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20/06/2026



Imagen de portada: ‘Man In Prison’, de Johann Adam Ackermann (1833).

Muchos lectores de Zenda me preguntan qué es la Escuela de Imaginadores, o qué la hace diferente a otros talleres de escritura. Podría enumerar tantas cosas que me quedaría sin espacio. Pero aprovecharé el relato de hoy para ilustrar por qué a veces digo que la Escuela de Imaginadores es como una familia. Nuestro autor del mes de junio, Alberto Rull Coig-O’Donnell, es productor ejecutivo, consultor de medios y guionista. También toca la guitarra eléctrica en una banda de rock. Su pareja, la imaginadora Mamen de Blas, escribió con nosotros la novela El método Elisa, recientemente publicada por HarperCollins, y en esta sección de Zenda destacamos su relato «La maleta». Alberto adaptó el cuento de Mamen como guion de cortometraje, y estos años ha sido finalista en el Cannes Script Award, nominado a mejor guion en el Festival Internacional API de Rumanía y acaba de ser seleccionado para participar en los Tokyo Film & Screenplay Awards. Alberto y Mamen tienen dos hijos. Él es batería en una banda de metalcore. Ella es productora ejecutiva, también canta y toca la guitarra. Esperamos que pronto ambos se conviertan en escritores.

«Una mala noche» no está entre los relatos propios favoritos de Alberto Rull, le recuerda demasiado su trabajo como guionista. Pero a mí me parece limpio, potente y representativo de lo que sabe hacer. En una familia también nos desobedecemos. No obstante, dejo aquí constancia por escrito de que cuenta con otros muchos registros literarios. Que lo disfruten.

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Una mala noche

Un joven adolescente esposado y con cara de cansancio entra en una pequeña sala con las paredes desnudas de gotelé. La luz fría fluorescente emite pequeñas vibraciones acompañadas de un tenue y continuo zumbido. Una mujer en su treintena avanzada y vestida de manera formal camina detrás de él. Se gira y se dirige al agente de policía que les escolta, de corte poco marcial y con la corbata negra torcida y mal ajustada al cuello de la arrugada camisa.

—¿Le puede quitar las esposas, por favor? No es peligroso.

—¿Está segura?

—Sí.

El funcionario retira sin cuidado las esposas al joven, que emite un quejido. La mujer y el joven se mantienen en silencio en la sala mientras el hombre atraviesa el marco de la única puerta de cristal translúcido. Su sombra deformada preside la reunión.

—Muchas gracias, joder. ¿Isabel, verdad? Que yo no sé qué cojones está pasando. ¿Y mi mama, cómo está mi mama?

—Está todo bien. Ahora respira, Javi.

Javi toma aliento.

—Vamos por partes. Me ha llamado María, que se ha enterado por tus padres de la detención.

—Joder. María —deja escapar el aire aliviado.

—Ahora vas a llamar a casa. Pero va a ser una llamada corta y tienes que saber que la van a estar escuchando y grabando.

Isabel posa su mano en el teléfono.

—¿Listo?

Javi asiente. Isabel toma el auricular, alguien contesta, pero no se distingue la voz del interlocutor.

—Sí, por favor. Llamada de don Javier Rodríguez a su domicilio. Sí. —Se dirige a Javi—. Dime el número de tu casa.

—El cuatorsnnnsunoceroinocho —dice atropelladamente, no se le entiende.

—Otra vez. Más despacio —pregunta Isabel, paciente.

—Perdón: cuatro-cero-uno-nueve-nueve-seis-ocho.

—Sí, noventa y uno, cuatro-cero-uno-nueve-nueve-seis-ocho. Gracias. —Isabel cuelga el auricular—. Ahora llaman y nos lo pasan. Respira profundo.

Javi camina de un lado al otro de la sala, nervioso.

—Mi padre me la va a liar, a ver qué c**o le cuento.

—Siéntate, por favor.

Javi obedece y se sienta en una silla al otro lado de la mesa, que vibra con el movimiento compulsivo de su pierna. Isabel rodea la mesa atornillada al suelo y se sitúa a espaldas de Javi, que mira fijamente el teléfono, y apoya las manos sobre sus hombros.

—Tienes poco tiempo, aprovéchalo bien.

Javi cierra los ojos, respira profundamente y asiente. Los dos permanecen en silencio. Tan solo se escuchan los ruidos de fondo, voces, timbres y conversaciones en voz baja. Javi abre los ojos y le mira con cara asustada.

—¿Luego me dejarán irme, verdad?

Antes de que Isabel pueda contestar, atruena el timbre del teléfono sobre la mesa. Javi la mira pidiendo permiso. Isabel le indica que conteste.

