18/03/2026
‘𝐆𝐥𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐚𝐥 𝐁𝐫𝐚𝐯𝐨 𝐏𝐮𝐞𝐛𝐥𝐨’ | Hay victorias que se miden en carreras y hay victorias que se miden en décadas. Lo que ocurrió este martes en Miami fue las dos cosas: un 3-2 en nueve entradas y el fin de una espera que llevaba generaciones acumulada en el alma de un país que ama el béisbol con la misma intensidad con que otros pueblos aman la vida misma.
Venezuela derrotó a Estados Unidos en la final del Clásico Mundial y se convirtió por primera vez en campeona del mundo. No fue sin sufrimiento, no fue sin el jonrón de Harper en la octava que hizo temblar el sueño. Pero fue.
Maikel García abrió el marcador con un sacrificio, Wilyer Abreu puso el 2-0 con un jonrón que convirtió el estadio —repleto de venezolanos que habían hecho de Miami una extensión de Caracas— en un volcán. Durante siete entradas, el pitcheo venezolano anuló uno a uno a Judge, Witt Jr. y Schwarber. Pero Harper apareció en la octava con un cuadrangular de dos carreras que hizo el 2-2 y paralizó a un país entero.
La respuesta fue Eugenio Suárez. Un doble al callejón en la novena que impulsó a Sanoja para el 3-2 definitivo. Palencia tomó el montículo, ponchó a Schwarber, retiró a Henderson y dejó a Roman Anthony como última esperanza americana. Cuando el tercer strike cruzó el plato, Palencia cayó de rodillas sobre el diamante. Como el pelotero de la imagen: brazos abiertos, grito hacia el cielo, la tierra bajo las rodillas como único lugar donde apoyarse cuando el cuerpo ya no sabe cómo contener algo tan grande.
García, MVP del torneo, lo dedicó a los treinta millones de venezolanos. Pérez dijo que hacer feliz a su pueblo en las condiciones en que está era lo más grande que le había pasado en la vida. Este título llega a una nación que lo necesitaba con urgencia, donde muchos viven lejos de su tierra y encuentran en cada victoria de la Vinotinto una forma de seguir siendo de donde son. Este martes, Venezuela le dijo al mundo quién es. Y el mundo tuvo que escuchar.