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LA PRIMERA TELENOVELA NACIONAL  (segunda parte) En 1967 aparecía un segundo canal de televisión en Guayaquil, el Canal 2...
09/06/2026

LA PRIMERA TELENOVELA NACIONAL (segunda parte)

En 1967 aparecía un segundo canal de televisión en Guayaquil, el Canal 2. Era una estación con un equipamiento más moderno que su competidor pionero, el canal 4. Con el entusiasmo del debutante, sus ejecutivos y el equipo creativo ansiaban por realizar producciones dramáticas. La prueba de fuego fueron unas cortas historias de encuentros románticos, a los que titularon “Cartas de amor”. Para protagonizarlas debieron recurrir a una mezcla de actores de la localidad y figuras de su pantalla. Así, el presentador de noticias Alfonso Espinosa de loa Monteros y la recién llegada Toty Rodríguez quien venía forjando una carrera como modelo y actriz de cine en París, estelarizaron la primera de esas historias. Se conoce que se emitieron tres episodios.

Al año siguiente, coincidiendo con la semana Santa, se estrenó otra obra dramática. “El Cristo de nuestras Angustias”, tomando un cuento breve escrito por el padre Ignacio Rueda, un sacerdote de la localidad, quien además la dirigió y cuya producción estuvo a cargo del periodista Alberto Borges. El elenco lo encabezaba Miguel Ángel Albornoz y junto a él actuaron: Alfonso Espinosa de los Monteros, Meche Mendoza, Roberto Garcés, Alisva Rodríguez, Antonio Santos y Ángela Játiva, entre otros. También figuraba Meche Lozano, la “chica Coca-Cola” que anunciaba la hora en la pantalla del canal. Sería errado llamar a esta producción unitaria una "telenovela".
Cuando trabajé en ese canal, pude visualizar unas cuantas escenas de ese dramatizado, filmadas en exteriores en 16mm y transferidas en tele-cine, puesto que no existían aún en el canal las cámaras de video-tape para ese fin.

Habría de pasar una década, para que el Canal 2 de Guayaquil, ya con el advenimiento de la señal a colores, se entusiasmara para retomar las producciones actuadas. Este regreso comenzó con una obra de tele-teatro llamada "El indiferente" (1978) escrita y dirigida por el artista Eduardo Solá Franco, quien se encontraba de paso por su ciudad, con la actuación de Mónica Fernández-Salvador, una presentadora de noticias del canal, quién también actuaría en dos consecutivas producciones dramáticas de Ecuavisa que aspiraban posicionarse en la audiencia como “telenovelas”. "La Intriga", de dos o tres capítulos (no existe registro) escrita originalmente por el cubano Arturo Suárez del Villar, adaptada y dirigida por un productor extranjero traído por el canal y que se emitió en 1979. Al año siguiente se haría "Un día el sol", que ya fue lograda con un poco más de pretensiones y duraba cinco episodios. Durante los varios años que trabajé en ese canal, no logré ubicar ninguna copia de estas últimas producciones. Lo que sí pude encontrar fueron cassettes con los 40 capítulos de la serie “Bolívar, el hombre de las dificultades”, que Ecuavisa había co-producido en 1981 en una realización colombiana dirigida por Jorge Alí Triana, apoyando tanto económicamente, como con ciertas facilidades técnicas, como la edición en sus recientemente incorporados equipos de grabación y edición AMPEX que utilizaban cinta de una pulgada y se obtenía una alta calidad de reproducción. Se emitió en 1981.

