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13/10/2026



Martes en Zenda. Martes de literatura de no-ficción. Martes, en este caso, de La llamada de los olores, uno de los trabajos más recientes de la escritora, crítica gastronómica y traductora japonesa Ryoko Sekiguchi (Tokyo, 1970), publicado en España por la editorial Periférica, con traducción al español de Regina López Muñoz desde su francés original. Dentro de sus exploraciones acerca de los vínculos que atan a nuestros sentidos con nuestro espacio afectivo y memorístico, que naturalmente se inauguraron a partir de su relación laboral con el gusto, Sekiguchi se detiene ahora en el olfato, un sentido no menos lleno de misterio. A través de fabulosas estampas en las que un olor es capaz de generar todo tipo de asociaciones y procesos reflexivos, la autora coloca en primer plano un régimen sensitivo que, en nuestro día a día, dejamos con frecuencia al margen.

La propia editorial apunta, a propósito del libro: “Ryoko Sekiguchi busca, a través de la escritura, retener lo que se aleja, las sensaciones etéreas: los olores, los sabores, las voces que nunca más volveremos a oír. Si en Nagori nos hablaba del gusto y en La voz sombra se centraba en el oído, ahora, en La llamada de los olores, aborda el más sutil de nuestros sentidos: el olfato.

Como sabemos, al menos desde Proust y su magdalena, el olfato es un poderoso desencadenante de recuerdos, capaz de activar los que llevan años sepultados en lo más profundo de nuestro ser. Cada olor tiene un cuerpo y un lenguaje, una presencia capaz de trastocar nuestra relación con el tiempo y el espacio, y con esta idea Sekiguchi construye una narración híbrida que, a la manera de Las mil y una noches, engarza pequeñas historias ambientadas en distintas épocas y lugares: Granada en el presente, Ferrara en el siglo XVIII, el Teherán decimonónico, París a lo largo de los siglos…

La llamada de los olores es un texto de hálito poético, luminoso e iluminado, en el que cada relato tiene como colofón un cuaderno de olores en el que la narradora da cabida a diversas cavilaciones: «A veces notamos la presencia de una persona por su olor, pero ¿tiene olor la ausencia?»; «Creemos ser capaces de imaginar todas las fragancias de la dicha, pero ¿existe una fragancia de la cólera?»; «Se dice que el dinero no huele, pero el estado de quienes lo poseen sí». Los perfumes y los olores, protagonistas absolutos del libro, se erigen, pues, en presencias encarnadas de nuestros recuerdos y en emisarios que nos revelan nuestro porvenir”.

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Autora: Ryoko Sekiguchi. Traducción: Lara Cortés Fernández. Título: La llamada de los olores. Editorial: Periférica. Venta: Todos tus libros.

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13/10/2026



Murió Dios, pero antes, y muy oportunamente, le precedió en su sepelio el Arte. No fue esta última muerte que precedió a la del Supremo una muerte verdadera, ni tan siquiera simulada: fue una muerte significante. La Humanidad, recluida en la cáscara de la Historia como el soldadito de plomo del relato camino del desagüe, alcanzó tras ello la ralentización propia de los cuerpos que se conservan casi crionizados en los depósitos. Todo como subproducto de las “guerras por el progreso” del siglo XX. Ahora se nos promete a los “supervivientes”, gente dejada para la “última cena” y curiosamente numerosísimos, el “fin de la muerte” en sí misma mediante la Singularidad y las imprescindibles IA que la canalizan. El mundo entero, nuestro pequeño planeta azul, se ha transformado en una ingente mesa circular donde convocan cada vez más dotados espiritistas. Ni Ortega (1883-1955), ni Heidegger (1889-1976) han envejecido bien con el último giro histórico-cósmico hacia la fusión gozosa de mamíferos y humanos. Un nuevo y renovado punto Omega, “vigilado por máquinas de amorosa gracia”. Quién iba a soñar que nos dirigíamos a un mundo así; sólo Lovecraft (1890-1937) pudo tantear algo de esto por haberse aclimatado perfectamente durante su martirologio vital a las más feraces pesadillas. ¿Qué va a ser del Arte en estos escenarios?

