17/06/2026
LOS CREYENTES QUE TAMBIÉN FUSILÓ EL FRANQUISMO.
Décadas después, las fosas comunes desmienten la propaganda de la cruzada: muchos de los asesinados por los sublevados eran personas creyentes que compartían la misma fe que sus verdugos.
Los franquistas vistieron la Guerra Civil con los ropajes de una cruzada religiosa, pero las fosas comunes llevan décadas desmintiendo aquel relato. La propaganda hablaba de salvar la fe, mientras las balas segaban la vida de personas que llevaban al cuello medallas de la Virgen, escapularios o crucifijos. Las exhumaciones han permitido recuperar no solo los restos de las víctimas, sino también las pequeñas huellas de sus vidas. Y esas huellas cuentan una historia muy distinta a la que difundieron los vencedores.
Entre los objetos más habituales hallados junto a los represaliados republicanos aparecen precisamente símbolos religiosos. En Retuerta del Bullaque (Ciudad Real), por ejemplo, se encontró un relicario de recuerdo de una peregrinación a un santuario mariano francés. La realidad era mucho más compleja que aquella España partida entre creyentes y ateos que dibujó el franquismo para justificar la matanza. Entre los asesinados había trabajadores, campesinos, maestros, concejales, sindicalistas y también personas profundamente religiosas.
La contradicción resulta difícil de ignorar. Quienes afirmaban actuar en nombre de Dios no tuvieron reparo en fusilar a hombres y mujeres que compartían sus mismas creencias. La fe no servía de salvoconducto cuando alguien era republicano, sindicalista, defensor de las reformas sociales o simplemente caía bajo sospecha. La religión fue utilizada como bandera política y como coartada moral, pero la represión siguió su propio camino, mucho más terrenal y mucho más brutal.
Para muchas víctimas creyentes, la crueldad era doble. No solo les arrebataban la vida. También les negaban la posibilidad de confesarse, recibir auxilio espiritual o ser enterrados según sus convicciones. Acababan en una cuneta, en una fosa improvisada o en un rincón apartado del cementerio, como si el castigo tuviera que prolongarse más allá de la muerte.
El caso del padre Emiliano María Revilla ilustra hasta qué punto aquella supuesta cruzada estaba llena de impostura. El religioso, exhumado en Gumiel de Izán (Burgos), fue identificado gracias al crucifijo que conservaba en la mano y a los restos de su sotana. Su delito no fue atacar a la Iglesia, sino denunciar los abusos de los falangistas y ponerse del lado de los humildes. Lo asesinaron quienes aseguraban defender la religión y el orden cristiano. Después intentaron borrar su recuerdo bajo toneladas de silencio.
Las fosas tienen una costumbre incómoda: hablan. Y cuando hablan, dejan al descubierto una verdad que algunos todavía prefieren esquivar. Muchos de los asesinos se envolvieron en símbolos religiosos mientras perseguían, encarcelaban y fusilaban a personas que compartían esos mismos símbolos. La cruz servía para bendecir los discursos; las cunetas, para ocultar las consecuencias. Ahí reside una de las mayores miserias morales del franquismo: utilizar la religión como excusa mientras se pisoteaban sin escrúpulos los principios más elementales de humanidad que decía defender.
(La imagen muestra un pelotón de ejecución compuesto por hombres uniformados cuya indumentaria, corte de pelo y aspecto general encajan con la estética masculina utilizada por las milicias falangistas en los primeros años de la guerra y la posguerra).