En una circunstancia parecida, cuando trabajé por primera vez en un canal de televisión, Teleamazonas de Quito, me enteré de la existencia de lo que yo consideraré la primera producción de larga extensión, que podría llamarse “telenovela” y que se realizó en ese canal en 1974. La primera estación ecuatoriana concebida para transmitir totalmente a colores en el país había iniciado sus emisiones unos meses atrás y bajo la batuta del grupo de técnicos y funcionarios que su propietario Antonio Granda Centeno había conservado al adquirir la frecuencia del desaparecido Canal 4 de HCJB, con los esposos Clark, un matrimonio de norteamericanos evangélicos, como directivos, se propusieron producir un dramatizado que sí se puede catalogar en esta categoría.
“La Casa de los Lirios” era el título de esta primera telenovela a color producida por Teleamazonas, con la misionera C.C. Martin como productora y encargada del libreto, y con la dirección de Mary Anne de Clark, “cariñosamente conocida como “Marianita”. La serie constó de 88 episodios de media hora de duración. Fue protagonizada por Isabel Sawer, Raúl Rosero y una docena de actores aficionados que procedían del grupo teatral que la misión evangélica promovía en la capital. Se incorporaron un par de actores del medio, como Fausto Terán, Ana Salvador y como galán, el joven locutor de radio Gabriel Espinosa de los Monteros. Las notas de prensa refieren como la fecha de su estreno el 8 de octubre de 1974 y se emitió de lunes a viernes en el horario de 7:30pm. Puesto que era una historia de época, con vestuario confeccionado especialmente para la producción, escenografía y utilería de detalle, esta realización haya resultado muy costosa y con seguridad, el resultado económico no resultó satisfactorio para la empresa, siendo una razón por la cual el género dramático no se retomó durante muchos años en esa estación. Para finales de 1981 cuando llegué al canal, ya no existían los equipos de video-tape de 2 pulgadas donde se grabó, y esa continua migración de formatos de reproducción en video, quizás sea la razón por la cual esta serie no haya sido conservada. Hubiese sido un patrimonio invalorable.
Ahora es una más de aquellas producciones perdidas de nuestra televisión.

Por: Marcelo Del Pozo Álava

LA PRIMERA TELENOVELA NACIONAL  (primera parte) Mucho se ha hablado si fueron “El Cristo de Nuestras Angustias” de 1968 ...
08/06/2026

LA PRIMERA TELENOVELA NACIONAL (primera parte)

Mucho se ha hablado si fueron “El Cristo de Nuestras Angustias” de 1968 en Canal 2 de Guayaquil o “La casa de los Lirios” de 1974 en Canal 4 de Quito, las primeras telenovelas ecuatorianas. O si las producciones surgidas ya en los ochenta son las que pueden realmente llamarse así. Lo cierto es que un hecho casi desconocido en la historia de la TV nacional se produjo en los albores de este naciente medio en Ecuador, aparecido en 1961.

Primero, nos remontaremos a Cuba en 1948, cuando se transmitió por radio “El derecho de nacer”, que era una radionovela del escritor cubano Félix B. Caignet, con enorme suceso y que luego fue reproducida en muchas radios a lo largo de Latinoamérica durante varias décadas. Luego, aparecieron innumerables versiones para la pantalla: una primera película mexicana rodada en Cuba en 1952 y una segunda filmada en México a mediados de los años sesenta, protagonizada por Julio Alemán y Maricruz Olivier, ayudaron a difundir esta obra.

La primera versión para televisión de esta historia, en el formato que comenzó a llamarse “telenovela” se transmitió en Cuba en 1958, que por entonces ya tenía una muy profesional televisión. A partir de ahí, se han efectuado varias versiones a lo largo de América Latina. Eran tiempos cuando las grabaciones en video no eran posible efectuarlas en la mayoría de países que ya tenían televisión, siendo la versión en formato “culebrón” de 100 episodios hecha en México en 1966 y grabada en blanco y negro en cinta de video de 2 pulg. la que tuvo primera difusión internacional y abriría el camino a lo que sería la robusta industria de la telenovela mexicana.

Sin embargo, pocos conocemos que el primer país, luego de Cuba, donde se transmitió por televisión esta historia, fue en el Ecuador de 1961. Apenas había aparecido este medio en ese mismo año en Guayaquil y Quito, cuando ante la necesidad de generar contenidos locales, la Primera Televisión Ecuatoriana (la razón social del Canal 4 de Guayaquil, entonces) contrató como director artístico al actor y guionista teatral Paco Villar para que -entre otros programas- adaptara algún formato de radionovela a la nueva pantalla. Ya se conocía que esto se venía haciendo en los países que llevaban más de una década con televisión, como Cuba, México o Venezuela. Habría que intentarlo hacerlo acá, claro que las limitaciones técnicas, artísticas y económicas, que eran extremadamente limitadas. Era un momento en que la audiencia aún era muy pequeña; tal vez unas cuantas centenas de aparatos de televisión habían sido adquiridos por las personas más pudientes, pero esto podía ser un enganche para acrecentar la sintonía del servicio.