Contra el experto en Arte, de Alberto Adsuara, recopila unas cuantas “reminiscencias después del Fin del Arte”, organizadas en 33 breves pero muy consistentes entradas. Concentradas en la cadena de despropósitos, catástrofes, horrores o etapas de un rito iniciático terminal irremediable, provocados por las susodichas “muertes”, hablarán también desde nuestro presente a un inmediato futuro. A los hijos de nuestros hijos… No creo que haya tiempo para mucho más, aunque podría equivocarme, para posible desgracia de los que pudieran descender a habitar en una nueva y prolongada extensión de la Línea… Mind at the End of its Tether (1945), que declamaba H. G. Wells (1866-1946) en su última y muy breve pero significativa obra. No precisamente optimista.

"Ahora en la era Digital, dejando atrás ya lo analógico como hicimos con el tabaco y ajenos a toda sacralidad, el arte está ya fundido a lo cotidiano y al ordenador"

El libro se compone de materiales no demasiado heteróclitos pero sí diversos, centrados en esta experiencia de muerte sin resurrección, la que nos provee el Arte de Hoy. La erudición y la ironía son vehiculadas por un estilo ameno y respetuoso con el lector. Grandes figurones, expertos y espectadores acobardados, artistas intocables y geniales, con frecuencia demasiado humanos incluso algo asquerosillos, políticos y millonarios (sin ellos poco o nada habría que hacer), recorren sus amenas y eruditas páginas. Y el Estado, que otorga la necesaria institucionalización.

Hubo un tiempo lejano, antes de que naciera hace 250 años lo que denominamos hoy Arte, durante ese siglo XVIII bien vendido pero mal comprendido, que “el criterio estético se fundamentaba en la maestría y la excelencia” (Adsuara), pero saltaron al carruaje en una curva del camino “lo genial y lo autentico”, y el mundo experimentó un cortocircuito que duró hasta ahora, trabada la pelota rotante sobre la que nos deslizamos como especie, en “una Historia que no puede ser otra cosa que secuela de la contingencia productora de falsos discursos”. Uno de estos es el que nuestros contemporáneos llaman “filosofía”.

Ahora en la era Digital, dejando atrás ya lo analógico como hicimos con el tabaco y ajenos a toda sacralidad, el arte está ya fundido a lo cotidiano y al ordenador. Atrás quedarán, como morrenas de un glaciar que se disuelve, el tiburón de Damien Hirst (La imposibilidad física de la muerte en la mente de algo vivo) o el Guernica (1937) de Picasso (1881-1973). Se evidencia como nuestro fabuloso y festivo barco fluvial se dirige, sin demora y a todo ritmo, al remolino y abismo definitivos.

"Durante más de una década colaboró con la revista Archipiélago, donde publicó numerosas aportaciones sobre temas estéticos. También es un crítico sagaz del popular impostor Žižek"

El libro contiene tres entrevistas y treinta artículos. Pequeñas piezas incisivas en las que, como en Alicia a través del espejo, se habla de muchas cosas del mundo al que pertenece el Arte de Hoy. De artistas, expertos, exposiciones concretas, museos, cuestiones estéticas capitales… También de sexualidad, fotografía, miedos, mentiras, libros y basura.

«Ha llegado la hora», dijo la Morsa, «de hablar de muchas cosas: de barcos, de lacre y de zapatos, de repollos y de reyes, y de por qué el mar hierve tanto, y de si las cerdas tienen alas». También de Muñoz Molina, los dioses me perdonen, Bill Viola y sus vídeos para retardados (esto es de mi exclusiva responsabilidad), de cómo Nueva York robó el arte moderno para que la CIA le diera mejor uso, o de la profundidad simbólica que llegó a nosotros, por el azar de un número indeterminado de polvos apasionados de una millonaria norteamericana con muy concretos artistas.

