07/02/2026
EL CASTILLO DE LOS DUQUES DE FERIA (BADAJOZ)
Artículo de Francisco Felipe Montes de Oca, publicado originalmente en 1954 en el número 5 del "Boletín de la Asociación Española de Amigos de los Castillos":
En lo alto de una empinada sierra que lleva su nombre, a la que da belleza y poesía, y a unos 200 metros de la población, se levanta airoso, como vigía, desafiando a los siglos, nuestro antiguo Castillo, que domina la villa por el NO.; fábrica de planta poligonal irregular, cuya fundación data del año 1460, en que lo empezó a construir, con todo lo que el arte pudo añadir para su defensa, el segundo señor y primer Conde de Feria, D. Lorenzo Suárez de Figueroa, siendo terminado por sus sucesores en el año 1513. Fue dado en feudo al citado primer Conde de Feria por Enrique IV de Castilla, y Fernando II hizo merced de la villa con el título de Duque, a su quinto Conde, D. Gómez Suárez de Figueroa.
Es, sin duda, este Castillo de Feria (Badajoz) uno de los más pintorescos de la comarca, dada su situación estratégica, antigüedad y, sobre todo, por la belleza de su emplazamiento, perteneciendo desde su construcción a la poderosa familia extremeña de los Suárez de Figueroa, hasta que más tarde pasó su señorío al Duque de Medinaceli, cuyos descendientes son los dueños actuales.
Se cree, con bastante fundamento, que esta fortaleza se edificó sobre las ruinas de otra de época remota, de cuyo recinto se conservan restos, y alrededor de la cual se extendía la antigua villa, cuya fundación data de unos quinientos ochenta años antes de la venida de Nuestro Señor Jesucristo, por los celtas de la Lusitania, con el nombre de Seria, y se dice correspondía a la antigua Fama Julia. Sus fundadores eligieron un lugar delicioso y estratégico en la falda de la sierra del Castillo, donde actualmente se encuentra como colgada la pintoresca e histórica villa. Desde su fundación mereció este pueblo el título de muy honrado, laborioso y distinguido en la provincia, siendo muy conocido más tarde por los títulos que dio de Conde y Duque al nobilísimo caballero D. Lorenzo Suárez de Figueroa, Maestre de la Orden de Caballería de Santiago, de quien fue inmediato sucesor el Infante D. Enrique de Aragón.
Rodean al Castillo enormes y sólidas murallas rematadas con torreones o cubos con corredores, teniendo el mayor una altura de 15 metros de alto, de forma cilíndrica, permitiendo andar por ellas desembarazadamente. Tiene un arco enorme, el foso y la plaza de armas, siendo el recinto de forma romboide, y robustecen sus ángulos obtusos varios tambores salientes. En el centro, circundado por las murallas, se encuentra la gran mole de piedra, de forma rectangular, con 28 metros de altura, desde cuya plataforma se otean las vías de acceso a la villa, y sería difícil cualquier ataque, que nunca podría ser de improviso; tienen sus paredes un espesor de 4 metros, 19,40 metros de largo por 17,65 de ancho; está edificado en roca viva, acusando sus ventanas cuatro pisos, y entre las que miran al Oriente, las hay góticas muy características, desde las que se divisa un magnífico panorama y un pintoresco paisaje, viéndose gran parte de la provincia, y entre las neblinas del Guadiana, vemos alzarse Badajoz (a 60 kilómetros), y más allá, varios pueblos de la antigua Lusitania; al otro lado, la monotonía de la tierra de Barros, de pardos barbechos y verdes viñedos, cuya vasta llanura se extiende en la interminable lejanía del horizonte.
La entrada principal está destruida e imposibilitada para el acceso, haciéndose, incómodamente, por una de sus ventanas.
La plaza de armas se subdivide en dos: en la del norte existen cuatro cubos y ocho en la del sur, entre las que se interpone una gran torre de gran elevación. Existen dos cisternas, y en la de la plaza del norte, a pesar de su altura, se conserva siempre agua muy fresca.
Esta fortaleza, en la que hubo Alcaide hasta su destrucción y que debió ser de gran valor militar, está situada a cuatro kilómetros de la carretera Badajoz-Granada, desde la cual empalma otra que conduce a la villa, dándose acceso al Castillo por un antiguo camino muy deteriorado y de difícil construcción.
Esta villa fue ganada a los moros en 1241 por el Maestre de Santiago Pedro Gómez Mengo y conquistada por los cristianos españoles, en el año 1239, siendo Rey Alfonso IX.
En el año 1808, los invasores franceses consiguieron apoderarse del Castillo, abriendo varias brechas en sus murallas y sembrando la destrucción y abandono por todas partes; asimismo destruyeron la primera parroquia del pueblo, dedicada a la Virgen de la Candelaria, que se encontraba adosada a las murallas, de la cual quedaron solamente unos paredones que parece se encuentran firmes y orgullosos de su antiguo esplendor. El crecimiento de la población y la topografía del suelo hicieron variar por completo la estructura de la villa, extendiéndose hacia el Sur, con motivo de la destrucción de su parroquia, y dando lugar a que en el siglo XV se construyera la actual parroquia, dedicada al Apóstol San Bartolomé; entre las joyas de arte de ésta tenemos la puerta del lado de la epístola (plaza del pueblo), en la que aparece la imagen de San Bartolomé y una faja esculpida con figuras de centauros, leones, dragones, aves fantásticas, etcétera, y encima, en una hornacina, otra imagen del Santo. Tiene esta iglesia ábside de tres lados y en el extremo opuesto aparece la torre cuadrada.
He aquí, en síntesis, las características de esta amurallada fortaleza, en la que vemos, con mucha pena, cómo sus paredes, carcomidas por el peso de sus cinco siglos de existencia, se encuentran en lamentable estado de abandono, viéndolas deteriorarse y demolerse paulatinamente.
FRANCISCO FELIPE MONTES DE OCA
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