Paco Villar [foto 3] tenía una larga trayectoria en teatro y había visto cómo funcionaba la televisión en Perú o Colombia, países donde había estado en giras artísticas. En Guayaquil, había dirigido por muchos años la radio de diario “El Telégrafo”, donde había incursionado en el género del radio teatro primero y la radionovela, después. Había hecho cine, dirigiendo las primeras películas sonoras que se filmaron en el país: “Se conocieron en Guayaquil” (1949) y “Amanecer en el Pichincha” (1950). También “Mariana de Jesús, Azucena de Quito” (1959). Sobre esto, escribiré más adelante y con detalle.

Por lo tanto, Villar tenía el suficiente arrojo para afrontar este reto. Obtuvo los guiones (vamos a suponer que los adquirió) de “El derecho de nacer” que se había sido emitido con gran suceso en la emisora local “Radio Cenit”, unos años antes. Según puedo inferir de un par de fotografías, varias pequeñas notas de prensa y testimonios de algunos protagonistas del hecho, la puesta en escena podía parecerse a un tele-teatro, escenificado con mínima escenografía y estrechos movimientos ante las cámaras, que apenas eran dos para ese momento. El estudio del canal de televisión ya estaba ubicado en el quinto piso del aún inconcluso edificio de la Casa de la Cultura del Guayas.

El elenco lo integrarían, entre otros, las actrices y actores: Ángela Játiva, Roberto Garcés, Rosario Ochoa, Alisva Rosdríguez, el español Antonio Santos [foto 2] y el propio Paco Villar junto a su esposa Elsy Vidal y el peruano Raúl Varela, yerno de Villar. La emisión, al igual que todos los programas del canal, se efectuaba en directo y los episodios debían durar 30 minutos. Se dice que se emitieron en total ochenta. Es decir, la obra pudo estar 4 meses al aire, en el horario estelar de las 8pm.

Lo extraordinario del hecho, es que Ecuador se atrevió a efectuar esto, un año antes de que lo hiciera el canal 9 de la televisión peruana o que en 1965 lo emitiera la poderosa TV Tupí de Brasil o la versión de 1966 de Radio Caracas Televisión [foto 1].
No me atrevo a valorar la calidad del resultado. Hasta creería que pudo haber sido decepcionante, aunque entonces se podía exigir poco de este naciente medio, lo que de por sí ya era una innovación. El hecho de que no se haya vuelto a intentar algo similar por mucho tiempo, revela que desde la parte económica el dramatizado no pareciera ser algo que entusiasmó a los directivos del canal. Sin embargo, entre 1967 y 1968, el nuevo canal 2 de Guayaquil produjo unos pequeños ensayos dramáticos: “Cartas de Amor” y “El Cristo de nuestras Angustias”, sobre lo que detallaremos en una siguiente publicación.

Lastimosamente, como lo he mencionado antes, en 1961 existían apenas unos centenares de televisores encendidos en Guayaquil, que pudieron haber permitido que quizás un par de miles de personas sean testigos de este modesto, pero importante acontecimiento en la historia de nuestra televisión.

Poco tiempo después, en 1962, Paco Villar viajó a radicarse en los EE.UU. donde trabajó como coordinador de programas en español de la NBC radio y luego en la primera estación hispana de TV, el canal 47 de Nueva York. Viajó por México y Puerto Rico, donde intervino en producciones de teatro y cine. En 2009, a los 97 años Paco Villar falleció lejos del país acompañado de algunos de sus familiares. El clan de artistas Villar mantuvo cierta trayectoria en nuestra televisión, lo cual merecerá ser comentado en una próxima publicación.

Por: Marcelo Del Pozo Álava

08/06/2026

No debía sorprendernos.
Esta productividad sería puesta en práctica cuando apareció la televisión para hacer que la industria de telenovelas de México lograra un enorme alcance por todo el continente.

AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR (segunda parte) A inicios de la década de los setenta, luego de su peripecia por Nueva York...
02/06/2026

AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR (segunda parte)