—¿Sí? ¿Papa? ¿Papa? Sí, sí… Espero. ¡Joder!

Isabel le hace un gesto con las palmas de las manos rogándole calma. Javi escucha una voz en el auricular.

—¡Papa! ¡No me grites! Que no, que estaba en casa, te lo juro. ¿Y la mama? Pásamela… Ya… Papa, dile que no se preocupe, que luego voy a casa… Pues claro, c**o.

Javi mira a Isabel implorando que confirme lo que acaba de decir. Isabel no responde. Javi ahora levanta la voz.

—¿Qué han registrao mi cuarto? ¿Y se han llevao algo?

Javi se incorpora. Isabel repite el gesto y Javi se aposenta lentamente, manteniendo la oreja pegada al auricular.

—Joder, papa, otra vez. ¡Que no! ¡Y yo qué c**o sé!

El joven se incorpora violentamente con la última frase y la silla cae con estrépito al suelo. El policía abre la puerta y mira a Isabel con preocupación. Esta le hace un gesto de que no pasa nada. La puerta vuelve a cerrarse y el policía a proyectar sus sombras sobre el cristal.

Javi escucha de pie y en silencio a su padre. Ahora responde con un tono más suave.

—Está aquí. Ya me ha dicho que la avisó María… ¿Está con la mama? Vale, mejor. Si llama la Susi…

Isabel le avisa señalando con su índice el reloj de pulsera, que vaya acabando, que el tiempo se agota.

—Dile a la mama que la quiero mucho y que no se preocupe… ¿Papa? ¡Que la han cortao, mi**da! —se dirige a Isabel.

Javi cuelga el teléfono con violencia.

—¡Me cago en la p**a! ¿Cuándo c**o salgo de aquí?

Isabel, paciente, toma aire y responde.

—Tranquilo, Javi. Primero tenemos que hablar. ¿Por qué te han detenido?

—¡Y yo qué sé!

—Algo te han tenido que decir.

—Algo de un tío que le han pinchado en un cajero. Joder.

—¿Y qué tienes que ver?

—Eso me gustaría saber. Me cago en su p**a madre. Y delante de mis padres y de todo el barrio. ¡Les voy a poner una demanda que se van a c***r! ¡Tú eres abogada!

Isabel se levanta, camina por la sala y agarra la silla caída, se la acerca despacio a Javi y, con un gesto suave pero firme, hace que se siente. Ella lo hace a su lado, sobre la mesa.

—María me ha dicho que eres su amigo de toda la vida y que eres muy buena persona. ¿Es verdad?

—María no es mi vecina, es mi hermana. Te lo juro por mi mama. —Javi besa una palmera colgada de una cadena que lleva en el cuello.

—Primero, me voy a enterar bien de todo y a ver si podemos sacarte rápido. ¿Ok?

Javi está aturdido. Isabel apoya su mano sobre la de él.

—¿Ok?

Javi vuelve en sí y contesta.

—Sí. Sí.

Isabel se incorpora, se dirige hacia la puerta de la salita y da dos golpes suaves. Se gira hacia Javi antes de salir.

—Tú te quedas aquí tranquilo. Vuelvo pronto y te cuento.

El policía de guardia en la puerta abre desde fuera. Lleva un café en la mano que, al abrir, se le derrama sobre la camisa.

—Necesito hablar con el inspector. Gracias.

El policía hace un gesto de fastidio e intenta secarse la camisa con la manga, con un mal resultado. Finalmente, cierra la puerta, dejando a Javi solo en la sala. Este baja la cabeza, la apoya sobre la mesa y mantiene su mirada sobre la puerta. Escucha atento los sonidos de la comisaría y observa, absorto, las figuras y sombras deformadas que transitan por delante.

La puerta de la sala se abre violentamente, entra Isabel y cierra de un portazo. Habla seria, fría, profesional.

—¿Qué pasó anoche? De verdad.

—Ya se lo he contado a la poli. ¿Qué te han dicho?

—María me ha dicho que no eres un delincuente. ¿Tengo que creerla?

—Joder. Claro.

Isabel toma asiento frente a Javi y lo observa analizándole en silencio antes de hablar.

—Te acusan de haber atracado a un hombre en un cajero automático.

—¡Pero qué c**o!

—Y apuñalarle.

Javi se levanta de un salto.

—¡Una mi**da!

Se apoya en la mesa y acerca su cara a la de Isabel. Una vena azulada aparece en su cuello.

—Mentira. ¡Me cago en la p**a!

