15/01/2026
—¡No vuelvas a hablarme así, Lucía! —gritó mi madre, con los ojos llenos de furia y lágrimas. El vaso de vidrio que tenía en la mano temblaba tanto como mi voz. Mi hermana, Valeria, se quedó petrificada en la puerta de la cocina, apretando los labios para no llorar. Yo tenía diecisiete años y sentía que el mundo se partía en dos justo frente a mí.
La discusión había empezado por algo tan simple como quién iba a lavar los platos, pero en segundos se transformó en un huracán de reproches viejos: que yo era la favorita de papá, que Valeria siempre se salía con la suya, que mamá nunca nos escuchaba. Palabras que nunca debieron salir, pero que estaban ahí, flotando como cuchillos en el aire.
Esa noche dormí en casa de mi abuela, abrazada a una almohada que olía a alcanfor y recuerdos. No podía dejar de pensar en lo injusta que era la vida: papá nos había dejado cuando yo tenía ocho años, y desde entonces todo era una competencia silenciosa entre Valeria y yo por el cariño de mamá. Pero esa noche sentí que había perdido mucho más que una pelea.
Los días siguientes fueron un desfile de silencios incómodos. Mamá apenas me miraba, Valeria me evitaba en los pasillos. Yo me refugié en la única persona que parecía entenderme: Magda, mi mejor amiga desde la primaria. Ella vivía a dos cuadras, en una casa donde siempre olía a pan recién hecho y café fuerte. Su mamá me recibía con una sonrisa y un plato de arepas calientes.
—¿Otra vez peleaste con ellas? —me preguntó Magda mientras pintábamos las uñas sentadas en el patio.
—No sé si esta vez pueda arreglarlo —le confesé, sintiendo un n**o en la garganta.
Magda me abrazó fuerte. —Aquí tienes tu casa, Lucía. No estás sola.
Durante años, Magda fue mi refugio. Compartimos secretos, sueños y hasta el primer amor. Pero el tiempo pasa y las heridas familiares no sanan tan fácil. Cuando terminé la prepa, mamá me pidió que me fuera de casa. "Necesito espacio", dijo, como si yo fuera un mueble viejo que estorbaba en la sala. Me mudé con una tía al otro lado de la ciudad y empecé a trabajar en una cafetería para pagarme la universidad.
Valeria se quedó con mamá. A veces veía fotos de ellas juntas en Facebook: viajes a Cuernavaca, cenas familiares, cumpleaños llenos de globos y sonrisas forzadas. Yo sentía una mezcla de rabia y tristeza; ¿por qué ellas sí podían ser felices sin mí?
Magda seguía ahí, pero algo empezó a cambiar entre nosotras. Ella consiguió novio, un chico llamado Mauricio que no me caía bien desde el principio. Era celoso y posesivo, y poco a poco Magda empezó a alejarse. Ya no contestaba mis mensajes con la misma rapidez, ya no salíamos los viernes por la tarde a comer esquites en el parque.
Una tarde lluviosa de septiembre, decidí ir a buscarla sin avisar. Toqué la puerta y fue su mamá quien abrió.
—Magda está ocupada —dijo con una sonrisa incómoda—. Está con Mauricio.
Esperé afuera bajo la lluvia hasta que salieron. Vi cómo Mauricio le tomaba la mano y le susurraba algo al oído. Magda me vio y bajó la mirada.
—¿Por qué no me contestas? —le reclamé cuando por fin se acercó.
—No es buen momento, Lucía —susurró—. Hablamos luego.
Me sentí invisible, como si ya no tuviera un lugar ni en mi propia historia. Caminé bajo la lluvia hasta mi casa, empapada por fuera y por dentro.
Los meses pasaron y mi relación con Magda se volvió cada vez más distante. Un día recibí un mensaje suyo: "Necesito espacio". Las mismas palabras que había usado mi madre años atrás. Sentí que el mundo se me venía encima otra vez.
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