A inicios de la década de los setenta, luego de su peripecia por Nueva York, audicionando al Actor’s Studio y buscando actuar en teatro, César Carmigniani regresaba a Guayaquil cuando se vio inmerso en una audaz aventura de su amigo Xavier Molina, quien se había propuesto producir una película en la que participaría el exitoso grupo musical juvenil de la ciudad “Los Corvets” y tendría como protagonista a su vocalista, Marcos Molina. “Cuando canta el corazón” se realizó con la producción de Gabriel Tramontana, el cineasta local que poseía equipos de filmación cinematográfica, pues realizaba noticiarios fílmicos y publicitarios. Trajeron al realizador argentino Sergio Mottola para que la dirigiera y lograra atraer a algún actor argentino o mexicano para el reparto, cosa que sí sucedió. La cinta incluía la participación de un puñado de jóvenes e improvisados actores locales como Molina, Silvia Larraz y un César Carmigniani con algo más de entendimiento en este arte que los demás. Por razones de presupuesto la película se filmó en blanco y negro (que era el material que el laboratorio de Tramontana podía revelar), estrenándose en 1972 en el cine 9 de Octubre de Guayaquil. Era la época de las producciones extranjeras -principalmente mexicanas- que venían a filmar a Ecuador. Un par de años después llegó otro grupo de cineastas españoles, con el apoyo de un productor norteamericano, a rodar en Guayaquil una película de horror, que se titularía “El pantano de los cuervos”. A pesar de que para cartelera figuraban actores europeos como Ramiro Oliveros, Fernando Sancho y Marcelle Bichette, había que completar el reparto con secundarios locales e inevitablemente sugirieron el nombre de Carmigniani. A petición del co-productor ecuatoriano, se incluyó también al arriba ya relatado Marcos Molina, pues buscaban nombres que, llegado el momento, atraigan al público local. La cinta se estrenó a “nivel mundial” en 1974. Lo gracioso resultó que, para la versión en inglés, que se exhibiría en los EE.UU. se cambiaron varios nombres de los protagonistas locales: así, Marcos Molina era Mark Mollin y César Carmigniani, Cesar Carmichael.

Unos cuantos años después, para cuando llegó el rodaje de “Dos para el camino” (1980), César ya se había con otras actuaciones en el cine ecuatoriano (el auténtico), asumiendo el papel de Simón Bolívar en “La Libertadora del Libertador” co-dirigida por Carlos Rojas y Teodoro Gómez de la Torre, que se filmó en 1978 pero sufrió severos problemas de financiamiento y finalmente vio la luz como un medio-metraje algunos años después. El personaje de Manuela Sáenz lo había interpretado Sofía Monteverde, una ex Miss Ecuador. César también tiene una aparición “cameo” como Eugenio Espejo en el cortometraje docu-drama histórico “El grito sublime” de Jaime Cuesta (1977). Incluso había sido convocado (1978) para completar el reparto ecuatoriano de una ambiciosa película que el quiteño Manolo Cadena se había propuesto producir para unir en una misma producción al humorista ecuatoriano Ernesto Albán con el gran cómico cubano Leopoldo Fernández “Trespatines”. El título: “Misión 3K3: Tres Patines en acción”.

Ya habíamos comentado antes sobre su primer encuentro con la TV en la teleserie del teniente Paroli (1983-84) para Teleamazonas y luego, su inicial experiencia con Ecuavisa con “El Ángel está Vivo” (1985), de la que no le fue posible concretar que este formato se convierta en una serie. Quedó como una película para TV de la que desafortunadamente parece no quedar archivada una copia reproducible.

El “loco” no regresó al cine. Al menos, no tan rápido. Ecuavisa lo volvió a llamar para la pantalla chica. Dirigió en Quito la primera gran serie de exhibición semanal “El Ángel de Piedra” (1989). Esta serie marcó un hito en la televisión ecuatoriana, como un suceso de gran audiencia y se convirtió en el punto de partida para una larga época de producciones dramáticas, en diferentes formatos y extensiones: series semanales, telenovelas, unitarios; con los cuales Ecuavisa -primero- enriqueció su pantalla y luego este ejemplo fue tomado por Teleamazonas y TC Televisión, principalmente; tendencia que se mantuvo en forma continua por 25 años, hasta la primera década del siglo XXI.

Con “El Ángel de Piedra”, “El segundo enemigo” (1990) o “La Jaula” (1991), dirigidas por Carmigniani, se dio inicio a una gran oportunidad para varias generaciones de actores, que luego conformaron los elencos de nuevas series, comedias y películas para TV, formatos que se volvieron habituales en nuestra televisión. También para varios de esos actores y actrices, fue un trampolín para el cine ecuatoriano que ya empezaba a despegar.
“Zámbiza” (1991), “Cumandá” (1993) o “El puente llevará su nombre” (1996) son algunas de las obras que continuó firmando César como director en esos primeros tiempos. Desde entonces no ha parado de escribir, producir y dirigir innumerables teleseries, unitarios y documentales, para canales de televisión o en forma independiente, exhibidos en diversas pantallas y plataformas. La industria audiovisual ha cambiado mucho y vertiginosamente en la última década. TV y cine ecuatoriano, incluidos. Pero eso no ha detenido a César Carmigniani, quien no ha vuelto a dirigir o actuar en filmes para la pantalla grande, pero se ha mantenido reteniendo el título del más prolífico creador de la televisión dramática ecuatoriana.