Isabel mantiene la mirada. Está serena. Aparenta la seguridad que proporciona estar acostumbrada a enfrentarse a situaciones parecidas. Habla con calma:

—Siéntate. Por favor. Tenemos que preparar tu declaración.

Javi se revuelve y se gira, quedándose de pie mirando hacia la puerta. Parece que se dirija a la sombra deforme del policía tras el cristal.

—Pues que soy inocente, hostias. ¡I-no-cen-te! —susurra.

—Para, por favor. Necesito que te calmes y que podamos hablar.

Javi se gira hacia Isabel. La mira con furia. Isabel no cede y aguanta la mirada. Javi se aproxima a la mesa y se desploma sobre la silla.

—Y eso no es lo peor.

—¿Qué puede ser peor?

—Que la víctima te ha reconocido.

—Imposible.

—Le han mostrado unas fotos en el hospital y te ha reconocido.

—¿Qué fotos?

—Las que guardan en los archivos.

Javi se derrumba. Tiene la mirada fija, vacía. Algo se le ha roto por dentro. Isabel continúa con tono firme, pero suave.

—¿Qué antecedentes tienes?

Javi niega con la cabeza. Está cansado y abatido.

—¿Te han detenido alguna vez?

Javi no contesta.

—Cuéntamelo, por favor.

Isabel se muestra confidente. Javi está en shock.

—Javi. Mírame.

Javi no reacciona. Tras unos segundos, vuelve en sí.

—¿Cuánto cobras?

—Yo soy del turno de oficio. O sea, que de pagar, nada. Defiendo.

Silencio. Javi respira con alivio.

—¿No te has dado cuenta de cómo me miraban los policías cuando he llegado?

Esta frase capta la atención de Javi.

—Me conocen y les doy mucha guerra. —Hace una pausa—. Y ahora tú eres mi cliente.

Isabel mira fijamente a los ojos a Javi.

—Pero necesito saber todo. La verdad. Solo así te puedo ayudar. Por favor.

Javi vuelve en sí. Apoya los brazos sobre la mesa. Bebe un sorbo de agua de un vaso marrón de cartón.

—Te lo vuelvo a preguntar. ¿Por qué tiene la policía una foto tuya?

Javi arranca a hablar en un tono bajo.

—Hace un par de años. Una mi**da.

Isabel le indica con un gesto de satisfacción que siga hablando.

—Joder. Estaba con el Charli y no se le ocurrió otra cosa que tapar un número de la matrícula del coche con cinta aislante.

Hace una breve pausa, duda, pero prosigue con la historia.

—Nos estábamos fumando un porro cuando apareció la pasma. Nos metieron en la lechera y nos trajeron aquí. Pero no fue nada. Llamaron a mis padres y me vinieron a buscar.

—¿Te hicieron fotos?

—Para no acordarme.

—¿Y después?

Javi toma aire y continúa.

—Pues que el viejo me dio una hostia que me puso la jeta del revés. No veas la mala leche que tiene.

—No me refiero a eso. ¿Tuviste que ir a un juzgado después?

—Sí. Fui con los viejos. Una jueza me echó una bronca. Pero nada más. Yo no había hecho nada… y me pusieron una multa que pagó el viejo por lo del porro.

—¿Y tu colega?

—Un poco peor, porque a él le pillaron haciendo lo de la matrícula. Pero vamos, que nada serio. Al viejo no le mola nada que salga con él.

—¿Qué edad tenías?

—Dieciséis.

Isabel se queda pensativa. Un brillo aparece en sus ojos.

—Ahora vamos a repasar qué hiciste ayer a la hora del atraco. No me mientas.

Javi despierta de su letargo y se incorpora en la silla.

—¿Quieres saber la p**a verdad?

—Por supuesto. Cuéntamelo con pelos y señales, necesito saberlo.

—¡Que me agarré un p**o del quince! ¡Pregúntale al Charli y a la Susi!

Isabel le corta.

—Piénsatelo bien, que lo vas a tener que contar varias veces.

Javi grita:

—¡Que estaba sobando, c**o!

Isabel sonríe y apunta algo en su libreta.

—Ya. Claro.