Alberto Adsuara nació en Valencia en 1961, el año que el primer homo sovieticus salió al espacio exterior, aunque no, como algunos suponen, a la búsqueda de la perrita Laika. Es profesor de la Escuela Superior de Arte y Tecnología y, como Arthur C. Danto (1924-2013), también experimentó en su momento la tentación de ser artista. Es autor de varios libros sobre arte, percepción y estética. Algunos de ellos sobre su gran pasión, el cine, donde realiza largos y cortos. Valga como muestra: De un espectador cansado (Krausse, 2009), prologado por Félix de Azúa, o Qué [no] es el cine (Archivos Vola, 2026). Otros, la mayoría, sobre cuestiones estéticas varias. Como botones de muestra: Del arte y su obsolescencia (Casimiro, 2020), donde hace hincapié en el impacto de la pandemia sobre los habitantes españoles de la madriguera del Arte de Hoy, o Lo patético del Arte (Casimiro, 2023), donde profundiza en el distanciamiento y la incomprensión que “a menudo” se genera entre el público y las manifestaciones del arte actual.

Durante más de una década colaboró con la revista Archipiélago (1988-2008), donde publicó numerosas aportaciones sobre temas estéticos. También es un crítico sagaz del popular impostor Žižek, ese señor mal afeitado que viene a España, entre otras cosas, a cantar a dúo con Angela Davis en el Círculo de Bellas Artes.

"Queda claro tras la lectura que el fin último de la Modernidad era que el Arte pudiese ser cualquier cosa. El artista, que sin buenos contactos es nada, se convierte en un subproducto de la contingencia"

A mí me han gustado esencialmente las referencias a un experto tan respetado como Francisco Calvo Serraller (1948-2018), el “cerrajero calvo”, que diría Ionesco (1909-1994), o al artista chino Ai Weiwei. Este último, cuyo nombre seleccionado de manera muy personal por él mismo significa algo así como “eterno futuro”, cara y cruz, el experto y el artista, de un tinglado post mortem que, como bien expone en varios lugares Adsuara, se decanta en un proceso de metamorfosis hacia algo muy posiblemente definitivo. Dos mandarines (uno de ellos chino) del Arte de Hoy.

El experto es fundamentalmente un emisor de opiniones verdaderas (sic) que luego se concensúan. ¿Quién podría reflexionar mejor sobre las posibilidades de la representación, que día y día, a través de “lo nuevo y lo original”, propulsan, roturando terrenos salvajes como honestos colonos (sí, de ahí), nuestros amados y ponderados artistas? En la época de los comparsas se ha pasado del uso de la Técnica a la preponderancia de la Idea y de la Belleza a la Historia Universal. Queda claro tras la lectura que el fin último de la Modernidad era que el Arte pudiese ser cualquier cosa. El artista, que sin buenos contactos es nada, se convierte en un subproducto de la contingencia. El “pensamiento único” y el arte contemporáneo están inextricablemente unidos, como lo estaban, si se me permite la impertinencia, en un pasado demasiado cercano el “arte proletario” con el Partido. Del público que tiene o tuvo exigencias hemos pasado, gracias a la Escuela, la Universidad y la Prensa al comprador que tiene dinero. Y es que en otro plano nos hemos trasladado de los pensadores a los encantadores de serpientes. La producción simbólica consecuentemente ha generado un profundo desencantamiento del mundo estético.

"Pensé titular este texto De la caverna al frigorífico. Haciendo hincapié en el desarrollo histórico de los espacios expositivos. De Lascaux a la Tate y más allá"

Hoy incluso, sigo a Adsuara, tras la aparición de las redes sociales sincronizada con la caída de Lehman Brothers (2008), asistimos a la disolucion del poder de los mismísimos expertos. La seriedad pseudomística y la circunspección mesiánica del arte contemporanero comienzan a fallar… “Lehman” significa “hombre que tiene un feudo”. Pero no es el nombre del Amo.

Estamos al borde de una reivindicación de la libertad ante la experiencia estética que dará cuenta, probablemente, no solo de los fríos y obtusos mausoleos en que se han convertido los espacios expositivos, también de la fealdad omnipresente en los espacios urbanos con la que los jóvenes cachorros de quienes se benefician de estos simulacros envuelven, con sus sentadas y manifestaciones de “desacuerdo progresista”, las plazas y calles de las grandes ciudades. Hablo de fealdad inducida, os hablo de “la cutresfera”.