Por: Marcelo Del Pozo Álava.

AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR (primera parte) Cuando conocí a César Carmigniani hace casi medio siglo, sus anécdotas y su...
28/05/2026

AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR (primera parte)

Cuando conocí a César Carmigniani hace casi medio siglo, sus anécdotas y sus historias de amor con el cine acrecentaron esa pasión mía por el quehacer audiovisual que me han movilizado por muchos kilómetros de vida. Era delicioso escucharlo hablar sobre sus peripecias para audicionar al Actor’s Studio en Nueva York, o sus experiencias como actor en esas esporádicas aventuras fílmicas que se rodaban -por extranjeros- en el Ecuador de los setenta, con pequeñas apariciones suyas junto a actores importados o filmando en Dominicana al lado de “Trespatines”, por ejemplo. También interpretó a Simón Bolívar en “La Libertadora del Libertador” -ese sí- un filme nacional. En aquellas tertulias nunca le faltó público embelesado ante esas aventuras cinematográficas. Llegué a conocer el método de Stanislawski o hasta repetir algún parlamento de Montgomery Cliff.

Sin embargo, ese mismo amante del cine, que llevaba por dentro a ese genio-director que pronto iba a salir de la botella, es el responsable de que yo haya ido a parar a la televisión.
Apenas se estrenó -con inmenso éxito en salas- la cinta de humor “Dos para el camino”, donde César había compartido cartelera con el gran actor Ernesto Albán, me confesó que tenía listo un libreto para hacer no una película, sino una serie policíaca, con un personaje: el teniente Paroli. “Era el apellido de mi abuela”, dijo. Lo había pensado como historias unitarias, a manera de pequeñas películas. “Como Columbo” me ratificó inocentemente “el loco”, como cariñosamente le decíamos. Me pidió que le ayudara a hacer un piloto. “Ya Jaime Cuesta me ofreció prestarme un equipo de video y alguien para que haga cámara y lo edite”. Ese “alguien” únicamente podía ser yo mismo, porque para entonces ya no estaba comprometido con las tareas diarias de “Cuestordoñez”, la casa productora de Jaime, quién lo había dirigido en “Dos para el camino”, pero yo gozaba de su confianza, como para encomendarme “los fierros”.

En una futura oportunidad podré contar divertidos detalles de aquella modesta primera producción, tanto por su elenco amateur, como por su calidad técnica, lograda con una obsoleta cámara Sony monotubo y editada en una vetusta editora de cassette U-matic. El título tentativo que la serie tenía era “A la hora del crimen”.

Lo cierto es que, con ese episodio piloto, llegamos a Teleamazonas y la posibilidad le encantó a Alfredo Escobar, un chileno experto en el negocio de la televisión que había llegado pocos años antes como gerente, con el objetivo de “cambiar la manera de hacer y ver TV en este país”. A las pocas semanas, Carmigniani ya estaba produciendo, dirigiendo y actuando en la serie rebautizada como “Paroli”. Yo, apenas pude participar como director de fotografía en el primer episodio, porque esa carta de presentación como el “multifuncional” en la serie, bastó para que el canal me contratara para ser parte de su staff de producción y ya no pude regresar al equipo del “loco”. Su paso por aquel canal no se limitó a esa serie, de la cual se llegaron a producir una docena de episodios, que probablemente no se hayan conservado [Triste realidad de nuestra TV, de lo cual ya hemos comentado]. César actuó también en una telenovela del canal Trece de la TV Chilena, titulada “Los Títeres”, para la cual se coprodujeron con Teleamazonas algunos capítulos rodados en Quito e incluso él viajó a Santiago a actuar en otros episodios. Una vez agotadas las posibilidades de grabar nuevos episodios para la serie policial “Paroli”, César se alejó de Teleamazonas, mientras yo continué a lo largo de cuatro años ahí, aunque ya había empezado a aburrirme de la rutina. Cuando un día me buscó y tomando un café me contó que había escrito el libreto para otro personaje: un periodista de crónicas “guayacas”. Pero esta vez se lo había ofrecido a Xavier Alvarado Roca – dueño de Ecuavisa- con quien había coincidido junto al asiento en un vuelo doméstico. “No hay tiempo para entrenar a nadie, como quiere Alvarado, así que quiero que tú seas parte del equipo” me dijo y quisiera suponer que me convenció. “Vienes conmigo por unas pocas semanas a Guayaquil”, me dijo y le creí. Ni siquiera se mencionó la palabra “dinero”. Tal vez porque él pensaba que entre locos no se habla de esas locuras.