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20/06/2026



La confección de antologías de la poesía de Miguel Hernández en editoriales de diverso alcance puede que se haya ido incrementando en los años más recientes no solo en virtud del alto interés que suscita y mantiene el escritor de Orihuela, sino también a causa de la ventaja editorial de que, a partir de 2022, su obra ya pasó a ser de dominio público. Ambas razones acaso concurren a la vez y en distinto grado para que haya visto la luz en 2026, bajo el sello de la valenciana Editorial Pre-Textos, y en su colección La Cruz del Sur, la selección de poemas hernandianos titulada Mis ojos y mis manos, un título que remite a la estrofa del comienzo de la sección segunda del texto “El herido”, inserto en El hombre acecha, versos imponentes que, aun siendo bien conocidos, vamos a recordar: “Para la libertad sangro, lucho, pervivo. / Para la libertad, mis ojos y mis manos, / como un árbol carnal, generoso y cautivo, / doy a los cirujanos.”. La edición la ha llevado a cabo el poeta y filólogo jienense Juan Carlos Abril, catedrático de la Universidad de Granada, a quien debemos igualmente el prefacio de la antología.

El preliminar de la selección se titula “Miguel Hernández en la encrucijada. Notas sobre la Historia conocida de su vida y de su obra”. Recuperando velis nolis aquella titulación que le puso Agustín Sánchez Vidal a su tan divulgado estudio Miguel Hernández en la encrucijada que fue editado en 1976 por Cuadernos para el Diálogo, lo que está bien claro es que el antólogo incluye en la segunda parte de su título un guiño expreso a un poema de José Agustín Goytisolo inspirado en el poeta oriolano y donde el escritor barcelonés decía que la historia de Miguel Hernández “todos la recordamos / viento del pueblo se perdió en el pueblo / pero no ha terminado.”. Y es bien cierto que el recuerdo del poeta del Cancionero y romancero de ausencias está muy vivo y su obra poética, en tantísimos momentos emocionante, no para de leerse y de crecer en el aprecio español, hispánico e internacional.

"Uno de los puntos más brillantes del escrito prologal de Juan Carlos Abril es precisamente la perspicaz lectura que hace de Perito en lunas, libro que no duda en calificar como una auténtica joya"

Acerca de las características de su edición asegura Juan Carlos Abril que ha incluido en el libro “Todas las etapas y estilos de Miguel Hernández”, señalando también que ha ofrecido a los lectores “una variada y equilibrada muestra de sus registros” (32). Ocurre, sin embargo, que un registro tan relevante e identificador de Miguel Hernández como el que supuso su lenguaje de carácter religioso no aparece atestiguado en la selección, y por tanto esta veta no está representada. Dejando al margen dicha salvedad, resulta aceptable que la selección de poemas puede considerarse equilibrada, como dice el editor, o, mejor dicho, ponderada, pues no supone desequilibrio alguno, sino una cualitativa razón de peso, que el amplio número de composiciones elegidas de una obra de tanta hondura como Cancionero y romancero de ausencias no solo sea superior a cualquier otra obra del poeta, sino asimismo a la suma de los textos procedentes de Viento del pueblo y El hombre acecha, con ser libros bien significativos del oriolano en los que sobresale una épíca rehumanizadora, y en el segundo en especial “el intimismo depurado de la canción de tipo popular.” (16). La porción de textos procedentes de El rayo que no cesa resulta notable también, no sin acaso en este libro que Juan Ramón Jiménez asociaba a la poesía pura, y calificaría como excepcional, se mostró el oriolano como uno de los mejores sonetistas de la entera historia de la poesía española, amén de incluir la “Elegía” inspirada en la muerte de Ramón Sijé, igualmente un hito en las letras hispánicas.

En el supuesto de esta antología tampoco cabe considerar desequilibrado el alto índice de presencia de textos seleccionados de Perito en lunas, porque entiendo que el antólogo ha decidido resaltar precisamente el valor estético de la primera de las obras que el poeta publicó, y a la que tantas veces se le concede menos atención de la que en tantos aspectos merece. Y ese énfasis lo ha marcado de dos maneras: merced a una sustanciosa porción de octavas seleccionadas, y mediante la concesión de un espacio analítico que supera con creces al dedicado al de todos los demás libros hernandianos, lo que constituye a mi entender una reivindicación en toda regla del libro de referencia.

"No sitúa Juan Carlos Abril a Miguel Hernández en la nómina del 27, porque no es de recibo, pero sí aproxima bastante al poeta oriolano a los poetas de esa leva, aun no perteneciendo a ella"

Uno de los puntos más brillantes del escrito prologal de Juan Carlos Abril es precisamente la perspicaz lectura que hace de Perito en lunas, libro que no duda en calificar como “una auténtica joya” (18), señalando que hay muy pocos ejemplos de poesía cubista española tan remarcables, hasta el punto de haberse convertido en canónico en esta línea estilística. Libro esplendoroso, al crítico jienense le da pie a subrayar también que tal vez sea la muestra más lograda de la vanguardia pictórica y estética “al intentar captar la esencia de la realidad desde sus formas, a través de las cuales se piensa que se puede llegar a una visión total de sus propiedades y comprender el objeto en sí” (20).