Pensé titular este texto “De la caverna al frigorífico”. Haciendo hincapié en el desarrollo histórico (?) de los espacios expositivos. De Lascaux a la Tate y más allá. Pero una frase de Paul Valery (1871-1945), “la acción de lo bello sobre alguien consiste en dejarle mudo”, y el visionado de la película Backrooms (Kane Parsons, 2026, EEUU), en cuya banda musical se encuentra una canción con el título “The Word Becomes Flesh”, me convencieron de la necesidad de la sustitución. El título del álbum del dúo escocés de música electrónica que la perpetró, Boards of Canada, curiosamente es Inferno.

¿Qué podría pasar si no se cede al miedo?

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Autor: Alberto Adsuara. Título: Contra el experto en Arte. Editorial: Casimiro. Venta: Todos tus libros.

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13/10/2026



Ya he contado que en julio de 2026 estuve con Almudena, mi mujer, de vacaciones en Japón. En Kioto visitamos el llamado Templo del Pabellón de Oro. En japonés esto se escribe (con caracteres occidentales) Kinkaku-ji, que es exactamente el título de la novela en japonés de Yukio Mishima (Tokio, 1925-1970). En el propio templo me di cuenta de que en ese lugar era, exactamente, donde Mishima había situado la acción de la novela que en español se tituló El Pabellón de Oro, y cuya primera traducción al español fue de Juan Marsé en 1963, proveniente del francés. El especialista en cultura japonesa Carlos Rubio se encargó en 2017, para la editorial Alianza, de traducirla por primera vez de forma directa del japonés, y mantuvo el nombre de El Pabellón de Oro, para que fuese coherente con la antigua edición que conocía el público español. Desde que visité este bello lugar deseé leer el libro de Mishima. De Yukio Mishima leí en el verano de 2024 la tetralogía de El mar de la fertilidad, compuesta por Nieve de primavera (1969), Caballos desbocados (1969), El templo del alba (1970) y La corrupción de un ángel (1971). En los años 90 había leído Caballos desbocados, sin saber que formaba parte de una tetralogía, y Después del banquete (1960). Me gustó mucho la lectura de El mar de la fertilidad y me quedé con ganas de leer más libros de Mishima. Después del viaje a Japón esas ganas aumentaron mucho. Además, la traducción de El Pabellón de Oro es directa del japonés, y de los cuatro libros de la tetralogía solo lo era el primero. Por lo que leo en internet, hay más de un crítico que considera que El Pabellón de Oro es la obra maestra de Mishima.

En Kioto, buscando información sobre el templo del Pabellón de Oro, supe que en 1950 había tenido lugar allí un hecho trágico, protagonizado por un novicio del templo, que apareció en los periódicos de la época y que sirvió de inspiración a Mishima para escribir esta novela. Imagino que este «hecho trágico» al que hago referencia no es conocido por todo el mundo, así que no voy a desvelar de qué se trata por consideración a esos lectores de reseñas a los que preocupan los así llamados spoilers, aunque estos sean datos históricos incorporados a la realidad de la ficción. Sin embargo, también puedo decir que si uno conoce el hecho histórico que tuvo lugar en el Pabellón de Oro en 1950 puede ir viendo indicios, desde el primer capítulo, en el discurso de Mizoguchi, el protagonista de la novela, que le van a conducir hasta el capítulo final. De hecho, Mizoguchi narra desde el futuro, desde algún lugar que no quedará definido en la novela, y evoca los sucesos de su vida que le llevaron hasta una noche concreta de 1950, cuando tenía veintiún años. En este sentido, coincide la edad del novicio del templo que protagoniza la novela con la edad del novicio que acabó saliendo en los periódicos. Sin embargo, Mishima no realizó una investigación histórica para reconstruir los hechos reales, sino que se sirvió de la historia del novicio y del templo para crear una novela donde reflexiona sobre la belleza y la naturaleza del mal.