La historia se repitió. Llegué con él al canal del cerro del Carmen y pusimos a esa gente de cabeza para hacer posible esta nueva aventura: “El ángel está vivo” se llamaría esta historia policíaca que traía a nuestro universo tropical nada menos que a un fugitivo N**i (el mismísimo Dr. Mengele) que era cazado por un suigéneris periodista local, mezclando la “sabiduría” costeña con la suspicacia del detective hollywoodense.
Se repitió la historia, porque ni bien concluido el telefilme, resultó que por esos días, el gran Óscar García (el técnico clave de la producción del canal) iba a dar un paso al costado y él mismo había sugerido que “ese serranito” que había traído Carmigniani parecía reunir el perfil para el puesto que él dejaba. Es así como me reclutaron en Ecuavisa, adonde había llegado por un par de meses y me quedé una docena de años en el canal y un cuarto de siglo en el puerto principal.

Por: Marcelo Del Pozo Álava.

(continuará)

JORGE PRELORÁN A LOS 94 Son ya 17 años. Era finales de mayo, pero de 2009, cuando Jorge Prelorán descansó para siempre. ...
22/05/2026

JORGE PRELORÁN A LOS 94
Son ya 17 años. Era finales de mayo, pero de 2009, cuando Jorge Prelorán descansó para siempre. De él dijo Manuel Antín que tal vez ha sido el más prolífico cineasta argentino. Cada una de sus sesenta películas documentales, serie para TV y cine de ficción, además de sumar a su extensa obra cinematográfica, retratan la mirada que tenía del mundo este hombre excepcional, aunque modesto.
Quizás el mejor retrato de su vida y obra sea la película “Huellas y memoria de Jorge Prelorán” (2010) de Fermín Rivera (extracto: https://www.youtube.com/watch?v=mGr9oWhmMJo ) donde nos muestra al ser humano, en su vida privada, en su trabajo y en su experiencia educativa -que para él era una misma cosa- pero también a entender su mirada hacia los sencillos personajes que filmó y aquello que su vida (la de ellos) nos comunican. Aunque se cataloga a su obra como cine antropológico, él lo definía como etnográfico y más específicamente, como “etno-biográfico”, término que acuñó.
Tardíamente reconocido en su país, de donde tuvo que huir debido a la dictadura a mediados de los 70, para residir en los EEUU donde impartió clases como profesor en la UCLA durante dos décadas, llevando consigo su valiosa carga de películas propias y los recuerdos de muchas personas a quienes debió dejar de ver por varios años. De hecho, sus primeros viajes a Ecuador ocurrieron antes de su primer retorno a la Argentina. Allá en Norteamérica donde finalizó “Cochengo Miranda” y “Los hijos de Zerda”, también realizó el cortometraje documental “Luther Metke at 94” que en 1981 fue nominado al premio Oscar en esa categoría.
Tuve la fortuna de conocerlo bien, conversar, comprenderlo, aprender de él. Nos debería enorgullecer que un pedazo de su extensa carrera junto al cine que filmó por más de cincuenta años la hizo aquí, en Ecuador.
Por acá se proyectaron y junto a él se comentaron varios de sus documentales: “Hermógenes Cayo, imaginero” o "Valle fértil", ya forman parte de la antología del cine documental argentino. A Ecuador trajo alumnos pasantes que lo acompañaron en sus exploraciones en busca de historias y escenarios; “gringuitos” que también contribuyeron brevemente a orientar la formación empírica de quienes pretendíamos hacer el cine ecuatoriano a inicios de los 1980. Jorge también “laburó” para proyectos nuestros -a veces para cubrir sus gastos- en ocasiones en forma anónima. Por ejemplo, aunque figura en los créditos como editor del largometraje “Dos para el camino” de Jaime Cuesta y Alfonso Naranjo, no aparece su nombre en el documental “Cartas al Ecuador” de Ulises Estrella, siendo él quién lo editó. Por cierto, en ambas producciones yo participé en su realización (sonido y producción de campo, respectivamente). Cuando se trabaja en filme de 16mm o 35mm, la edición o compaginación es una labor casi artesanal. Se mide, se corta con cuchilla, se une con pegamento, se intercala, se visiona, se vuelve a cortar… A lo largo de muchísimas horas en que me senté junto a él ante la Moviola, comprendí por qué el cineasta es, ante todo, un artista. Acá también produjo y dirigió su único filme de ficción “Mi tía Nora”, con libreto de su esposa Mabel, y junto a ella concibió e inició en Otavalo el rodaje de “Zulay frente al siglo XXI” que transcurre a lo largo de casi una década, entre Imbabura y California.
Junto a los Prelorán a bordo de un viejo Land Cruiser que compró para movilizarse por el país, recorrimos Manabí por varios días, mirando personas, hablando con ellas, fotografiando y explorando paisajes y entornos, buscando historias para posibles películas que nunca llegaron a hacerse. Aunque todo lo que escuché de él en esas jornadas, me ha servido de inspiración y referencia a lo largo de mi tránsito con el audiovisual; he lamentado que siempre me embargó la cobardía de lanzarme a la realización documental, por aquel temor a que las historias humanas se conviertan en otra parte de tu vida a la cual debas atender…
Jorge estaría camino a los 94.