La trayectoria literaria del levantino se nos enfatiza en el prólogo resaltando que fue breve, meteórica, intensa, de gran calidad estética, y caracterizada por una dicción en la que “sobresalen fuerza, vigor, crudeza humana.” (17). Creada en un lapso temporal de menos de diez años, es parangonable sin la menor duda a la de cualesquiera de los mejores escritores españoles del pasado siglo. No sitúa Juan Carlos Abril a Miguel Hernández en la nómina del 27, porque no es de recibo, pero sí aproxima bastante al poeta oriolano a los poetas de esa leva, aun no perteneciendo a ella. Lo hace primeramente citando la conocida calificación que Dámaso Alonso dio en 1965 al poeta de Orihuela, la de que fue un “genial epígono del 27”. Más adelante apunta que, “a pesar de no pertenecer al Veintisiete, inició una relación cercana con ellos. Si la Guerra Civil no lo hubiera impedido, habría estado a su par precisamente por esos años.” (14).

"Una de sus opiniones puede contribuir a que se reabra un melón que a según quienes va a costarles lo suyo de digerir, pese a que su parecer cuenta con precedentes como el de Carmen Conde"

Algunos trazos que inequívocamente distinguen a la persona de Miguel Hernández nos son recordados en el prólogo. Por ejemplo: su voracidad lectora; la autopercepción que tuvo de su talento; su seguridad de que Madrid iba a posibilitarle crecer como escritor, y a costa de sacrificios varios, entre ellos el de haber llegado incluso a verse en el trance de dormir en la calle (13). Juan Carlos Abril añade también convicciones tan asumidas como estas dos: la firme voluntad de formar una familia con la pareja que mejor se la asegurase; y la entrega a una radicalidad comunista ligada al factor anticlerical.

No sé si en su prefacio Juan Carlos Abril se ha metido, o al menos se ha acercado, a lo que coloquialmente llamamos un jardín o no, pero el caso es que una de sus opiniones puede contribuir a que se reabra un melón que a según quienes va a costarles lo suyo de digerir, pese a que su parecer cuenta con precedentes como el de Carmen Conde. Recordaré que la escritora cartagenera, después de caracterizar a Miguel Hernández con los rasgos de persona leal, generosa, desinteresada y fiel, decía en un escrito de 1946 que le distinguió una característica que a su juicio es común a los poetas de cualquier época de la historia, pero que el oriolano representa de manera superlativa, y que acabaría perjudicándole. Es la de comportarse “como el más inepto hombre para las tareas de guerra y paz entre los hombres…, pues llegaría a mostrar un absoluto desconocimiento de la realidad, de lo que se debe o no se debe hacer. Y el resultado fue su propia ruina.”

"En ambos supuestos, sin embargo, su decisión es obvio que se habría leído como cierta clase de connivencia con el nuevo orden imperante, y no parece en absoluto que el orcelitano aceptase unas tesituras para él denigrantes"

De algún modo encuentro conexión entre lo que decía alguien que conoció de cerca al poeta de Orihuela y un profesor universitario del siglo XXI como Juan Carlos Abril al afirmar que estando preso Miguel Hernández “pudo colaborar con el régimen publicando en la prensa, no a favor del Caudillo, sino con algún poema o colaboración lírica” (26). Aunque no se nos especifica más, imagino que podríamos hacer referencia a que rehusó colaborar en la revista de presos Redención, lo que no suponía retractación explicita, o bien simplemente que tampoco aceptó colaborar en probables tareas intelectuales de la mano de José María de Cossío en Madrid, ni tampoco en predios de la casona cántabra de Tudanca que poseía el vallisoletano, donde podría asimismo dedicarse a labores relacionadas con el campo. En ambos supuestos, sin embargo, su decisión es obvio que se habría leído como cierta clase de connivencia con el nuevo orden imperante, y no parece en absoluto que el orcelitano aceptase unas tesituras para él denigrantes. Al respecto, Juan Carlos Abril argumenta el comportamiento del poeta como sigue, no sin algún toque un tanto novelesco:

Ciertamente rebajarse es inaceptable, pero mucho más inaceptable es la muerte. Si hubiera cedido, adoptando una actitud menos orgullosa o vanidosa, habría salvado la piel, consiguiendo que lo llevaran a un sanatorio para curarse, y algún trato de favor carcelario hasta que lo liberaran. Después habría podido escapar a la más mínima ocasión. En fin. Qué se puede argumentar llegados a ese punto. Todo son hipótesis. (26-27).