"La novela empieza en 1941, poco antes de que Japón entre en guerra con Estados Unidos, con Mizoguchi en el colegio, separado de sus padres y sintiéndose distanciado de los otros niños debido a su tartamudez"

«¡Cuántas veces, no siendo yo más que un niño, me hablaba mi padre del Pabellón de Oro!». Esta es la primera frase del libro, y realmente es muy significativa. El narrador de la novela es Mizoguchi, hijo de un monje budista, destinado a ocuparse del templo de un pueblo, en el que no había un colegio adecuado para que se educara. Esto hizo que se fuera a vivir con unos tíos a Maizuru. Mizoguchi es un niño acomplejado porque considera que es feo y, sobre todo, porque sufre de tartamudez (algo que también le ocurría al protagonista real de esta historia). «Yo era de complexión débil (…). Para colmo, era tartamudo de nacimiento, lo cual me hacía encerrarme más y más en mí mismo» (pág. 11). Como se señala en la primera frase de la novela, el padre de Mizoguchi irá introduciendo una idea de belleza mitificada y perfecta en la mente del niño sobre el Pabellón de Oro, que lleva existiendo durante los últimos quinientos cincuenta años. El padre conoce al monje que dirige el Pabellón de Oro y un día lleva al niño a visitarlo. Sin embargo, aunque Mizoguchi había contemplado ya el Pabellón en fotografías, su primera impresión, al tener la imagen real delante, es de decepción. «No era más que un viejo, negruzco y pequeño edificio de tres pisos. Hasta el ave fénix del tejado, ¿acaso no parecía más que un cuervo posado allí arriba para descansar un rato? Lejos de parecerme bella, la construcción me despertaba una sensación de desequilibrio y desasosiego. “¿Puede la belleza ser algo con tal ausencia de belleza?”, me preguntaba» (pág. 40). Sin embargo, no mucho después, su amor por el Pabellón de Oro renacerá: «Después de mi regreso a Yasuoka, la belleza del templo del Pabellón de Oro, que tan penosamente me había decepcionado al contemplarlo por primera vez, revivía día tras día dentro de mi corazón hasta acabar por convertirse en algo aún más hermoso que antes de verlo. Sin embargo, era incapaz de precisar dónde estaba la belleza. Tenía la impresión de que la imagen alimentada por mis ensoñaciones se había vuelto real y ahora iba a impulsar otras nuevas» (pág. 47).

La novela empieza en 1941, poco antes de que Japón entre en guerra con Estados Unidos, con Mizoguchi en el colegio, separado de sus padres y sintiéndose distanciado de los otros niños debido a su tartamudez. En un momento en el que la idea de virilidad estará encarnada por la figura del joven soldado, Mizoguchi deseará ser monje como su padre, una forma de desligarse de un mundo que siente que no es para él.

"Mizoguchi, consciente de su propia insignificancia, se irá autoconvenciendo de que solo ejercer el mal puede darle una presencia sólida en el mundo o ante los demás"

El padre de Mizoguchi es una persona débil y enferma, que morirá unos pocos años después, en 1944. Su última voluntad será que su hijo entre como novicio en el templo del Pabellón de Oro, como así será. Normalmente en el monasterio vivían doce o trece monjes, pero los tiempos de guerra harán que cuando ingrese Mizoguchi solo sean cinco monjes. El sueño de Mizoguchi será convertirse en el sumo sacerdote del templo y llegar a «poseer» así el Pabellón de Oro. Por estas mismas fechas, la idea de que un bombardeo de los estadounidenses destruya el Pabellón de Oro le obsesionará.

El alma de Mizoguchi parece encontrar un remanso de calma cuando en el templo conoce a Tsurukawa, otro novicio, que se convertirá en su amigo y que lo acepta sin problemas, pese a su tartamudez al hablar y también a la «tartamudez de sentimientos», que piensa Mizoguchi que padece.

Mizoguchi se va a convertir en un personaje confuso, que sufre bastantes angustias y confusiones interiores. En la misma página 86, cuando el lector siente que está contento por su amistad con Tsurukawa anotará: «Lo que yo aprendí de esta admirable transformación era que, tratándose de sentimientos, no existía divergencia alguna entre los sentimientos más malvados de este mundo y los más nobles, que el efecto de unos y otros era idéntico, que no existía una diferencia apreciable entre un deseo criminal y un sentimiento de profunda compasión», quizás haya aquí una influencia de Fiódor Dostoievski.