(Marcelo Del Pozo Álava, mayo de 2026)

UNA HISTORIA AL VUELO…    Hace exactamente 40 años, un par de mentes soñadoras cruzábamos ideas en los pasillos de Ecuav...
19/05/2026

UNA HISTORIA AL VUELO…

Hace exactamente 40 años, un par de mentes soñadoras cruzábamos ideas en los pasillos de Ecuavisa en Guayaquil, sobre cómo producir una película para TV, en una forma económica, sin tener que recurrir a costosos elencos o libretistas. Carlos González-Rimbau era uno de los directores de cámaras del staff del canal. Su trabajo diario podía haberse limitado a ser operativo, rutinario. Pero aquel “guayaquileño” nacido en Barcelona, hijo de artistas músicos, como lo era su padre el maestro González-Arijita, un catalán migrado a la húmeda Guayaquil y formador de varios talentos musicales en esta ciudad llevaba sobre su piel otra sensibilidad y otra creatividad. Carlos -el nuestro- había optado por su trabajo sobre el “switcher”, la mezcladora de cámaras, porque era lo más cercano a su afición cinematográfica, a algo que tal vez se debería llamar “cineasta”. Así comenzó a compartirme su idea de adaptar un cuento fantástico en una realización audiovisual. Y hacerlo localmente.
Me convenció; pero había que idear un plan para hacerlo casi que en secreto...

ECUAVISA se caracterizó durante varias décadas por ser un canal que intentaba crear producción dramatizada para su pantalla. Pero para mediados de los ochenta, todavía era un salto al vacío cualquier pequeño o mediano intento.
Cuando yo arribé al Canal 2 de Guayaquil (historia que deberá ser contada aparte) a finales de 1985, esta estación acababa de emitir un unitario -a manera de piloto para una telenovela- titulado “La chica de Manta”. La experiencia había sido esforzada, costosa y hasta criticada. Sin embargo, el entusiasmo del canal o de su dueño, se mantenía en vez de decepcionar. Tal es así, que la razón de mi llegada había sido junto a César Carmigniani -yo era el único miembro de “su equipo”- para producir otro telefilme que saldría al aire titulándose “El ángel está vivo”, una historia policíaca que traía a nuestro universo tropical nada menos que a un fugitivo N**i que era cazado por un suigéneris periodista local, etc.
El contraste entre las metodologías de trabajo de Carmigniani y el equipo de “la Chica” era evidente, sobre todo en los tiempos de rodaje y su impacto en el presupuesto solicitado. Esto no solo entusiasmaba a los ejecutivos de Ecuavisa, sino que contagiaba a otros miembros del personal del canal a reponerse del derroche anterior.

Media docena de actores profesionales, otra cantidad de improvisados y extras, más un “crew” de cinco personas -los que cabían sentados en la vieja Van Chevrolet en medio de las luces y trípodes- acompañados de aquella única cámara, nos embarcamos en una aventura, cuyo escenario principal, donde transcurre el 80% del tiempo de la película, era un vetusto avión militar del que logramos disponer durante ocho horas para grabar. El viejo Avro de la FAE (utilizado por Tame) llegado desde Cuenca a las 7pm y luego de abastecerlo de combustible, debía quedar parqueado desde las 8pm en la plataforma de la Base Aérea de Guayaquil hasta las 5am en que volvían a trasladarlo al terminal para su viaje a Loja que partía 6am. Juntando las pocas escenas ¿cinco, seis? que transcurrían en otras locaciones, principalmente aquellas imágenes de lo que se imaginaban los viajeros de la historia, todo el rodaje de esta producción se efectuó en un par de semanas. Siempre aprovechando las “horas vagas” cuando la cámara y el vehículo del área de producción no fuese requerido por otros programas “realmente importantes” que debían emitirse en forma diaria o semanal.