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Autor: Miguel Hernández. Título: Mis ojos y mis manos. Antología poética. Editorial: Pre-Textos. Venta: Todos tus libros.

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20/06/2026



El que esto suscribe fue uno de los adolescentes a los que, a finales de la década de 1980, nos hicieron ver en clase El Día Después. Sí, ya saben, esa película donde explica lo que pasaría en caso de guerra termonuclear total en una ciudad cualquiera de los Estados Unidos. A la conclusión, el profesor dejó caer algo así como, «esto puede suceder… en cualquier momento». Un compañero de clase dijo: «pues, si veo caer la bomba, saldré corriendo hacia ella… quiero que me caiga aquí» dijo, señalándose la frente. Todos reímos. Nos reímos pero, en realidad, estábamos aterrorizados. Acojonados, más bien. No era para menos. Y, en estos casos, mejor no pensar. Lo que tenga que pasar, pasará. Ya lo dijo Kubrick en su película Teléfono Rojo, volamos hacia Moscú: Cómo aprendí a amar la bomba y a dejar de preocuparme. Pues eso.

El terror de esta película impresionó a mucha gente en todo el mundo en aquellos años, no solo a los alumnos de un instituto del Vallés Occidental, Barcelona. Entre ellos a un tal Ronald Reagan, por aquel entonces presidente de los Estados Unidos. El 12 de octubre de 1983, después de descansar y montar a caballo en Camp David, el presidente insertó en su reproductor de vídeo una película cuyo estreno estaba previsto para el mes siguiente: era El Día Después. El filme, explica Serhii Plokhy, en su libro La Era Nuclear, «causó una fuerte impresión a Reagan.» «Kansas liquidada en una guerra nuclear con Rusia —anotó ese día en su diario—. Está hecho de un modo muy poderoso; vale todos los 7 millones de dólares invertidos. Es muy efectivo y me sumió en una profunda depresión».

La película llevó a Reagan a reflexionar acerca de sus políticas, y, en última instancia, a alcanzar un entendimiento con el demonio en persona, los rojos soviéticos.

Políticas del Terror

En La Era Nuclear (Desperta Ferro, 2026) el historiador ucraniano Serhii Plokhy nos narra la historia del terror nuclear. El miedo es el hilo conductor del relato. De cómo el miedo impulsó a las potencias a obtener el arma nuclear, primero, y más tarde a alcanzar un entendimiento con el enemigo y evitar el temido holocausto atómico.

"Pero es el miedo, subraya Plokhy, la motivación principal de los países para obtener armamento nuclear, y por tanto el hilo conductor de la obra"

El autor parte de una pregunta muy sencilla: ¿Por qué las naciones aspiran a tener armas nucleares? ¿Por qué algunas renuncian? ¿Está justificado renunciar a ellas? Este debate, que en los primeros años de la post Guerra Fría habría parecido algo propio del pasado, a día de hoy tiene plena actualidad. La historia de la no proliferación nuclear da contexto a dos de los conflictos que asolan el mundo en 2026: la guerra entre EE.UU., Israel e Irán, y la guerra ruso-ucraniana. Israel y EE.UU. fueron a la guerra, entre otros motivos, para impedir a Irán enriquecer uranio y obtener armamento atómico; Si Ucrania no hubiera renunciado a sus armas nucleares en 1994, es muy probable que Rusia no la hubiera invadido en 2022.

En su libro, Plokhy narra cómo los países del exclusivo —por ahora— club nuclear obtuvieron la bomba, y por qué. En el caso de Francia, fue una cuestión de prestigio: superar el trauma de la derrota de 1940, recuperar el estatus de gran potencia y, al igual que la China de Mao, «escapar a la hegemonía de las grandes potencias». En el caso británico, fue un arma antisoviética, pero también antiestadounidense, para que los EE.UU. les tratasen como a un igual, y no como a «las levas nativas a las que se les deja portar armas ligeras, pero no artillería», como tuvo que explicarle un asesor científico al primer ministro Churchill.

Pero es el miedo, subraya Plokhy, la motivación principal de los países para obtener armamento nuclear, y por tanto el hilo conductor de la obra. Fue el miedo lo que les impulsó a obtener la bomba, y el terror a la hecatombe nuclear lo que les llevó a alcanzar una entente en los años setenta del siglo XX. En origen, la bomba atómica, nos dice el autor, fue «antialemana». El miedo a que los alemanes la obtuvieran primero fue lo que convenció al presidente Roosevelt para financiar la primera bomba atómica. El miedo a los occidentales llevó a Stalin a conseguir la bomba como fuera; el miedo a los soviéticos impulsó la bomba británica; el miedo a los occidentales (y más tarde a los rusos) impulsó la bomba de la China popular. Para Israel, se trataba, y se trata, de compensar la abrumadora superioridad numérica de sus enemigos árabes, y garantizar la supervivencia de su nación.