Además de a Tsurukawa, Mizoguchi va a tener ocasión de conocer a Kashiwagi, a otro joven de su edad que ha nacido con la deformidad de unos pies zopos. Sin embargo, Kashiwagi no es una persona acomplejada como Mizoguchi, sino que ha aprendido a ser un manipulador y a sacar partido de su defecto, además de ser una persona cruel con los demás. Mizoguchi no tardará en caer fascinado por la influencia de Kashiwagi.

El equilibrio mental de Mizoguchi empezará a ser preocupante para el lector. «Si la gente de este mundo —pensaba— va a saborear la maldad en su vida y en sus hechos, entonces yo apuraré hasta el fondo, hasta las mismas heces, el cáliz de esa maldad» (pág. 103), o en la página 105: «¡Ojalá que la maldad que anida en mi corazón crezca y se multiplique al infinito, a fin de que se relacione íntimamente con cada gota de este mar de luces que yace a mis pies!» (pág. 105)

"Mishima consigue crear una historia sobre Japón muy original, hablando del papel de un joven en un mundo que le es ajeno, una historia sobre el peso de la belleza y la fealdad, sobre el bien y el mal"

Recuerdo que en La corrupción de un ángel, la última novela de El mar de la fertilidad, el personaje de Tôru, un adolescente de dieciséis años, resultaba desconcertante por su tendencia a exaltar la pureza que habitaba en sí mismo y a la idea de que esta pureza le podía llevar a la destrucción del mundo, lo que hacía que actuase por pura maldad. Observo ahora que el personaje de Tôru era para Mishima una nueva recreación de Mizoguchi, creado catorce años antes. Mizoguchi, consciente de su propia insignificancia, se irá autoconvenciendo de que solo ejercer el mal puede darle una presencia sólida en el mundo o ante los demás. De hecho, va a resultar significativo el hecho de que cada vez que Mizoguchi intenta en la novela tener relaciones sexuales con una mujer la imagen de belleza inmarcesible del Pabellón de Oro se va a interponer entre él y su deseo, frustrando sus intenciones. El Pabellón de Oro, y su belleza paralizante, se va a convertir así en un impedimento de la vida para Mizoguchi. En la descripción de estas escenas sexuales, en las que Mishima mostraba cómo el cuerpo femenino acababa decepcionando a Mizoguchi, he creído percibir atisbos de la homosexualidad reprimida de Mishima. Atendiendo a la personalidad de Mishima, defensor del Japón tradicional y contrario a los cambios que sufrió el país, sobre todo tras la derrota de la Segunda Guerra Mundial, he leído algunos párrafos significativos, como este de la página 106: «Los soldados de Estados Unidos se sorprendían al vernos: nos tiraban de la manga del hábito con todo descaro y se reían de nosotros» o en la página 261, cuando va a visitar el pueblo de su infancia, leemos: «Todo había cambiado. Letreros en inglés amenazadoramente abundantes en los cruces de las calles habían convertido aquello en un puerto extranjero. Por todas direcciones iban y venían soldados de Estados Unidos».

Con el telón de fondo de la guerra y la ocupación estadounidense, Mishima consigue crear una historia sobre Japón muy original, hablando del papel de un joven en un mundo que le es ajeno, una historia sobre el peso de la belleza y la fealdad, sobre el bien y el mal. En algunas ocasiones, esta novela describe actos despreciables y crueles, pero siempre con una escritura de una belleza soberbia. En las novelas de Mishima siempre hay un misterio torturado sobre el mundo, sobre su belleza y su negrura, que parece que el lector va a poder aprehender entre los dedos, para sentir siempre que algo se le escapa. El Pabellón de Oro me ha parecido una novela soberbia. De las mejores novelas japonesas que he leído nunca.

