23/08/2026
PARACUELLOS NO JUSTIFICA EL FRANQUISMO
Cada vez que se habla de la represión franquista aparece el mismo recurso: «¿Y Paracuellos?». Es la coartada de quienes necesitan convertir la historia en una pelea de bandos para evitar hablar de las víctimas de la dictadura.
Paracuellos fue un crimen y debe ser condenado sin matices. Pero eso no convierte en legítimos los crímenes franquistas. Y mucho menos permite atribuir aquella responsabilidad a todo el campo republicano. Melchor Rodríguez García, militante de la CNT y anarquista, se jugó la vida precisamente para detener las sacas y proteger a miles de presos de derechas. Su actuación demuestra que también dentro de la retaguardia republicana hubo quienes se enfrentaron a los crímenes en nombre de la dignidad humana.
La comparación, además, resulta especialmente obscena cuando hablamos de Cáceres. La ciudad cayó desde el principio en manos de los sublevados y, aun así, la represión franquista causó más de 600 víctimas mortales. Una investigación de AMECECA documenta 677 personas asesinadas o muertas en prisión entre 1936 y 1943. No hubo aquí ninguna matanza previa que pudiera presentarse como explicación. Fueron vecinos y vecinas perseguidos por sus ideas, por su compromiso con la legalidad republicana o simplemente por ser considerados enemigos.
Y esa es la realidad que representa la llamada Cruz de los Caídos.
No es un símbolo religioso. Es un monumento político nacido de la guerra y de la dictadura, levantado para conmemorar a los mu***os del bando vencedor y utilizado durante décadas en actos y ceremonias franquistas. Que en 1984 se retiraran sus inscripciones originales no cambia su origen ni su significado histórico. Una placa nueva no convierte un monumento franquista en patrimonio democrático.
Además, la cuestión ya no es solamente histórica o moral. La Ley 20/2022 de Memoria Democrática obliga a las administraciones a retirar los elementos situados en la vía pública que supongan exaltación de la sublevación militar o de la dictadura. El artículo 35 establece expresamente ese deber de retirada.
Por eso la Cruz de los Caídos de Cáceres debe ser retirada completamente del espacio público, no resignificada, maquillada ni convertida artificialmente en un supuesto monumento religioso. La democracia no tiene que conservar los símbolos de quienes destruyeron la democracia.
Retirarla no es borrar la historia. Es dejar de homenajear a sus vencedores y empezar a respetar de verdad a sus víctimas. Una sociedad basada en la igualdad, la libertad y los derechos humanos no necesita cruces de vencedores en sus plazas. Necesita memoria, verdad y dignidad para todos, y especialmente para quienes fueron asesinados por defenderlas.