"A la pregunta de si está justificada la renuncia a las armas atómicas, la invasión rusa de Ucrania, señala el autor, nos ha dado la respuesta: un rotundo NO"

Cuando estiman que necesitan la bomba para sobrevivir, los Estados, sean del tipo que sean, democráticos, medio democráticos o autoritarios, están dispuestos a cualquier sacrificio: construir la bomba atómica británica en plena posguerra requirió dedicar el 23 por ciento del presupuesto del Ministerio de Suministros; «Si la India construye la bomba, nosotros comeremos hierba u hojas, incluso pasaremos hambre, pero conseguiremos una bomba propia. No tenemos otra opción», dijo el premier pakistaní en 1965. Corea del Norte fabricó la bomba atómica mientras su población padecía una hambruna devastadora.

De igual modo, los Estados del club nuclear están dispuestos a casi todo por impedir acceder al arma nuclear a Estados que consideran una amenaza, como hemos visto los últimos años en Irán. Israel bombardeó la central nuclear iraquí de Osirak en 1981, Kennedy se planteó lanzar un ataque de comandos contra las instalaciones nucleares de la China comunista y, en abril de 1963 advirtió a Israel que el apoyo de los Estados Unidos correría «un serio peligro» si no les permitían inspeccionar sus instalaciones nucleares, supuestamente dedicadas en exclusiva a los usos pacíficos de la energía nuclear.

A la pregunta de si está justificada la renuncia a las armas atómicas, la invasión rusa de Ucrania, señala el autor, nos ha dado la respuesta: un rotundo NO. Si Ucrania hubiera conservado su arsenal nuclear en 1994, es muy posible que Rusia no la hubiese invadido en febrero de 2022. De igual modo, el desenlace de la guerra contra el terrorismo dio una lección muy clara a los regímenes del llamado «Eje del Mal». Corea del Norte obtuvo la bomba, y la monarquía comunista de los Kim va camino de la cuarta generación en el poder; Saddam, Gadafi y Assad no la tenían, y el primero acabó en la horca, el segundo mu**to a tiros y a palos, el tercero jugando videojuegos en el exilio moscovita. La conclusión para todos los Estados, también para Irán, es evidente: quien tiene la bomba, sobrevive. Quien no la tiene, está a merced de los que sí la tienen.

Sustos nucleares

Si el sistema internacional pierde su equilibrio presente, advierte Plokhy, y se descontrolan las rivalidades globales y regionales, «muy pronto podríamos tener en el mundo no menos de cuarenta nuevos países dotados de armas nucleares». Con lo cual, «el peligro de un uso intencionado o accidental» de dichas armas, «se incrementará de forma drástica».

De hecho, pese a los esfuerzos por la no proliferación, la historia de la Guerra Fría está repleta de incidentes, en los que la pelota (o la ojiva nuclear, podríamos decir) pasó rozando el larguero, como nos explica Plokhy. Si el mundo se arma con bombas nucleares, tendremos una multiplicación de incidentes como los de la Guerra Fría. Como por ejemplo, el de la noche del 27 de octubre de 1962, en plena crisis de los misiles de Cuba, el capitán de un submarino soviético ordenó atacar a unos buques estadounidenses con un torp**o nuclear; solo la intervención de un oficial del submarino detuvo el lanzamiento. O el incidente Petrov del 26 de septiembre de 1983, en la que el satélite espía soviético detectó el lanzamiento de varios misiles desde Estados Unidos. El oficial de guardia en ese momento, el coronel Vasili Petrov, decidió no reportar el ataque, pues sabía lo mucho que fallaba el sistema satelital soviético. Luego se reveló que era una falsa alarma. El satélite había confundido unas nubes sobre Dakota del Norte con el lanzamiento de misiles.