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13/10/2026



Si alguna vez se han detenido a observar los grabados y pinturas realizados por William Blake (1757-1827), de sobra saben que son de las imágenes más poderosas, complejas y enigmáticas de la historia del arte. Blake creó una mitología propia única: criaturas fantásticas, imágenes de la degradación del alma, figuras de redención y de conflicto, fieras apocalípticas, deidades… Su pensamiento sobre Dios, la imaginación y la libertad inspiró y sigue inspirando a multitud de creadores. También a Philip H***e en este ensayo que nos llega traducido por María Alberdi en la editorial Ático de los Libros.

El libro, en sus quinientas quince páginas que incluyen algunas fotografías, dibujos e ilustraciones en las que aparecen escritores, pintores, paisajes, mapas o criaturas fantásticas, avanza bajo corrientes submarinas y asociaciones libres. Una imagen lleva a un artista, este a un recuerdo y este a una idea de William Blake que se desarrolla libremente como los movimientos de las olas marinas.

El ensayo trata de la creación artística, de las conexiones entre creadores y entre el mundo natural y el mundo espiritual. No es un libro fácil. Es para leerlo despacio, para saltarse páginas, volver a ellas, hacer una lectura sin necesidad de orden cronológico. Es como un mar inmenso e inacabado, una masa de pensamientos, obras y creadores que se mueven arriba y abajo entorno a la obra y la vida de Blake. El mar y William Blake. El mar y Philip H***e. El autor del ensayo, ya al inicio, confiesa:

“Creo en el mar, deposito en él toda mi confianza. Si supiéramos cómo es Dios, sabríamos qué esperar”.

Tal vez esa haya sido la motivación del ensayo, una odisea poética donde se mezcla historia del arte, naturaleza, memoria personal y crónicas culturales que nos adentran en el universo místico y subversivo del poeta, grabador y pintor inglés y con las que jugamos al juego de la creación, es decir, a imaginar. “La imaginación no es un estado: es la existencia humana misma”, dijo William Blake.

El libro arranca con el cineasta Derek Jarman y el pintor Paul Nash fascinados tras ver las obras de Blake por primera vez. Pero en las páginas del libro desfilan, entre otros muchísimos, Oscar Wilde, Alberto Durero, Virginia Woolf, Iris Murdoch, James Joyce, Andy Warhol, David Bowie; y muchos, muchos, muchos más.

Hay un final simbólico. H***e logra acceder a la biblioteca donde se encuentra el Cuaderno de Blake. Mientras lo lee, piensa:

“Me sumerjo en el diario de un mago, que contiene todos sus hechizos; críptico, arcano, conspiranoico, un largo conjuro que dan ganas de entonar”.

“Es imposible saber qué fue primero, si las imágenes o las palabras; dónde empieza una cosa o termina la otra. Se funden en un solo cuerpo, un eco tenso de la intensidad de sus visiones”.

No crean que hago espóiler. Lo realmente interesante está a lo largo del caos de las páginas. Lean el ensayo sin orden numérico, no tiene tanta importancia. Eso sí, prepárense a escuchar el mar durante las lecturas. Con Philip H***e, el mar siempre está presente.

Un libro para eruditos y curiosos, pero sobre todo para amantes del arte, del mar y de la imaginación. Aquí no encontrarán una simple biografía de William Blake. Hay mucha complejidad, incluso vorágine. Al mismo tiempo, la lectura provoca cierta adicción porque explora la mirada que motiva a los artistas. Un libro que busca a Dios en el mar como símbolo del amor que mueve todo impulso creador.

“Sigo sin saber nada sobre él”.

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Autor: Philip H***e. Título: William Blake y los monstruos marinos del amor. Traducción: María Alberdi. Editorial: Ático de los Libros. Venta: Todos tus libros.

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13/10/2026



Rodrigo Cortés alumbra con Hija del cielo una audaz oración narrativa que se atreve a crear un mundo. Gabaón —pueblo, colegio, orfelinato y monasterio suspendido frente al mar— acoge un espacio habitado por monjas, sacerdotes, una niña encerrada (¿endemoniada?) y una lista de personajes desnortados. Un lugar trastornado que terminará forjando poco a poco un universo regido por sus propias leyes.