EL VUELO 103 estaba inspirado en un cuento breve del español Álvaro de Laiglesia (1922-1981), guionizada por el propio González-Rimbau. Carlitos, que así lo llamábamos cariñosamente, ya había pensado el reparto, visualizándolo en algunos actores y personajes que había conocido, sobre todo dentro del canal: del elenco cómico del programa “Así es la cosa” estaban Gino Molinari y Luis Aguirre, quién a su vez del Teatro La Mueca, sugirió a Mauro Guerrero; para darle “balance nacional” yo propuse traer a mi amiga Ana Rosenfeld desde Quito. Por cierto, Annie era la única “contratada” que vino de afuera de la ciudad, quién llegó aquel martes a mediodía y ya que rodamos toda la noche y madrugada, regresó al día siguiente por la mañana y nunca pernoctó en ningún hotel (ahorro). El pasaje aéreo era uno ajeno que se endosó a su nombre, algo que hoy ya no se podría hacer. Para el papel principal Carlos siempre pensó en Marcelo Gálvez, a quien debimos teñirle el cabello para asumir como “el rubio”. Una improvisada actriz resultó una modelo-amateur llamada María Eugenia Chiriboga y luego, amistosas colaboraciones de bailarinas, vecinos, personal doméstico de familias amigas, compañeros del canal y algún familiar, completaron el reparto. Siempre rápido y en sigilo pero, sobre todo, en forma gratuita, ya que no había presupuesto para ello porque este proyecto no estaba presupuestado ni existía en los papeles y los gastos de logística (alimentación y vestuario) se obtuvieron gracias a negocios amigos que, siendo clientes auspiciantes en otros programas del canal, ayudaron. Como ya se ha dicho antes, este proyecto buscaba demostrar que lograr una buena (¿aceptable?) producción dramatizada, podía realizarse en forma económica y productiva.

Llegado el momento, debimos mostrarles nuestro “proyecto secreto” a los ejecutivos del canal, comenzando por Xavier Alvarado Roca, el presidente de la empresa. Durante los 50 minutos que se los proyectamos en la pequeña sala de control, porque debimos reproducirlo desde la maquina de cinta de 1 pulgada, donde se editaba, contuvimos el aliento esperando ver si el resultado era de aprobación o decepción…
Carlos González-Rimbau apareció en los créditos como debía ser -productor y director- y yo estuve a cargo de la dirección fotográfica, además de la producción ejecutiva. De hecho, siendo yo Jefe de Producción de la estación, dispuse la utilización de los equipos sin que esto representara un gasto adicional, ni el personal cobró horas extraordinarias de trabajo. Hasta la Cuqui Chiriboga, coordinadora del área y Cecilia Pérez, secretaria de la Dra. Nila Velásquez -Gerente de Producción- fueron reclutadas para esta aventura.

EL VUELO 103 se transmitió a inicios de 1987, en marzo para ser más exactos, durante el mes del vigésimo aniversario de la estación del cerro del Carmen, como uno de los programas especiales.
Debo mencionar a Lucho Campoverde, quién hizo un estupendo manejo de la cámara y a Aurelio Cruz que nos ayudó con la musicalización y la corrección del sonido. En fin, un puñado de valientes que aportamos para brindar nuevos ánimos y confianza en la decisión de avanzar con más bríos en las futuras producciones dramatizadas. Pocos meses después, se armó nuevamente un equipo de producción dramática que emprendió a renglón seguido, la producción de la primera “telenovela” que se programó en forma diaria en horario estelar: “Por amor propio” y desde ahí, el género no se detuvo por largo tiempo.
Al menos por esos tiempos, ni Carlitos, ni yo, formamos parte del área dramática. González migró del país un par de años después, hacia los EE.UU. donde reside por cuatro décadas ya. ¡Saludos a la distancia!

Por: MARCELO DEL POZO ÁLAVA
Mayo, 2026.

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