"La post Guerra Fría tampoco estuvo exenta de sustos nucleares. En enero de 1995, con la Unión Soviética finiquitada, un radar ruso detectó el lanzamiento de un misil desde la costa noruega"

Además, los rusos no fueron los únicos que tuvieron alarmas nucleares durante la Guerra Fría. En 1979-80, durante la administración Carter, los estadounidenses tuvieron cuatro falsas alarmas. En 2020, el Archivo de Seguridad Nacional estadounidense desclasificó documentos sobre las falsas alarmas de 1979-80, en particular la de la madrugada del 3 de junio de 1980, cuando el fallo de un chip de 46 céntimos hizo aparecer en las pantallas de radar del Pentágono y del mando aéreo estratégico miles de misiles soviéticos que supuestamente volaban hacia los Estados Unidos. A las tres de la madrugada del 3 de junio de 1980, Brzezinski fue despertado por su asistente militar, el general William Odom, quien le comunicó que los soviéticos habían lanzado unos 250 misiles contra los Estados Unidos. Según el reporte desclasificado,

Cuando Odom volvió a llamar, este informó del lanzamiento de 2 200 misiles soviéticos. Era un ataque en masa. Un minuto antes del momento en que Brzezinski tenía pensado llamar al presidente, Odom volvió a telefonear para decirle que los otros sistemas de alerta no reportaban lanzamientos soviéticos. Solo, en plena noche, Brzezinski no despertó a su esposa, pues estimó que en menos de media hora estarían todos mu**tos. (…) Había sido una falsa alarma.

La post Guerra Fría tampoco estuvo exenta de sustos nucleares. En enero de 1995, con la Unión Soviética finiquitada, un radar ruso detectó el lanzamiento de un misil desde la costa noruega. La altitud y distancia parecía indicar un SLBM Trident II. Las fuerzas estratégicas rusas pasaron a estado de alerta máxima, y se entregó el maletín nuclear al ministro de defensa P. Grachev, al jefe de Estado Mayor General M. Kolsnikov, y al presidente Boris Yeltsin. El presidente ruso no creyó que fueran a atacarles, y no ocurrió nada. Es la única vez, que sepamos, en que se «abrió» el maletín nuclear durante una crisis. En realidad, el supuesto misil balístico era un cohete de investigación científica lanzado para estudiar las auroras boreales. El Ministerio de Exteriores noruego había comunicado el lanzamiento un mes antes pero, por razones que se desconocen, los oficiales del sistema ruso de alerta temprana no habían sido avisados.

¿Hacia un futuro de proliferación nuclear?

Con la proliferación de armas nucleares, por tanto, la posibilidad de que falle algo, o alguien se ponga nervioso y pulse el botón, aumentan de forma exponencial. El 10 de mayo de 2025, durante la «Guerra de las 88 horas», tuvimos un primer atisbo de este posible futuro. Ese día, India atacó con misiles la base de Nur Khan, nodo crucial de mando del armamento nuclear pakistaní. El ataque causó profunda conmoción entre los dirigentes pakistaníes: según se supo más tarde, estos tuvieron 45 segundos para decidir si los misiles indios que veían aproximarse cargaban ojivas nucleares. La región corrió un riesgo real de guerra nuclear, y el secretario de Estado de los EE.UU. se apresuró a llamar a ambas partes para que redujeran la tensión y acordasen un alto el fuego.

"En estos tiempos de política de la testosterona, donde la racionalidad brilla por su ausencia, corremos el riesgo de que la pesadilla de Kennedy se haga realidad, solo que corregida y aumentada"

Por otra parte, tampoco haría falta una guerra termonuclear total para diezmar la humanidad. Según un informe del Boletín de Científicos Atómicos publicado en 2022, bastaría un intercambio limitado de ojivas atómicas como el que podría haber sucedido en mayo de 2025 entre la India y Pakistán para emitir a la atmósfera una cantidad suficiente de partículas que provocarían un invierno nuclear de consecuencias catastróficas. La detonación de 100 armas de 15 kilotones cada una emitiría 5 millones de toneladas métricas de partículas a la atmósfera, matando de forma directa a 27 millones de personas, y a 260 al cabo de dos años a causa de la hambruna provocada por el invierno nuclear; 250 armas de la misma potencia provocarían 52 y 960 millones de muertes, respectivamente.

En 1960, el presidente J. F. Kennedy temía que, a la conclusión de la década, «diez, quince o veinte naciones» estuvieran en posesión del arma atómica. En estos tiempos de política de la testosterona, donde la racionalidad brilla por su ausencia, corremos el riesgo de que la pesadilla de Kennedy se haga realidad, solo que corregida y aumentada. El mundo no sucumbió durante la Guerra Fría gracias a los esfuerzos antiproliferación de los países del club nuclear, y gracias al miedo a la aniquilación nuclear. Este mismo miedo, concluye Plokhy, es el que nos debe llevar de regreso a la senda del desarme, a «salvar el mundo» una vez más.

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Autor: Serhii Plokhy. Título: La era nuclear. Traducción: Javier Romero Muñoz. Editorial: Desperta Ferro. Venta: Todos tus libros.

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