El desafío está servido, y Cortés, que se ha distinguido siempre como un equilibrista consumado y osado de las palabras, se pertrecha con su inagotable capacidad para crear imágenes inesperadas y rompedoras, acepta el más difícil todavía. Son dos las voces que enhebran un relato desde planteamientos estilísticos muy distintos. La voz del narrador, bien afilada y sin abalorios, contrasta con la lengua sin domesticar de la niña, perfecta para exponer horrores sin cortarse ni un pelo, siempre con el humor a mano.

Cortés maneja materiales que se compenetran desde lo diferente. Si la primera voz trabaja desde la precisión de un orfebre, la segunda prescinde de corsés, rompe con la lógica, escarba debajo de los esquemas tradicionales, aparta las escamas de la prudencia y el rigor. Un lenguaje que no se muerde la lengua para llevar la realidad al otro lado del espejo. Donde nada es lo que parece.

"Con la voz de la niña se desarrolla el talento de Cortés en todo su esplendor: una narración torrencial que combina registros con una fluidez e intensidad conmovedoras"

Esa dualidad m***a un engranaje que intimida, fascina y descoloca. El orden y el caos en feroz convivencia. Lo absurdo no tiene reparos en surgir cuando menos se espera. Y quizá sea la vía más rápida para descifrar lo que se niega a ser catalogado. Y, por tanto, explicado. Las palabras son, en boca de la niña, una vida de escape que se escapa de cualquier grillete. Un ser encerrado con aullidos de libertad. El lenguaje como forma de abrir un boquete de aire puro en las paredes de la opresión. El “curita” Alén, por el contrario, asume su condición de hombre “abrumado por los estímulos”, alguien fascinado por la “autoridad infantil” de “aquella criatura del cuarto piso, a la que temía tanto y adoraba tan mal”.

La ambigüedad marca el paso de la fauna humana expuesta: una legión de sesenta y una monjas, tres curas más bien gandules y un torbellino de figuras perdidas que hacen de Gabaón un universo en miniatura donde las leyes que ordenan (o condenan) el mundo parecen extraerse de un malévolo cuento de hadas malditas, cruzado por ramalazos de humor muy negro y una querencia por la imaginación desaforada que no teme rozar la extravagancia para desentrañar misterios.

"Si Gabaón está lejos de todo es porque el ruido mundanal le es ajeno, y si la niña sobrevive cautiva es porque su voz necesita un territorio radicalmente íntimo para ser nítida y elocuente"

Con la voz de la niña se desarrolla el talento de Cortés en todo su esplendor: una narración torrencial que combina registros con una fluidez e intensidad conmovedoras. ¿Conmovedoras? Sí, porque la rotura de diques permite que la prosa emocione y horrorice a la vez. Lo extraordinario se reviste de naturalidad, lo atroz se empapa de comicidad y a los lectores solo les queda aceptar las reglas del juego sin saber muy bien a qué carta quedarse. Si llorar o reír, si estremecerse o a guardar las distancias. O todo a la vez, venga.

Observación cautelosa e imaginación desaforada unen sus fuerzas para atar las frases y hacerlas más libres. De ahí que la novela sea, en fondo y forma, una declaración de amor absoluto a la lengua desprovista de velos para hacer veraz algo que quedaría amordazado con un estilo convencional. Si Gabaón está lejos de todo es porque el ruido mundanal le es ajeno, y si la niña sobrevive cautiva es porque su voz necesita un territorio radicalmente íntimo para ser nítida y elocuente. Desafiante.

Con las palabras exactas del cura y las palabras desordenadas de la niña, Cortés encuentra la alquimia perfecta para que sus frases puedan albergar una idea, forjar una imagen poderosa o lanzar un reto a los lectores para que se mantengan muy atentos a sus pantallas, mezclando ritmos que aceleran o frenan la acción (y la emoción) con el talento de un buen m***ador cinematográfico. Todo para escarbar en los vínculos ocultos entre lo que vemos y lo que imaginamos, entre el cielo que quisiéramos entender y la tierra donde nos toca vivir encerrados al borde del abismo que nos ata. Y nos delata.

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Autor: Rodrigo Cortés. Título: Hija del cielo. Editorial: Random House. Venta: Todos tus libros.

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