libro: “A Imagine e Somiglianza di Dio”, Cap.XI, Edizioni Dehoniane Bologna, 2016.
[ 2] El término «Siempre Virgen» (ai parthenos) que encontramos en los actos conciliares a partir del V concilio, no ha sido particularmente explicitado por los concilios que le han utilizado.
[ 3] En San Mateo (13,23) y san Marcos (4,1-20) la parábola del Sembrador sigue inmediatamente al episodio con la Madre y los hermanos del Señor. El ligamen es más que evidente.